Lula da Silva volvió a ganar. Y, sin embargo, Brasil sigue atrapado en la misma confrontación que lleva años dividiendo a sus ciudadanos. La victoria del veterano dirigente izquierdista sobre Flávio Bolsonaro representa una hazaña electoral, pero también encierra una advertencia: derrotar a un adversario en las urnas no significa haber derrotado las razones por las que millones de personas están dispuestas a votar contra uno. El bolsonarismo perdió la presidencia, pero conserva una fuerza suficiente para impedir que el triunfo de Lula se convierta en una victoria política completa.
El resultado tiene algo de ironía. Un hombre de 80 años, que ha gobernado Brasil durante tres periodos, consiguió presentarse nuevamente como la alternativa frente a un movimiento conservador encabezado por el hijo de su principal enemigo político. Brasil terminó eligiendo entre dos apellidos que simbolizan una confrontación aparentemente interminable, sin espacio suficiente para una renovación auténtica.
La democracia brasileña funcionó. Los ciudadanos acudieron a votar y produjeron un resultado que debe respetarse. Pero sería ingenuo confundir el funcionamiento de las instituciones electorales con la superación de una crisis política mucho más profunda.
Lula obtuvo alrededor del 51.8 por ciento de los votos, frente al 48.2 por ciento de Flávio Bolsonaro. La diferencia le concede legitimidad para gobernar, aunque deja prácticamente a la mitad del electorado del otro lado de una frontera política cada vez más difícil de cruzar.
El presidente tiene motivos para celebrar. Después de quedar por debajo de su adversario en la primera vuelta, consiguió recuperar terreno y alcanzar una victoria que fortalece su extraordinaria trayectoria. Pocos dirigentes han sobrevivido a tantas crisis, derrotas y cuestionamientos para regresar una y otra vez al centro del poder.
Pero también debería preguntarse por qué, después de tantos años de liderazgo, todavía necesita presentarse como el único capaz de impedir el regreso de sus adversarios.
Una democracia no puede depender indefinidamente de la capacidad de supervivencia de un solo dirigente. Tampoco puede construir su futuro alrededor del temor a que gane el contrario.
Brasil parece haber convertido la confrontación entre el lulismo y el bolsonarismo en su principal mecanismo de movilización electoral. Ambos proyectos necesitan al adversario para fortalecer su identidad.
Lula encuentra en el recuerdo del gobierno de Jair Bolsonaro un argumento poderoso para reunir a quienes temen el autoritarismo. El bolsonarismo utiliza el desgaste del Partido de los Trabajadores, los escándalos de corrupción y las dificultades económicas para alimentar el rechazo a la izquierda.
La consecuencia es una sociedad donde millones de ciudadanos votan tanto por sus convicciones como por el miedo a que triunfe el otro.
Flávio Bolsonaro perdió, pero su resultado constituye una demostración de fuerza. La condena judicial contra su padre, las controversias de su gobierno y el recuerdo de los acontecimientos posteriores a las elecciones de 2022 no fueron suficientes para desmantelar el movimiento conservador.
Sería cómodo atribuir ese respaldo exclusivamente a la manipulación o al fanatismo. Entre sus votantes también existen empresarios, trabajadores, jóvenes y familias que consideran que Lula no ha respondido satisfactoriamente a sus necesidades.
El bolsonarismo sobrevivió porque representa inconformidades que van más allá de Jair Bolsonaro.
Ahí aparece una de las principales debilidades de la izquierda brasileña. Durante años ha confiado en que su legitimidad histórica, sus programas sociales y la trayectoria de Lula serían suficientes para conservar la identificación con los sectores populares. Pero las sociedades cambian, las nuevas generaciones tienen expectativas distintas y los ciudadanos pueden reconocer avances sin sentirse obligados a respaldar permanentemente al mismo partido.
La nostalgia no sustituye a los resultados.
Lula necesita comprender que su cuarta presidencia no puede convertirse en una repetición de las anteriores. Brasil enfrenta problemas de endeudamiento, presión fiscal, inseguridad y desigualdad que exigen respuestas concretas. Gobernar mediante la evocación de los logros del pasado difícilmente bastará.
La situación será todavía más complicada por la composición del Congreso, donde las fuerzas conservadoras mantienen una presencia capaz de condicionar las decisiones presidenciales.
El mandatario tendrá que negociar con adversarios que no comparten su proyecto y que podrían encontrar ventajas electorales en obstaculizar sus iniciativas. Pero quien solicita un cuarto mandato no puede presentarse como un recién llegado sorprendido por las dificultades del poder.
Lula conoce las instituciones brasileñas y sus mecanismos de negociación. Si consigue acuerdos, demostrará que su experiencia representa una ventaja. Si fracasa, difícilmente podrá justificarlo únicamente mediante la resistencia de sus adversarios.
La elección también deja un perdedor fuera de Brasil: Donald Trump.
El presidente estadounidense había encontrado en el bolsonarismo una corriente ideológicamente cercana, dispuesta a compartir buena parte de su visión conservadora y a impulsar una relación privilegiada con Washington.
La derrota de Flávio representa un revés para esa expectativa. Lula continuará defendiendo una política exterior más autónoma, con vínculos importantes con China, participación en los BRICS y una relación con Estados Unidos que no estará subordinada a las preferencias personales de Trump.
Pero tampoco conviene exagerar el significado internacional del resultado.
Brasil no eligió entre convertirse en aliado de Washington o entregarse a Pekín. Sus ciudadanos votaron principalmente por cuestiones internas: empleo, seguridad, ingresos, servicios públicos y confianza en sus gobernantes.
Trump tendrá que entender que América Latina no es un tablero donde las preferencias de la Casa Blanca determinan automáticamente los resultados. Lula deberá reconocer que mantener independencia diplomática no significa renunciar al pragmatismo económico.
La mayor economía latinoamericana necesita relaciones productivas con Estados Unidos, China y Europa. Su importancia internacional depende de su capacidad para negociar con todos sin someterse incondicionalmente a ninguno.
Sin embargo, el problema más delicado sigue estando dentro de Brasil.
La polarización ha producido una peligrosa costumbre: considerar que la derrota del adversario equivale a una victoria moral absoluta. Quien gana interpreta el resultado como respaldo a todas sus decisiones; quien pierde tiende a cuestionar la legitimidad del vencedor o a presentar cualquier desacuerdo como una amenaza existencial.
Así resulta imposible construir acuerdos duraderos.
Lula tendrá que gobernar para millones de brasileños que no votaron por él. No basta con convocarlos a la unidad mediante discursos. Será necesario demostrar que las instituciones pueden atender sus preocupaciones sin exigirles que abandonen sus convicciones.
Flávio Bolsonaro enfrenta una responsabilidad semejante. Su derrota no lo convierte en un dirigente irrelevante. El respaldo obtenido le concede una posición importante dentro de la oposición y la oportunidad de demostrar si su movimiento puede actuar dentro de las reglas democráticas sin reproducir las confrontaciones que marcaron el final del gobierno de su padre.
La madurez política no se demuestra solamente cuando se gana. También se revela en la manera de aceptar una derrota.
Brasil conserva una fortaleza que conviene reconocer: sus ciudadanos han demostrado capacidad para modificar el rumbo político mediante el voto. Las instituciones han resistido presiones considerables y la competencia electoral continúa ofreciendo mecanismos para resolver diferencias.
Pero ninguna democracia puede vivir permanentemente al borde de una ruptura emocional entre dos mitades de su población.
Lula ganó una elección difícil y aseguró un lugar todavía más singular en la historia política latinoamericana. Lo que está por demostrarse es si ese talento extraordinario para ganar elecciones puede traducirse en la capacidad de cerrar una etapa de enfrentamientos que amenaza con consumir las energías del país.
Porque Brasil no necesita solamente un presidente capaz de derrotar al bolsonarismo. Necesita un gobierno capaz de comprender por qué el bolsonarismo continúa convenciendo a tantos ciudadanos.
La victoria le entrega otros cuatro años en el poder, pero no le garantiza el reconocimiento de una sociedad dividida. Podrá administrar el Estado, impulsar reformas y ocupar nuevamente los escenarios internacionales. Lo que no podrá conseguir mediante decretos ni discursos será que millones de brasileños recuperen automáticamente la confianza en su proyecto.
Y ahí está la paradoja que define esta elección: Lula volvió a ganar porque una mayoría prefirió impedir el regreso del bolsonarismo, pero el bolsonarismo sigue siendo tan poderoso que puede condicionar el futuro de su gobierno.
El presidente obtuvo los votos necesarios para quedarse.
Ahora tendrá que demostrar que todavía tiene algo nuevo que ofrecer.
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