Donald Trump no apareció en las boletas electorales de Brasil, pero terminó siendo uno de los grandes derrotados de la jornada. Su problema no es solamente que Luiz Inácio Lula da Silva haya conseguido otros cuatro años en la presidencia. Es que la mayor potencia de América Latina acaba de recordarle que la influencia de Washington tiene límites y que los gobiernos no se eligen desde la Casa Blanca. La pregunta ahora es si el mandatario estadounidense aceptará esa realidad o intentará convertir su frustración política en una nueva confrontación diplomática.
La primera reacción no resulta alentadora. Apenas se confirmó la victoria de Lula sobre Flávio Bolsonaro, Trump insinuó que las elecciones brasileñas habían sido fraudulentas. No presentó pruebas, pero tampoco pareció necesitarlas para sembrar sospechas sobre un proceso que las autoridades electorales dieron por concluido con una diferencia superior a cuatro millones de votos.
El episodio revela una contradicción que se ha vuelto característica de su manera de entender la democracia: los resultados son respetables cuando favorecen a sus aliados y sospechosos cuando los ciudadanos eligen otra cosa.
Trump había encontrado en el bolsonarismo una expresión latinoamericana de su propio movimiento político. Jair Bolsonaro adoptó buena parte de su discurso nacionalista, su confrontación con los medios y su estilo de liderazgo. Su hijo Flávio ofrecía la posibilidad de recuperar esa afinidad desde la presidencia brasileña, en un momento en que Washington busca consolidar gobiernos ideológicamente cercanos en el continente.
No ocurrió.
Lula consiguió una remontada electoral que sorprendió a sus adversarios y dejó al descubierto los límites de una estrategia basada en presentar al conservadurismo como una fuerza destinada inevitablemente a conquistar América Latina.
Pero conviene no confundir las cosas. La victoria de Lula no representa una derrota de Estados Unidos. Representa un revés para la pretensión de Trump de identificar los intereses estadounidenses con las preferencias de su propio movimiento político.
La diferencia es fundamental.
Estados Unidos tiene relaciones económicas, comerciales y estratégicas con Brasil que trascienden a cualquier presidente. Son vínculos construidos durante décadas y sostenidos por intereses que no desaparecen porque dos mandatarios discrepen. Pretender que una elección brasileña debe interpretarse como una competencia entre amigos y enemigos de Washington constituye una simplificación peligrosa.
Brasil no es una provincia política estadounidense. Tampoco necesita convertirse en adversario de Estados Unidos para demostrar su independencia.
Sin embargo, Trump parece sentirse más cómodo tratando con dirigentes que comparten su lenguaje, sus prioridades y, sobre todo, su disposición a aceptar la supremacía política de Washington. La autonomía de un gobierno extranjero suele convertirse en motivo de irritación cuando contradice sus expectativas.
Ahí radica el verdadero significado internacional de la elección brasileña.
Lula ha construido buena parte de su proyección exterior alrededor de una idea que incomoda a las grandes potencias: Brasil debe relacionarse con todos sin subordinarse completamente a ninguno. Su participación en los BRICS, sus vínculos comerciales con China y su defensa de un mayor protagonismo del llamado Sur Global forman parte de esa estrategia.
No significa que todas sus decisiones sean acertadas. La política exterior brasileña también ha exhibido ambigüedades, especialmente cuando la defensa de la soberanía se utiliza para evitar posiciones claras frente a gobiernos autoritarios.
La independencia diplomática pierde autoridad moral cuando termina convertida en indulgencia selectiva.
Pero esa crítica no invalida el derecho de Brasil a definir sus alianzas conforme a sus propios intereses.
China observa el resultado con una perspectiva distinta a la de Trump. Para Pekín, la continuidad de Lula significa la permanencia de un interlocutor que reconoce la importancia de diversificar los vínculos comerciales y que no parece dispuesto a sumarse automáticamente a una estrategia de aislamiento económico contra el gigante asiático.
Brasil es demasiado importante para quedar reducido a una pieza secundaria de la disputa entre Washington y Pekín. Su mercado, sus recursos naturales, su capacidad agroindustrial y su peso diplomático le conceden márgenes de negociación que otros países latinoamericanos difícilmente poseen.
La pregunta es si Lula sabrá aprovecharlos.
Porque también existe el riesgo de que, en nombre de la autonomía, Brasil termine sustituyendo una dependencia por otra. La creciente influencia económica china ofrece oportunidades, pero plantea interrogantes sobre inversiones estratégicas, tecnología, infraestructura y capacidad de decisión a largo plazo.
Una nación verdaderamente independiente no cambia de tutor. Negocia con todos y conserva la posibilidad de decir que no.
Para Trump, el problema es todavía más profundo. Su visión de las relaciones internacionales descansa frecuentemente en una lógica de recompensas y castigos. Los gobiernos que acompañan sus posiciones reciben reconocimiento; quienes se apartan de ellas pueden enfrentar presiones comerciales, amenazas diplomáticas o campañas de descalificación.
Ese comportamiento quizá produzca resultados inmediatos en determinadas circunstancias, pero también genera incentivos para que otros países busquen alternativas.
Y China está dispuesta a ofrecerlas.
Cada vez que Washington utiliza su poder económico como instrumento de presión política, Pekín encuentra una oportunidad para presentarse como socio comercial menos interesado en las preferencias ideológicas de sus interlocutores. Esa imagen no siempre corresponde con la realidad de la política china, pero puede resultar atractiva para gobiernos cansados de las exigencias estadounidenses.
Trump corre así el riesgo de conseguir exactamente lo contrario de lo que pretende: empujar a países estratégicos hacia relaciones más estrechas con sus competidores.
Brasil constituye una advertencia particularmente importante porque no se trata de una economía marginal ni de un gobierno aislado. Es un actor con influencia regional, presencia en los grandes foros internacionales y capacidad para modificar equilibrios comerciales.
Sin embargo, Lula tampoco debería interpretar su victoria como un cheque en blanco para desafiar a Washington.
Los brasileños no acudieron a las urnas exclusivamente para pronunciarse sobre Trump. Votaron preocupados por el costo de la vida, la seguridad, el empleo, la corrupción y el futuro de sus familias. Convertir ese mandato en una confrontación internacional permanente sería una manera de desviar la atención de los problemas que verdaderamente determinarán el éxito o fracaso de su gobierno.
La prudencia será indispensable.
El presidente brasileño tendrá que convivir con un Congreso de fuerte presencia conservadora, una oposición que conserva millones de seguidores y mercados financieros atentos a sus decisiones económicas. Su margen para aventuras diplomáticas es mucho menor de lo que podría sugerir la celebración electoral.
Trump, por su parte, deberá decidir si pretende relacionarse con el Brasil que existe o con el que hubiera preferido que ganara.
No es una cuestión menor. Las relaciones entre países no deberían quedar sujetas a simpatías personales, mucho menos cuando están involucradas dos de las economías más importantes del continente.
La reacción estadounidense frente al resultado brasileño también envía un mensaje al resto de América Latina. Si Washington cuestiona elecciones únicamente porque triunfan candidatos que no comparten sus posiciones, debilita su autoridad para exigir respeto a la democracia en otros escenarios.
La defensa de las instituciones no puede depender del color político del vencedor.
Lula ganó legítimamente, pero tendrá que demostrar que puede gobernar un país dividido. Flávio Bolsonaro perdió, aunque conserva una fuerza electoral que merece representación democrática. Y Trump deberá comprender que sus afinidades ideológicas no le conceden derecho alguno para descalificar la voluntad de millones de ciudadanos extranjeros.
La paradoja es evidente. Mientras el presidente estadounidense busca reafirmar su influencia continental, su comportamiento puede terminar debilitando la confianza de quienes deberían ser sus socios naturales.
Brasil no eligió a China contra Estados Unidos. Tampoco eligió a Lula para humillar a Trump. Eligió a su presidente.
Y quizá esa sea precisamente la lección que más trabajo le cueste aceptar al ocupante de la Casa Blanca: una potencia puede tener dinero, influencia y capacidad de presión, pero no puede exigir que la soberanía de otros países termine donde comienzan sus preferencias políticas.
Trump perdió Brasil.
Lo verdaderamente preocupante sería que, por negarse a reconocerlo, terminara perdiendo algo mucho más importante: la confianza de América Latina.
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