Donald Trump acaba de llevar la crisis con Irán a un terreno que debería preocupar a todo el mundo. Ya no se trata solamente de bombas, sanciones, bloqueos o amenazas. Ahora el presidente de Estados Unidos dice que pretende declarar el estrecho de Ormuz como territorio estadounidense. Así, sin más. Como si una de las rutas marítimas más importantes del planeta pudiera convertirse en propiedad de Washington porque la Casa Blanca decidió que así debe ser. La frase no es una ocurrencia menor. Es una amenaza contra el orden internacional y, al mismo tiempo, una muestra preocupante de hasta dónde puede llegar la política exterior de Trump cuando la fuerza militar empieza a sustituir a la diplomacia.
Ormuz no es cualquier pedazo de mar. Es el estrecho que comunica el Golfo Pérsico con el Golfo de Omán y el mar Arábigo. Por ahí circulaba, antes de esta guerra, una parte enorme del petróleo que consume el planeta. Hoy el tránsito marítimo está prácticamente paralizado, en medio de la confrontación entre Estados Unidos e Irán y del bloqueo naval impuesto por Washington. Y justamente ahí está el peligro. Porque cuando dos países se disputan un paso estratégico ya existe una situación explosiva. Pero cuando una de las partes dice que pretende apropiárselo, el conflicto deja de ser solamente una guerra contra Irán y comienza a convertirse en una amenaza para todos.
Trump asegura que Estados Unidos tiene el control total del estrecho. Incluso ha presumido el bloqueo naval estadounidense como una especie de “muro de acero” que nadie puede atravesar sin autorización de Washington. Pero que una armada pueda controlar militarmente una zona no significa que esa zona se convierta automáticamente en territorio nacional. Ahí está la diferencia entre poder y derecho. Estados Unidos puede tener la marina más poderosa del mundo. Puede desplegar portaaviones, submarinos, aviones y destructores. Puede imponer sanciones y bloquear embarcaciones. Puede incluso ganar una guerra. Pero ninguna de esas cosas convierte por arte de magia a Ormuz en territorio estadounidense.
Lo verdaderamente preocupante es que Trump parece haber dejado de reconocer esa diferencia. Primero fue Groenlandia. Después Canadá. Ahora Ormuz. Cada vez aparece una nueva frontera que, desde su perspectiva, Estados Unidos podría reclamar si tiene suficiente poder para hacerlo. ¿En qué momento dejamos de hablar de relaciones internacionales y comenzamos a hablar de conquistas? Porque si la regla que pretende imponer Washington es que quien tiene la fuerza militar suficiente puede apropiarse de los espacios estratégicos que considere importantes, entonces Estados Unidos no estaría destruyendo solamente a Irán. Estaría ayudando a destruir el sistema internacional que durante décadas le permitió ejercer liderazgo sobre buena parte del planeta.
Y eso puede terminar siendo un pésimo negocio para los propios estadounidenses. China observa. Rusia observa. India observa. Los países árabes observan. Europa observa. Todos están tomando nota de lo que ocurre. Porque si mañana otra potencia decide que necesita controlar un estrecho, un puerto, una isla o una ruta comercial para proteger sus intereses, ¿con qué autoridad podría Washington exigirle que respete las reglas que él mismo decidió ignorar? Esa es la pregunta que Trump debería hacerse antes de seguir hablando. Pero parece que la Casa Blanca está más preocupada por demostrar que ganó que por encontrar una salida.
La guerra con Irán lleva meses. Los intentos de alto el fuego han fracasado o se han quedado atrapados en condiciones imposibles de cumplir. Estados Unidos mantiene el bloqueo, Irán mantiene su presión sobre el tránsito marítimo y cada día aumenta el costo económico de la confrontación. Mientras tanto, el petróleo se convierte nuevamente en rehén de la política. Y aquí aparece otra contradicción de Trump. El presidente les está diciendo a los estadounidenses que deben aceptar precios más altos de gasolina como consecuencia de la guerra. Ha pedido paciencia y ha defendido el sacrificio económico como el precio de impedir que Irán consiga un arma nuclear.
Pero ¿cuánto tiempo puede pedirle eso a una sociedad? Una cosa es hablar de sacrificios patrióticos desde una tribuna. Otra muy distinta es llenar el tanque del automóvil cuando el precio del combustible aumenta, pagar más por el transporte, enfrentar mayores costos de alimentos y descubrir que una guerra que supuestamente estaba a punto de terminar continúa extendiéndose. La guerra siempre comienza con discursos. La factura llega después. Y no solamente la paga el país que dispara primero. La termina pagando el mundo.
Ormuz es precisamente el ejemplo perfecto. Si el petróleo no circula, sube su precio. Si sube el petróleo, aumenta el transporte. Si aumenta el transporte, suben los productos. Si suben los productos, crece la inflación. Y cuando la inflación golpea, no distingue entre republicanos y demócratas, entre estadounidenses e iraníes, ni entre países ricos y pobres. La economía mundial termina pagando las decisiones de unos cuantos dirigentes. Por eso resulta tan irresponsable que Trump hable de apropiarse de Ormuz como si estuviera anunciando la compra de un edificio.
No es suyo. No puede ser suyo. Y tampoco debería convertirse en propiedad de Irán. El estrecho está sujeto a un régimen internacional y su importancia trasciende las fronteras de los países que lo rodean. Irán puede tener intereses legítimos de seguridad y Estados Unidos puede tener intereses legítimos de navegación. Pero ninguno debería convertir sus intereses en una licencia para decidir unilateralmente el destino de una ruta que afecta al planeta entero.
Trump está jugando con fuego. Y quizá lo más peligroso es que parece convencido de que siempre puede subir la apuesta sin consecuencias. Pero las guerras tienen una característica que los políticos suelen olvidar: llega un momento en que dejan de obedecer a quienes las iniciaron. Un bloqueo puede provocar una respuesta. Una respuesta puede provocar otra. Un ataque contra un barco puede provocar un ataque contra una instalación. Un incidente naval puede matar soldados. Y entonces alguien tendrá que responder para no parecer débil. Así empiezan las guerras que después nadie sabe cómo terminar.
Irán, por supuesto, tampoco es inocente. Teherán ha utilizado el estrecho como instrumento de presión y ha restringido el tránsito marítimo en medio del conflicto. Pero que Irán utilice Ormuz como arma política no convierte a Estados Unidos en dueño del estrecho. Una ilegalidad no se corrige con otra. Lo que necesita el mundo no es otro propietario de Ormuz. Necesita que Ormuz vuelva a ser navegable. Necesita negociación, garantías para los barcos y que Estados Unidos e Irán encuentren una salida que permita reducir la tensión antes de que el conflicto termine arrastrando a otros países.
Y necesita, sobre todo, que las potencias entiendan que el planeta no es un tablero de Monopoly. Trump puede amenazar. Puede bloquear. Puede imponer sanciones. Puede mandar barcos. Pero no puede decretar que un estrecho internacional se convierta en territorio estadounidense simplemente porque tiene el poder militar para intentarlo. Porque si eso se acepta, el mensaje para el resto del mundo será terrible: las fronteras dejan de estar protegidas por el derecho y comienzan a depender del tamaño de los ejércitos.
Y cuando ese principio se instala, nadie está seguro. Ni siquiera Estados Unidos.
Ormuz no necesita una bandera estadounidense. Tampoco una bandera iraní. Necesita paz. Y si Trump no entiende esa diferencia, el problema ya no será solamente Irán. El problema será un presidente que está jugando con una región entera como si el mundo fuera suyo.
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