El mundo ya no necesita guerras para entrar en conflicto. Basta con una firma en la Casa Blanca. Donald Trump ha convertido los aranceles en una de las armas más poderosas de su política exterior y, quizá sin proponérselo del todo, está modificando las reglas del comercio internacional. Lo que comenzó como una promesa para proteger empleos estadounidenses terminó transformándose en una herramienta de presión contra aliados, competidores y países que simplemente se encuentran en el camino de los intereses de Washington.
La discusión ya no es si los aranceles funcionan. La verdadera pregunta es cuánto está dispuesto a pagar el mundo por la estrategia de Trump. Estados Unidos ha impuesto nuevas tarifas comerciales a decenas de países y mantiene una política particularmente agresiva frente a China. En los últimos meses, Washington ha utilizado los gravámenes no solamente para proteger industrias nacionales, sino también para presionar a gobiernos extranjeros en asuntos que van mucho más allá del comercio. Un análisis del propio gobierno español ha descrito esta transformación con claridad: los aranceles han dejado de ser únicamente instrumentos fiscales para convertirse en auténticas armas geopolíticas.
Y ahí comienza el problema. Porque cuando un arancel deja de responder exclusivamente a una política económica y se convierte en un mecanismo de castigo político, cualquier país puede convertirse en el siguiente objetivo. Canadá ya lo sabe. También Europa. China lleva años enfrentando esta disputa. Y México, por razones obvias, no puede darse el lujo de pensar que se encuentra fuera de esa lógica.
Trump ha descubierto algo muy sencillo: Estados Unidos tiene un mercado tan grande que puede utilizarlo como palanca. Quien quiera vender en territorio estadounidense debe aceptar determinadas condiciones. Y si no las acepta, aparece el arancel. El método tiene una lógica política impecable: genera titulares, permite al presidente presentarse ante sus electores como un mandatario que defiende al trabajador estadounidense y coloca a los gobiernos extranjeros a la defensiva.
Pero una cosa es que una política sea políticamente rentable y otra que sea económicamente inteligente. Ahí está la discusión que Washington parece querer evitar. Los aranceles no los paga mágicamente el país extranjero. Una parte importante termina repercutiendo sobre importadores, empresas y consumidores estadounidenses. Y cuando las cadenas productivas están profundamente integradas, como sucede entre Estados Unidos, México, Canadá, China y Europa, castigar a un proveedor extranjero puede terminar encareciendo productos fabricados en Estados Unidos.
Es la paradoja del proteccionismo moderno: se levanta una barrera para proteger al productor nacional y, al mismo tiempo, se encarece la materia prima que ese productor necesita. Pero hay algo todavía más preocupante. La guerra comercial está empujando a los países a buscar alternativas. Las empresas están diversificando proveedores, trasladando inversiones y construyendo cadenas de suministro que reduzcan su dependencia de Washington. Y en esa transformación México aparece, por razones geográficas y económicas, como uno de los grandes beneficiarios potenciales.
Aquí tenemos una oportunidad extraordinaria, pero también un riesgo enorme. La oportunidad es evidente: cada empresa que busque reducir su dependencia de China puede mirar hacia México. La cercanía geográfica con Estados Unidos, el T-MEC, la infraestructura industrial existente y la experiencia acumulada durante décadas colocan a nuestro país en una posición privilegiada. El riesgo consiste en creer que el nearshoring llegará solo.
No llegará solo. México necesita energía suficiente, seguridad, infraestructura, agua, talento especializado, certeza jurídica y una política industrial que deje de depender exclusivamente de las circunstancias internacionales. Porque si algo está demostrando Trump es que las condiciones pueden cambiar de un día para otro. Hoy México puede ser considerado un socio estratégico. Mañana puede aparecer en la lista de países a los que Washington exige nuevas condiciones.
No sería ninguna sorpresa. La administración estadounidense ha demostrado que incluso sus aliados tradicionales pueden recibir presión comercial. Canadá ha enfrentado nuevos aranceles estadounidenses sobre determinados productos, mientras Ottawa ha advertido que responderá con las medidas necesarias. Eso debería servirnos como advertencia: México no puede construir su futuro económico sobre la idea de que Estados Unidos siempre tendrá la misma política comercial.
Nuestro principal mercado seguirá siendo Estados Unidos. Eso es una realidad geográfica, económica y estratégica que no va a cambiar. Pero precisamente por eso necesitamos reducir nuestra vulnerabilidad, no aumentarla. La relación con Washington debe ser cercana, pero no subordinada. Y esa diferencia es fundamental.
México debe negociar con firmeza sin caer en provocaciones. Debe defender sus intereses sin entrar en una guerra verbal. Debe utilizar el T-MEC como instrumento de certidumbre y, al mismo tiempo, fortalecer relaciones comerciales con Europa, Asia y América Latina. Porque mientras Washington levanta barreras, otros países están intentando construir puentes.
China, por ejemplo, no está cruzada de brazos. Su respuesta a las restricciones estadounidenses no se limita a imponer aranceles. También utiliza materias primas estratégicas, tecnología y cadenas de suministro como instrumentos de presión. El enfrentamiento entre las dos mayores economías del mundo ya no ocurre solamente en las aduanas: se desarrolla en semiconductores, inteligencia artificial, minerales críticos y tecnologías de nueva generación.
Eso significa que estamos entrando en una nueva etapa. Ya no se trata simplemente de globalización contra proteccionismo. Se trata de quién controlará las cadenas de suministro del futuro. Quien controle los chips tendrá influencia sobre la inteligencia artificial. Quien controle los minerales críticos tendrá capacidad para condicionar la industria tecnológica. Quien controle las rutas comerciales tendrá ventaja sobre sus competidores. Y quien controle los mercados tendrá poder político.
Por eso la guerra arancelaria es mucho más seria de lo que parece. No estamos hablando solamente de pagar unos cuantos puntos porcentuales adicionales al importar un automóvil, una computadora o una maquinaria. Estamos hablando de la reorganización del poder económico mundial.
Trump parece haber entendido esa realidad antes que muchos de sus adversarios. El problema es que está utilizando una herramienta que puede terminar provocando exactamente el efecto contrario al que busca. Porque si Estados Unidos utiliza permanentemente su mercado como arma, llegará el momento en que sus socios comiencen a buscar mercados alternativos. Y cuando eso suceda, reconstruir la confianza será mucho más difícil que imponer un arancel.
La economía mundial necesita certidumbre. Las empresas necesitan saber dónde invertir. Los trabajadores necesitan saber dónde estarán sus empleos. Los gobiernos necesitan saber cuáles serán las reglas del comercio dentro de cinco o diez años. El problema es que nadie puede planear con tranquilidad cuando las reglas pueden modificarse mediante una publicación en redes sociales o una orden presidencial.
Ahí está la verdadera factura de la política arancelaria de Trump. No necesariamente será una recesión. Puede ser algo más silencioso: la pérdida gradual de confianza en Estados Unidos como socio comercial predecible. Y eso, para una potencia que durante décadas construyó buena parte de su influencia precisamente sobre la fortaleza de sus mercados y sus alianzas, puede terminar siendo mucho más costoso que cualquier arancel.
México debe entenderlo. No estamos frente a una simple disputa comercial. Estamos viendo cómo se reacomoda el mundo. Y en ese nuevo tablero, nuestro país tiene dos opciones: esperar a que otros decidan nuestro lugar o aprovechar la coyuntura para construir una economía mucho más competitiva y menos vulnerable.
Los aranceles de Trump pueden convertirse en una amenaza. Pero también pueden ser la oportunidad que México necesitaba para dejar de conformarse con ser vecino de Estados Unidos y comenzar a comportarse como un verdadero socio estratégico. La diferencia dependerá de nosotros.
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