Las guerras suelen medirse por el número de misiles lanzados, por los territorios conquistados o por las bajas que dejan a su paso. Los analistas observan movimientos militares, capacidades estratégicas, presupuestos de defensa y alianzas geopolíticas. Sin embargo, detrás de cada conflicto existe un elemento menos visible que muchas veces termina siendo más determinante que los propios arsenales: la confianza.
Hoy el mundo atraviesa una crisis de confianza que amenaza con convertirse en uno de los mayores factores de inestabilidad internacional. No se trata solamente de la confrontación entre Estados Unidos e Irán, ni de la reciente escalada militar que involucró también a Israel. El problema es más profundo. Tiene que ver con la creciente dificultad de los gobiernos para creer en la palabra de sus interlocutores y con la percepción de que los acuerdos internacionales pueden romperse en cualquier momento.
Las recientes declaraciones del ministro de Asuntos Exteriores iraní reflejan precisamente esa realidad. Desde Teherán se insiste en que el principal obstáculo para cualquier negociación futura no son únicamente las diferencias ideológicas o los desacuerdos sobre el programa nuclear. El problema central, afirman, es la falta de confianza en Estados Unidos.
Más allá de la posición que cada quien tenga respecto al régimen iraní, el planteamiento merece ser analizado con seriedad. Cuando una de las partes considera que la otra puede modificar sus compromisos de manera unilateral, cualquier proceso de negociación comienza a construirse sobre terreno inestable. Los acuerdos dejan de ser garantías para convertirse en simples apuestas.
La historia reciente ofrece varios ejemplos. El acuerdo nuclear firmado en 2015 fue presentado en su momento como un triunfo de la diplomacia internacional. Después vinieron cambios políticos, nuevas decisiones en Washington y una serie de acontecimientos que terminaron debilitando aquella arquitectura diplomática. Desde entonces, la sospecha mutua ha crecido de manera constante.
Lo preocupante es que esta dinámica ya no se limita al caso iraní. Se ha convertido en una característica del sistema internacional contemporáneo.
Durante décadas, gran parte de la estabilidad global descansó en la certeza de que las grandes potencias, aun siendo rivales, respetarían determinadas reglas. Existían diferencias profundas, pero también mecanismos de previsibilidad. Los gobiernos podían anticipar ciertas conductas porque los compromisos adquiridos tenían un valor relativamente sólido.
Hoy esa certidumbre parece cada vez más debilitada.
La invasión rusa a Ucrania, la creciente tensión en torno a Taiwán, los conflictos en Medio Oriente, la competencia tecnológica entre potencias y la fragmentación económica global han contribuido a generar un ambiente donde la desconfianza se ha vuelto norma y no excepción.
Los líderes políticos continúan hablando de cooperación, pero simultáneamente fortalecen sus capacidades militares. Promueven el diálogo mientras diseñan sanciones económicas. Defienden el multilateralismo mientras privilegian intereses nacionales inmediatos. El resultado es una contradicción permanente que termina alimentando la incertidumbre.
En ese contexto, cada gesto adquiere una importancia extraordinaria.
Una declaración aparentemente menor puede alterar mercados financieros. Una fotografía incómoda entre mandatarios puede generar especulaciones diplomáticas. Un mensaje ambiguo puede desencadenar reacciones militares o económicas de gran alcance. Lo que antes podía interpretarse como un incidente aislado ahora suele verse como una señal de algo más profundo.
Porque cuando la confianza desaparece, todo se interpreta bajo el lente de la sospecha.
La figura de Donald Trump ocupa un lugar central en este escenario. Su regreso a la presidencia estadounidense ha reabierto debates sobre la forma en que Washington ejerce su liderazgo internacional. Para sus seguidores, representa una política exterior basada en la firmeza, la defensa de los intereses nacionales y la disposición a actuar sin las limitaciones que impone la diplomacia tradicional. Consideran que precisamente esa actitud ha permitido recuperar capacidad de disuasión frente a adversarios que durante años aprovecharon la cautela occidental.
Sus críticos sostienen algo distinto. Argumentan que la combinación de declaraciones impredecibles, cambios de posición y mensajes contradictorios ha incrementado la incertidumbre global. Señalan que la fortaleza de una potencia no depende únicamente de su capacidad militar, sino también de la confianza que inspire entre aliados y adversarios.
Ambas posturas parecen irreconciliables, pero coinciden en un aspecto fundamental: la credibilidad importa.
Ningún país, por poderoso que sea, puede sostener indefinidamente su influencia únicamente mediante la fuerza. Las alianzas requieren confianza. Los acuerdos comerciales requieren confianza. Los mecanismos de seguridad colectiva requieren confianza. Incluso la capacidad de disuasión militar descansa, en buena medida, en que los demás crean que las advertencias y compromisos serán cumplidos.
La confianza es, en realidad, una forma de poder.
Y esa misma crisis que observamos entre gobiernos también se manifiesta dentro de las sociedades.
Durante los últimos meses, diversos estudios de opinión en Estados Unidos y Europa muestran una disminución sostenida de la confianza ciudadana hacia las instituciones públicas. Los parlamentos, los partidos políticos, los medios de comunicación e incluso algunos organismos judiciales enfrentan niveles crecientes de escepticismo social.
La gente sigue votando, sigue participando y sigue observando la vida pública. Pero cada vez son más quienes dudan de la capacidad de los gobiernos para resolver los problemas que afectan su vida cotidiana.
Las preocupaciones económicas explican una parte de ese fenómeno. La inflación, el costo de la vivienda, las dificultades para acceder a servicios de calidad y la incertidumbre laboral generan malestar. Sin embargo, el problema parece ir más allá de los indicadores económicos.
Lo que se deteriora es la convicción de que las instituciones funcionan como deberían funcionar.
Cuando esa percepción comienza a extenderse, las consecuencias pueden ser profundas. Una sociedad puede soportar periodos complicados si cree que existe un rumbo claro. Puede aceptar sacrificios temporales si percibe honestidad en quienes toman las decisiones. Puede incluso enfrentar crisis severas cuando conserva la confianza en sus instituciones.
Lo que resulta mucho más difícil es mantener la cohesión social cuando esa confianza desaparece.
La historia demuestra que las grandes transformaciones políticas suelen comenzar precisamente allí. Antes de los cambios de régimen, antes de las crisis institucionales y antes de los reacomodos geopolíticos, suele aparecer una sensación colectiva de desencanto. La gente deja de creer en las explicaciones oficiales. Deja de confiar en las promesas. Deja de asumir que las reglas serán respetadas.
Y cuando eso ocurre, el terreno queda preparado para cambios que muchas veces nadie anticipó.
Por eso el desafío de nuestro tiempo no consiste solamente en evitar guerras o negociar treguas. Tampoco se limita a ganar elecciones o fortalecer economías. El verdadero reto es reconstruir la confianza perdida.
Porque los misiles pueden destruir instalaciones estratégicas. Las sanciones pueden afectar mercados enteros. Los ejércitos pueden ocupar territorios. Pero ninguna de esas herramientas puede sustituir aquello que permite la convivencia entre naciones y sostiene la estabilidad dentro de las sociedades.
Al final, las potencias no se sostienen únicamente por su fuerza. Los gobiernos no sobreviven únicamente por sus mayorías. Las instituciones no perduran únicamente por sus leyes.
Todo depende de algo mucho más frágil y, al mismo tiempo, mucho más poderoso: la confianza.
Y cuando el mundo comienza a perderla, el riesgo no es solamente una nueva crisis. El riesgo es que nadie crea ya en la posibilidad de evitarla.
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