¡Ándele, doña Guadalupe! Cuando el río suena, contratos lleva… y cuando aparecen videos, fotografías y hasta champañita parisina, el escándalo deja de ser un simple chisme de sobremesa para convertirse en un asunto que exige explicaciones.
La presidenta del Instituto Nacional Electoral (INE), Guadalupe Taddei Zavala, está en el ojo del huracán por los señalamientos sobre posibles conflictos de interés relacionados con proveedores del organismo. Y aunque en las redes ya le habían preparado las maletas, resulta que la funcionaria salió a decir que no piensa renunciar. Así que, por lo pronto, de despedida nada.
NO SE TRATA DE…
Pero ¡aguas!, que aquí no se trata de ganar una guerra de declaraciones, sino de aclarar lo que verdaderamente importa: las contrataciones, los vínculos personales y el manejo de los recursos públicos. La Auditoría Superior de la Federación ya anunció una investigación sobre posibles irregularidades. Y eso, mis queridas víboras, no se resuelve con un discurso de buenos propósitos.
Porque una cosa es tener amistades, organizar reuniones y disfrutar de la vida, y otra muy distinta es que la cercanía con alguien relacionado con contratos públicos genere dudas sobre la imparcialidad de una institución que debe garantizar elecciones limpias.
LAS IMÁGENES
Y entonces aparecen las imágenes desde París: José Alfredo Hernández Casillas, empresario vinculado con compañías proveedoras del INE, conviviendo con Jorge Francisco Piñeda Taddei, hijo de la consejera presidenta, en un hotel de lujo y con champaña de por medio.
¡Vaya postal! Mientras millones de mexicanos hacen cuentas para llegar a la quincena, en las alturas parisinas se descorchan botellas y se presume la Ciudad Luz. Que cada quien gaste su dinero como quiera, faltaba más; la pregunta es quién pagó, bajo qué circunstancias y si existe alguna relación entre esos encuentros y los negocios con el organismo electoral.
QUÉ GANARON CON ESO
Porque el lujo, por sí solo, no demuestra corrupción. Pero cuando se cruza con contratos públicos, relaciones personales y posibles conflictos de interés, las explicaciones dejan de ser opcionales y se convierten en una obligación.
Y aquí viene lo bueno: ¿quién grabó esos videos y con qué intención los difundió? ¿Fue una decisión personal, una advertencia, un ajuste de cuentas o simplemente alguien decidió que ya era hora de que el público conociera esas escenas?
Por ahora, no hay elementos suficientes para asegurar cuál fue el propósito de las grabaciones. Lo que sí puede decirse es que su difusión abrió una discusión que va mucho más allá de la champaña: la transparencia y la confianza pública.
IMAGEN DE IMPOLUTA
Tampoco se puede olvidar que la imagen de Taddei fue defendida cuando llegó a la presidencia del INE en 2023, en un proceso de designación mediante insaculación en la Cámara de Diputados. Pero aquel procedimiento no la exime de rendir cuentas ni convierte a nadie, por decreto, en una persona intocable.
Y si los señalamientos de la oposición tienen sustento, deberán demostrarse con pruebas. Si no lo tienen, también corresponde aclararlo. La crítica política no sustituye a la investigación, pero tampoco debe utilizarse la palabra persecución para esquivar preguntas incómodas.
Porque el árbitro electoral no solamente debe actuar con imparcialidad: también debe cuidar que sus decisiones y relaciones no comprometan la confianza de los ciudadanos.
MORALEJA VIPERINA:
¡No que no tronabas, pistolita! Cuando se ocupa una silla tan importante como la presidencia del INE, no basta con decir que todo está en orden. Hay que demostrarlo.
Y mientras las autoridades investigan, queda una pregunta que ni París, ni la champaña, ni los videos pueden responder por sí solos: ¿hubo un conflicto de interés o solamente una relación personal que levantó sospechas?
La respuesta no debe salir de una guerra de filtraciones ni de los discursos de los partidos. Debe salir de los documentos, las auditorías y las pruebas.
Porque en la democracia, mis queridas víboras, el árbitro también tiene que rendir cuentas. Y cuando la confianza está en juego, ¡hasta la champaña más cara se amarga si nadie explica quién pagó la cuenta!
