Brasil fue este domingo a las urnas para elegir presidente, pero también para responder una pregunta que parecía resuelta hace cuatro años: ¿qué tan profundo era realmente el bolsonarismo? Jair Bolsonaro perdió la presidencia, fue condenado y hoy está fuera de la competencia electoral. Su apellido, sin embargo, volvió a aparecer en la boleta y, por lo visto durante la campaña y en las primeras horas del escrutinio, nunca abandonó realmente la disputa por el poder.
Esta vez el adversario de Luiz Inácio Lula da Silva es Flávio Bolsonaro, senador, hijo mayor del expresidente y heredero político de un movimiento que muchos dieron por debilitado después de la derrota de 2022. No ocurrió. Brasil llegó a las elecciones de 2026 prácticamente dividido por la mitad y las encuestas de última hora ya anticipaban una contienda extremadamente cerrada. Lula aparecía ligeramente adelante, pero dentro de márgenes que impedían hablar de una ventaja definitiva. Las primeras cifras del escrutinio incluso colocaron a Flávio por delante, aunque era demasiado pronto para extraer conclusiones. En un país de dimensiones continentales, donde el comportamiento electoral cambia enormemente entre regiones, proclamar vencedores con una pequeña parte de los votos contados sería absurdo.
Pero independientemente de quién termine encabezando esta primera vuelta, algo ya parece bastante claro: el bolsonarismo sobrevivió a Bolsonaro. Y eso quizá sea políticamente más importante que el resultado de esta noche.
Durante años se cometió el error de pensar que aquel fenómeno dependía exclusivamente de Jair Bolsonaro, de su personalidad estridente, de sus provocaciones, de su enorme capacidad para polarizar y de una relación casi personal con millones de seguidores. Pero los movimientos políticos que consiguen conectar con frustraciones profundas suelen sobrevivir a quienes inicialmente les dieron rostro.
Bolsonaro entendió algo que buena parte de la política tradicional brasileña tardó demasiado en comprender. Había millones de ciudadanos cansados de la inseguridad, molestos con la corrupción, desconfiados de las instituciones, conservadores en cuestiones sociales y convencidos de que las élites políticas hablaban de un país distinto al que ellos experimentaban todos los días. Él les dio una identidad. Ahora su hijo intenta heredarla.
Flávio Bolsonaro no es Jair. Tiene otro temperamento, otra trayectoria y necesariamente tendrá que construir su propio liderazgo. Pero lleva consigo algo extraordinariamente valioso en política: un apellido convertido en marca electoral. Para millones de brasileños votar Bolsonaro ya no significa únicamente votar por una persona. Significa pertenecer a uno de los dos grandes bloques en que terminó dividiéndose el país.
Del otro lado ocurre algo parecido con Lula. A sus 80 años, Luiz Inácio Lula da Silva disputa su séptima elección presidencial y busca un cuarto mandato no consecutivo. Pocos políticos latinoamericanos han demostrado una capacidad semejante para permanecer en el centro de la vida pública durante tanto tiempo. Fue obrero, dirigente sindical, candidato derrotado, presidente, expresidente, preso, volvió a la libertad, recuperó sus derechos políticos, regresó a la presidencia y ahora intenta permanecer nuevamente en ella.
Brasil parece incapaz de imaginar su política sin Lula. Y tampoco logra imaginarla sin Bolsonaro.
Ahí está la paradoja de estas elecciones. El país más grande de América Latina, una potencia agrícola, industrial y energética, con más de 200 millones de habitantes y enormes aspiraciones internacionales, vuelve a decidir buena parte de su futuro alrededor de dos apellidos que representan dos visiones prácticamente irreconciliables. No es solamente izquierda contra derecha, aunque inevitablemente también lo sea. Hay algo más profundo detrás de esa división.
Una parte de Brasil identifica a Lula con programas sociales, aumento de oportunidades, defensa de los sectores populares y una política exterior que busca mayor autonomía frente a las grandes potencias. Otra parte lo relaciona con el viejo sistema político, con los escándalos que durante años golpearon al Partido de los Trabajadores y con una izquierda que considera agotada.
Con los Bolsonaro ocurre exactamente el fenómeno contrario. Para sus seguidores representan orden, valores conservadores, enfrentamiento con las élites políticas tradicionales y una postura más dura frente al crimen. Para sus adversarios simbolizan autoritarismo, confrontación institucional y una etapa que Brasil debería dejar atrás. Entre ambas interpretaciones queda cada vez menos espacio para los matices.
Y eso debería preocupar incluso a quienes hoy celebran la fortaleza de su candidato.
Cuando una democracia comienza a organizarse no alrededor de proyectos distintos sino de identidades políticas que se consideran mutuamente incompatibles, las elecciones dejan de ser simplemente una competencia para decidir quién gobierna. Se convierten en una batalla para impedir que gobierne el otro. El voto ya no expresa únicamente esperanza; también expresa miedo.
Brasil lleva demasiado tiempo instalado en esa lógica.
La campaña tuvo además un ingrediente externo particularmente delicado: Estados Unidos. Flávio Bolsonaro mantiene una evidente cercanía política con Donald Trump, mientras Lula ha insistido en la defensa de la soberanía brasileña y en una política exterior con mayor autonomía. Las tensiones comerciales y diplomáticas entre Washington y Brasilia terminaron mezclándose con la competencia interna y añadieron otra capa a una elección que, por sí misma, ya tiene consecuencias mucho más allá de las fronteras brasileñas.
Brasil no es cualquier país de la región. Lo que ocurra allí modifica equilibrios políticos, comerciales y diplomáticos en toda América Latina. Es miembro de los BRICS, una de las grandes potencias agrícolas del planeta, posee enormes recursos naturales y tiene un peso decisivo en cualquier discusión internacional sobre la Amazonia, cambio climático, energía o seguridad alimentaria. Quien gobierne Brasilia no administrará únicamente los problemas internos de Brasil; tendrá una voz importante en el nuevo equilibrio internacional que está intentando construirse.
Pero quizá lo más interesante de esta elección sea lo que dice sobre nuestras democracias. Vivimos una época en la que derrotar electoralmente a un dirigente ya no significa necesariamente derrotar al movimiento que creó. Los liderazgos fuertemente personalistas pueden perder elecciones, abandonar temporalmente el poder e incluso enfrentar procesos judiciales, mientras las causas que alimentaron su crecimiento permanecen intactas.
Ahí suelen equivocarse sus adversarios. Celebran la derrota del político sin preguntarse por qué millones de personas votaron por él. Si esas razones continúan —inseguridad, desigualdad, desconfianza institucional, enojo económico, miedo al futuro— tarde o temprano aparecerá alguien dispuesto a representar nuevamente ese malestar. Puede tener otro rostro o, como ocurre ahora en Brasil, conservar incluso el mismo apellido.
Lula enfrenta exactamente ese desafío. No le basta con recordar sus primeros gobiernos ni con presentarse como la barrera frente al regreso del bolsonarismo. Después de años nuevamente en el poder debe convencer a los brasileños de que su proyecto todavía tiene respuestas para problemas actuales. La nostalgia puede despertar lealtades, pero difícilmente constituye por sí sola un programa de futuro.
Flávio enfrenta el problema contrario. Heredar una base electoral puede llevarlo muy lejos, pero tarde o temprano tendrá que demostrar si existe algo detrás del apellido. Gobernar Brasil exige bastante más que representar la continuidad política de un padre.
Todavía falta conocer cómo terminará esta primera vuelta y, si nadie supera la mitad de los votos válidos, Brasil volverá a las urnas el 25 de octubre. Pero hay algo que probablemente ya podemos concluir sin necesidad de esperar el último voto.
Jair Bolsonaro no aparece como candidato, pero sigue presente en prácticamente toda la elección: en el apellido de su hijo, en el discurso de sus adversarios, en las preocupaciones de quienes temen el regreso de su movimiento y en la fidelidad de quienes siguen identificándose con aquello que construyó.
Brasil creyó en 2022 que había cerrado una elección y cuatro años después descubre que quizá solamente había abierto otra. Los presidentes pueden perder el poder, los candidatos pueden desaparecer y los liderazgos eventualmente terminan. Las divisiones que una sociedad permite crecer durante años son bastante más difíciles de sacar de la boleta.
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