Hace una década, abandonar la Unión Europea fue presentado a millones de británicos como la recuperación de algo que supuestamente habían perdido: soberanía. Reino Unido volvería a controlar sus fronteras, sus leyes, su comercio y su destino. “Take back control” fue una consigna extraordinariamente poderosa porque reducía una discusión económica, jurídica y geopolítica de enorme complejidad a cuatro palabras capaces de caber en cualquier cartel. Diez años después, la pregunta ya no es si aquella consigna ganó un referéndum. Eso está resuelto. La pregunta es cuánto de lo prometido sobrevivió al encuentro con la realidad.
Esta semana el debate regresó con una fuerza que habría resultado impensable poco después del Brexit. El primer ministro británico, Andy Burnham, planteó la posibilidad de que Reino Unido pudiera algún día regresar a la Unión Europea, y Emmanuel Macron y Pedro Sánchez expresaron públicamente su disposición a recibirlo si los británicos decidieran recorrer ese camino. Nadie está anunciando una reincorporación inmediata. El proceso sería largo, políticamente complicado y exigiría decisiones profundas. Pero el simple hecho de que la conversación exista demuestra cuánto ha cambiado el ambiente.
El Brexit no desapareció. Está envejeciendo.
Y con los años empiezan a distinguirse mejor las promesas de los resultados.
Salir de la Unión Europea permitió a Reino Unido recuperar determinadas capacidades regulatorias y comerciales. Londres puede negociar acuerdos propios, establecer ciertas normas y tomar decisiones sin participar directamente en las estructuras comunitarias. Los defensores del Brexit continúan señalando esas libertades como prueba de que la decisión tuvo sentido. Sería incorrecto negar que existen.
Pero soberanía no significa ausencia de consecuencias.
Reino Unido abandonó el mercado único y la unión aduanera, pero Europa siguió siendo su vecina y uno de sus principales mercados. Las empresas británicas descubrieron que eliminar la pertenencia a una estructura no elimina la geografía. Aparecieron trámites, controles, reglas de origen y nuevas dificultades para comerciar. Algunos sectores enfrentaron escasez de trabajadores, otros perdieron facilidades para vender y numerosas compañías tuvieron que reorganizar operaciones.
La promesa política era sencilla.
La economía resultó bastante más complicada.
Ese contraste debería servir como lección mucho más allá de Reino Unido. En prácticamente todas las democracias existe una creciente tentación de ofrecer soluciones simples a problemas complejos. Se identifica un culpable —Bruselas, los inmigrantes, China, las élites, las empresas, los mercados— y se promete que eliminando ese obstáculo regresará una época de prosperidad que probablemente nunca existió como la recordamos.
Funciona electoralmente porque la complejidad vende mal.
Pero gobernar comienza precisamente cuando termina la campaña.
El Brexit también reveló una contradicción fundamental de la soberanía moderna. Los países quieren recuperar control al mismo tiempo que dependen cada vez más unos de otros. Ninguna nación europea controla por sí sola las cadenas de suministro globales, los mercados financieros, la inteligencia artificial, la energía, la migración o el comercio internacional. Puede tomar decisiones soberanas, por supuesto, pero esas decisiones producen respuestas fuera de sus fronteras.
Eso explica por qué Europa vuelve a discutir su propia integración en un momento particularmente difícil. La competencia con China se intensifica, Estados Unidos actúa de manera cada vez más transaccional y las industrias europeas enfrentan enormes desafíos de productividad, energía y tecnología. Francia y España acaban de reclamar una defensa comercial más firme frente a China. En ese escenario, la dimensión del mercado europeo se convierte nuevamente en una fuente de poder.
Reino Unido, por su parte, conserva fortalezas extraordinarias. Londres sigue siendo un centro financiero global, sus universidades están entre las mejores del planeta, posee capacidades científicas, diplomáticas y militares importantes y continúa siendo una economía de gran peso. No estamos hablando de un país destruido por abandonar la Unión Europea. Ese relato sería tan simplista como la promesa de que el Brexit resolvería todos sus problemas.
La realidad suele resistirse a los extremos.
Lo interesante es observar cómo cambia la conversación pública cuando desaparece la emoción inicial. Las nuevas generaciones británicas no necesariamente sienten hacia Europa la misma distancia que quienes protagonizaron el referéndum de 2016. Muchos jóvenes crecieron experimentando directamente las limitaciones para estudiar, trabajar o desplazarse que antes no existían. Para ellos, Europa puede representar menos una amenaza a la soberanía y más una oportunidad perdida.
Pero regresar tampoco significaría simplemente deshacer lo ocurrido.
La Unión Europea de hoy no es la de 2016. Reino Unido tampoco. Una eventual solicitud de reincorporación implicaría negociaciones sobre presupuesto, regulación, fronteras y posiblemente condiciones que Londres disfrutaba antes de marcharse. Europa tendría que decidir si desea nuevamente dentro a un socio históricamente incómodo y los británicos tendrían que preguntarse si están dispuestos a regresar sin exigir todas las excepciones del pasado.
Por eso resulta prematuro hablar de un “Brejoin” como si estuviera a la vuelta de la esquina.
Lo importante es otra cosa: el Brexit dejó de ser intocable.
Durante años, buena parte de la política británica evitó discutir seriamente una reversión por temor a enfrentarse nuevamente con una sociedad profundamente dividida. Hoy la posibilidad empieza a mencionarse abiertamente. Eso significa que una decisión presentada como definitiva vuelve a ser sometida al juicio del tiempo.
Y el tiempo es un crítico bastante implacable.
Las grandes decisiones políticas deben medirse no por la emoción que producen el día de la votación, sino por los resultados que entregan años después. ¿Creció la economía como se prometió? ¿Mejoraron los servicios? ¿Aumentaron las oportunidades? ¿Las empresas son más competitivas? ¿Los ciudadanos viven mejor? La soberanía importa, pero para la mayoría de las personas termina expresándose en cuestiones mucho más concretas: salario, empleo, vivienda, salud y futuro.
Europa también debería aprender de esta historia. Sería un error interpretar cualquier eventual acercamiento británico como una victoria destinada a humillar a quienes apoyaron el Brexit. La Unión Europea necesita revisar las razones por las que millones de ciudadanos llegaron a sentirla distante, burocrática y poco sensible a sus problemas. Una institución que solamente celebra cuando sus críticos fracasan terminará produciendo nuevos críticos.
El Brexit fue una advertencia para Europa tanto como para Reino Unido.
Diez años después, quizá estemos entrando en una etapa distinta. No necesariamente la del regreso británico, pero sí la del balance. Las consignas envejecen. Las campañas terminan. Los líderes cambian. Lo que permanece son las consecuencias.
Reino Unido quiso recuperar el control de su destino y tenía pleno derecho a intentarlo. Ahora comienza a preguntarse cuánto costó hacerlo solo.
Esa pregunta no invalida el referéndum ni obliga a una respuesta determinada. Pero demuestra algo que la política suele olvidar cuando promete soluciones definitivas: ninguna decisión histórica queda a salvo de ser examinada nuevamente.
Ni siquiera aquellas que parecían irreversibles.
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@salvadorcosio1
