Las elecciones suelen ser el escenario donde las encuestas se enfrentan con la realidad. Y cuando ambas toman caminos distintos, la sorpresa suele convertirse en noticia. Eso es justamente lo que ocurrió en Colombia con el resultado de la primera ronda presidencial, donde Abelardo de la Espriella, candidato identificado con una visión de derecha firme, nacionalista y cercana en varios aspectos al discurso que ha popularizado Donald Trump en Estados Unidos, terminó imponiéndose en las urnas pese a que buena parte de los sondeos lo colocaban detrás de su principal adversario de izquierda.
El resultado ha provocado un auténtico terremoto político en Colombia. No solamente porque modifica el escenario previsto por analistas y consultoras, sino porque refleja una tendencia que comienza a repetirse en distintos países: una creciente distancia entre las élites políticas, mediáticas y académicas, y una parte importante de la ciudadanía que expresa sus preferencias de manera muy distinta a lo que anticipan los estudios de opinión.
Durante meses, la narrativa dominante apuntaba hacia la continuidad de las corrientes progresistas que han ganado presencia en América Latina durante los últimos años. Sin embargo, los votantes colombianos enviaron un mensaje diferente. Optaron por respaldar a un candidato que ha construido su imagen alrededor de conceptos como seguridad, fortalecimiento institucional, combate frontal al crimen organizado, impulso a la inversión privada y una crítica constante a las políticas de izquierda que, según sus simpatizantes, han generado incertidumbre económica y debilitamiento de las instituciones.
No es un fenómeno aislado. Lo ocurrido en Colombia forma parte de una corriente internacional que ha venido cobrando fuerza. En distintos países, sectores amplios de la población muestran cansancio frente a gobiernos que prometieron transformaciones profundas y cuyos resultados no siempre han cumplido las expectativas generadas. La inflación, la inseguridad, la desaceleración económica y la percepción de un deterioro en la calidad de vida terminan pesando más que los discursos ideológicos.
La figura de Abelardo de la Espriella ha logrado conectar precisamente con ese sentimiento de inconformidad. Su campaña apostó por mensajes directos, sin demasiados matices y con una estrategia orientada a presentarse como un candidato dispuesto a confrontar abiertamente a los grupos políticos tradicionales. Esa fórmula recuerda inevitablemente a la utilizada por Donald Trump durante su ascenso político en Estados Unidos y por otros liderazgos de derecha que han ganado terreno en diversas regiones del mundo.
Lo interesante es que el fenómeno no puede explicarse únicamente desde la ideología. Sería un error simplificarlo como una victoria de la derecha sobre la izquierda. Lo que parece estar ocurriendo es algo más profundo. Existe una creciente demanda social de resultados concretos. Muchos ciudadanos han dejado de votar guiados exclusivamente por etiquetas ideológicas y comienzan a hacerlo con base en percepciones prácticas relacionadas con seguridad, empleo, ingresos y calidad de vida.
Colombia atraviesa desde hace varios años una etapa compleja. A los desafíos históricos relacionados con la violencia y el narcotráfico se han sumado tensiones económicas y políticas que han generado incertidumbre en amplios sectores de la sociedad. En ese contexto, las propuestas asociadas al orden, la autoridad y la estabilidad encuentran un terreno fértil para crecer electoralmente.
Otro elemento que merece atención es el fracaso de muchas encuestas para anticipar el resultado. Cada vez resulta más frecuente observar diferencias significativas entre los sondeos previos y las decisiones finales de los electores. Algunos especialistas atribuyen esta situación a cambios en los hábitos de comunicación de la población. Otros señalan que ciertos votantes prefieren no expresar públicamente sus preferencias políticas, especialmente cuando perciben que estas podrían generar críticas o rechazo social.
El llamado “voto oculto” se ha convertido en una variable cada vez más relevante. Ya ocurrió en procesos electorales de Estados Unidos, en diversos países europeos y ahora vuelve a aparecer en América Latina. Miles de ciudadanos toman una decisión distinta a la que reflejan los estudios demoscópicos y terminan modificando por completo los pronósticos.
También es importante observar la dimensión regional del fenómeno. América Latina se encuentra inmersa en un ciclo de cambios políticos permanentes. Los electores alternan entre opciones de izquierda y de derecha con una velocidad que habría parecido impensable hace apenas dos décadas. La paciencia social se ha reducido. Los gobiernos disponen de menos tiempo para demostrar resultados y enfrentan un nivel de escrutinio mucho más intenso gracias a las redes sociales y a los nuevos canales de comunicación.
En ese contexto, los liderazgos disruptivos encuentran oportunidades para crecer. Los candidatos que se presentan como alternativas al sistema tradicional suelen captar la atención de sectores desencantados. A veces lo hacen desde posiciones progresistas y otras desde propuestas conservadoras. Lo fundamental es que logran canalizar el descontento ciudadano.
La victoria de Abelardo de la Espriella en esta primera ronda no significa que la elección esté definida. Queda todavía una etapa decisiva en la que los distintos grupos políticos buscarán reorganizar alianzas, atraer votantes indecisos y construir nuevas mayorías. Sin embargo, el resultado ya ha dejado una enseñanza importante: la política latinoamericana continúa siendo profundamente dinámica y capaz de producir sorpresas incluso cuando los analistas creen tener claro el desenlace.
Para la izquierda colombiana, el mensaje es contundente. Ningún proyecto político puede dar por sentado el respaldo ciudadano. Los triunfos electorales son temporales y deben renovarse constantemente mediante resultados concretos. La popularidad puede evaporarse con rapidez cuando las expectativas generadas no encuentran correspondencia en la realidad cotidiana de las personas.
Para la derecha, en cambio, el desafío apenas comienza. Ganar una elección es una cosa; gobernar eficazmente es otra muy distinta. Las promesas de seguridad, crecimiento económico y fortalecimiento institucional generan expectativas elevadas que eventualmente deberán traducirse en hechos verificables.
Por ahora, Colombia ha hablado. Lo hizo de manera distinta a como muchos esperaban. Lo hizo contrariando pronósticos. Lo hizo demostrando que la voluntad popular sigue siendo capaz de alterar cualquier cálculo político. Y lo hizo enviando una señal que seguramente será observada con atención en toda América Latina: los ciudadanos continúan buscando respuestas, y cuando sienten que no las encuentran, están dispuestos a cambiar de rumbo sin importar lo que indiquen las encuestas.
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