Cada octubre vuelve la tentación de contar cuántos mexicanos llegaron a la postemporada y celebrar la cifra como si todos ocuparan el mismo lugar. Pero no es lo mismo aparecer en un roster que convertirse en pieza importante, ni haber llegado a octubre que haber sostenido durante seis meses a un equipo competitivo. Tampoco sería justo olvidar a quienes tuvieron una gran temporada y quedaron fuera simplemente porque el club alrededor no tuvo la calidad suficiente para avanzar.
Por eso vale la pena mirar la presencia mexicana con un poco más de cuidado. Hay nacidos en México, naturalizados que asumieron plenamente la representación nacional y jugadores nacidos en Estados Unidos con ascendencia mexicana o una relación deportiva clara con nuestro país. Todos forman parte de una conversación legítima, pero no necesariamente de la misma categoría, y sobre todo su importancia debe medirse por lo que realmente aportan.
Jonathan Aranda ofrece quizá el ejemplo más claro de por qué no basta con contar nombres. El tijuanense no sólo llegó con Tampa Bay a las Series Divisionales: apareció en el arranque de la serie frente a Yankees con un cuadrangular que produjo la única carrera de su equipo. En octubre, cuando cada anotación puede cambiar el tono de una serie, ésa es exactamente la clase de intervención que convierte a un jugador en factor y no simplemente en presencia mexicana dentro de un roster. Aranda ya no debe verse únicamente como el mexicano que encontró un espacio en Grandes Ligas, sino como un bate capaz de modificar un juego dentro de un equipo que está compitiendo por avanzar.
Isaac Paredes llegó con Houston al Wild Card y Javier Assad hizo lo propio con Cubs, pero sus equipos quedaron fuera. Ambos, sin embargo, forman parte de una generación mexicana que ha dejado atrás la mera presencia testimonial. Paredes se ha consolidado como un bateador reconocido por su poder y capacidad para producir, mientras Assad ha demostrado que puede cumplir distintas funciones dentro de un cuerpo de pitcheo y mantenerse en la conversación de Grandes Ligas.
Entre quienes siguen vivos aparecen también peloteros con ascendencia mexicana, como Joey Ortiz y JoJo Romero con Milwaukee. Ortiz aporta defensa, versatilidad y estabilidad en el cuadro; Romero, como relevista zurdo, entra en una categoría especialmente valiosa en series cortas, donde un solo enfrentamiento puede decidir una entrada y una entrada puede decidir un partido. Ésos son los casos que permiten entender mejor la diferencia entre estar e impactar.
Pero la historia mexicana de 2026 no termina con quienes llegaron a playoffs. Randy Arozarena, naturalizado mexicano, volvió a tener una temporada de alto nivel y no está en octubre simplemente porque su equipo no alcanzó la postemporada. Lo mismo puede decirse de Andrés Muñoz, quien volvió a mostrar por qué pertenece a la conversación entre los relevistas más importantes del béisbol actual. Que no estén jugando ahora no borra lo hecho durante seis meses. Octubre premia equipos, no necesariamente temporadas individuales.
Ése es uno de los errores frecuentes cuando comienza la postemporada: creer que los únicos jugadores que importaron fueron los que llegaron. Hay peloteros magníficos que terminan septiembre y guardan el guante mientras otros, con campañas más discretas, continúan jugando porque pertenecen a un conjunto mejor construido. También entre los llamados casi mexicanos aparecen nombres relevantes, como Jarren Durán, Ortiz o Romero. Su condición de estadounidenses con ascendencia mexicana no los convierte automáticamente en mexicanos en el mismo sentido que Aranda, Paredes, Assad o Muñoz, pero sí forman parte de un universo cada vez más amplio de jugadores con raíces nacionales y posible vínculo con el béisbol mexicano.
Durante muchos años celebrábamos simplemente que hubiera un mexicano en un roster de Grandes Ligas. Después aprendimos a festejar que fuera titular y más tarde comenzaron a consolidarse cerradores, receptores, infielders, jardineros y bateadores capaces de asumir responsabilidades importantes. El siguiente paso debe ser todavía más ambicioso: que los mexicanos no solamente estén, sino que sean capaces de decidir partidos.
Aranda ya empezó a hacerlo, y quizá ésa sea una de las mejores fotografías de 2026: México puede tener menos representantes de los que algunos conteos apresurados pretenden, pero varios poseen ya un papel auténtico, mientras otros que no alcanzaron octubre, como Arozarena o Muñoz, tuvieron temporadas suficientemente importantes para recordar que la postemporada premia a los equipos y no necesariamente a todos los grandes desempeños individuales.
Porque llegar importa. Estar importa. Pero impactar importa mucho más.
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