Vladimir Putin ha demostrado una habilidad que sus adversarios occidentales parecen seguir subestimando: conseguir beneficios políticos incluso cuando no ofrece concesiones sustanciales. Este miércoles volvió a hacerlo. Después de reunirse en San Petersburgo con Steve Witkoff, enviado especial de Donald Trump, el presidente ruso aceptó, en principio, reanudar las conversaciones de paz con Ucrania y Estados Unidos durante noviembre. El anuncio fue recibido como una señal de avance diplomático, aunque detrás de las declaraciones optimistas permanece una realidad incómoda: Moscú sigue sin comprometerse a abandonar sus principales exigencias territoriales y estratégicas.
La reunión tuvo además un ingrediente cuidadosamente aprovechado por el Kremlin. Rusia liberó a Stephen Hubbard, un ciudadano estadounidense de 74 años que permanecía encarcelado desde 2022, acusado de participar como mercenario en la guerra de Ucrania. Washington había considerado injusta su detención y Trump había solicitado personalmente su libertad.
El gesto tiene un valor humanitario indiscutible para Hubbard y su familia. Después de más de cuatro años de cautiverio, su regreso constituye una noticia positiva que merece reconocerse sin reservas. Pero en política internacional las decisiones humanitarias también pueden convertirse en instrumentos diplomáticos, especialmente cuando ocurren en momentos cuidadosamente elegidos.
Putin consiguió que el encuentro comenzara con una demostración de buena voluntad hacia Washington. Witkoff agradeció públicamente la liberación y llegó a describir al mandatario ruso como un hombre humanitario. Una expresión particularmente llamativa tratándose del presidente que ordenó la invasión de Ucrania y enfrenta una orden de arresto de la Corte Penal Internacional por presuntos crímenes de guerra.
La contradicción resume buena parte de las dificultades que enfrenta la diplomacia de Trump.
El presidente estadounidense quiere terminar una guerra que se aproxima a su quinto año. Durante su campaña prometió resolverla con una rapidez extraordinaria, convencido de que su relación personal con Putin y su capacidad negociadora permitirían conseguir lo que otros gobiernos no habían logrado.
La realidad ha sido considerablemente más complicada.
Rusia mantiene el control de territorios ucranianos, continúa sus operaciones militares y exige condiciones que Kiev considera incompatibles con su soberanía. Ucrania, por su parte, depende de la asistencia occidental para sostener su defensa y enfrenta presiones crecientes para aceptar una salida negociada.
Trump necesita resultados. Putin parece disponer de mayor paciencia.
Esa diferencia puede terminar siendo decisiva.
De acuerdo con lo anunciado por el Kremlin, las conversaciones podrían reanudarse alrededor del 10 de noviembre, posiblemente en Abu Dabi. El propósito sería discutir un sistema de seguridad para Rusia y Ucrania después de la guerra.
La formulación resulta diplomáticamente atractiva. ¿Quién podría oponerse a construir condiciones de seguridad que permitan evitar nuevos enfrentamientos? Sin embargo, el verdadero problema consiste en determinar qué entiende cada parte por seguridad.
Para Ucrania significa conservar su independencia, recibir garantías frente a nuevas agresiones y evitar que Rusia pueda imponerle decisiones fundamentales sobre su política exterior.
Para Moscú implica, entre otras cosas, impedir que Ucrania se incorpore a la OTAN y obtener reconocimiento de sus intereses estratégicos sobre territorios ocupados.
Son posiciones profundamente enfrentadas que no desaparecen simplemente porque los negociadores acepten sentarse nuevamente a una mesa.
Putin conoce esa circunstancia. También sabe que cada encuentro con representantes estadounidenses contribuye a proyectarlo como un interlocutor indispensable para resolver el conflicto que su propio gobierno inició.
Mientras más tiempo transcurre, mayor es la posibilidad de que la discusión internacional deje de concentrarse en las responsabilidades por la invasión y comience a girar exclusivamente alrededor de las concesiones necesarias para detenerla.
Ese desplazamiento político favorece a Moscú.
Durante los primeros meses de la guerra, buena parte de Occidente sostenía que Rusia debía retirarse del territorio ucraniano y asumir las consecuencias de su agresión. Hoy las conversaciones se desarrollan bajo una lógica diferente: cuánto territorio podría perder Ucrania, qué garantías aceptaría Rusia y qué incentivos económicos podrían facilitar un entendimiento.
No significa que Washington haya reconocido formalmente las pretensiones rusas. Pero demuestra hasta qué punto las condiciones de una negociación pueden modificarse cuando un conflicto se prolonga y sus participantes comienzan a calcular los costos de continuar.
La posición estadounidense también ha experimentado cambios significativos. Trump decidió flexibilizar determinadas sanciones contra Rusia y abrió espacios para operaciones relacionadas con productos energéticos rusos, decisiones que han provocado inquietud entre aliados europeos.
Desde la Casa Blanca se argumenta que mantener canales comerciales y ofrecer incentivos puede contribuir a modificar el comportamiento del Kremlin. La diplomacia, después de todo, no consiste únicamente en castigar adversarios; también requiere identificar beneficios que hagan posible un acuerdo.
Pero existe una diferencia fundamental entre ofrecer incentivos a cambio de compromisos verificables y conceder ventajas mientras la otra parte mantiene intactas sus exigencias.
Hasta ahora, Putin ha aceptado regresar a las conversaciones. No ha anunciado una retirada militar, una modificación de sus objetivos territoriales ni un alto el fuego general.
La disposición a negociar representa un avance, pero todavía no constituye una concesión sobre el fondo del conflicto.
Europa observa estos movimientos con creciente preocupación. Sus gobiernos saben que cualquier acuerdo sobre Ucrania tendrá consecuencias directas para la seguridad continental. También comprenden que, si Rusia obtiene beneficios territoriales mediante una invasión prolongada, el precedente puede debilitar las normas que durante décadas han sostenido el orden europeo.
Sin embargo, las capitales europeas enfrentan sus propias contradicciones. El costo de la energía, las dificultades económicas, las protestas sociales y el crecimiento de fuerzas políticas nacionalistas complican la posibilidad de mantener indefinidamente una estrategia de confrontación con Moscú.
Putin no necesita que todos los gobiernos europeos respalden sus posiciones. Le basta con que sus diferencias se profundicen y debiliten la capacidad de actuar conjuntamente.
En ese escenario, Trump se ha convertido en una figura central para los cálculos del Kremlin.
El presidente estadounidense dispone de instrumentos extraordinarios para presionar a Rusia, pero también enfrenta necesidades políticas internas. Las elecciones legislativas de noviembre se aproximan y la administración busca mostrar resultados diplomáticos, contener los precios energéticos y evitar que la guerra continúe convirtiéndose en una fuente de desgaste.
Putin, en cambio, no enfrenta un calendario electoral competitivo que pueda amenazar su permanencia inmediata en el poder. Su sistema político le permite administrar los costos internos del conflicto mediante mecanismos de control que no existen en las democracias occidentales.
Eso no significa que Rusia pueda sostener la guerra indefinidamente sin consecuencias. Las pérdidas humanas, el gasto militar y las restricciones económicas representan cargas considerables. Pero sus dirigentes han demostrado disposición a soportarlas mientras consideren que el tiempo puede mejorar su posición negociadora.
Por eso la diplomacia estadounidense necesita algo más que fotografías, declaraciones favorables y gestos simbólicos.
La liberación de Hubbard es una buena noticia. La posibilidad de reanudar conversaciones también merece reconocimiento. Cualquier oportunidad seria para detener una guerra que ha causado sufrimiento a millones de personas debe aprovecharse.
Lo que sería irresponsable es confundir esos avances preliminares con una transformación de las intenciones del Kremlin.
Trump tiene derecho a buscar una solución distinta de las estrategias aplicadas por sus antecesores. Incluso podría conseguir resultados importantes si logra combinar incentivos económicos, garantías de seguridad y mecanismos efectivos de cumplimiento.
Pero su éxito no debería medirse por la cantidad de reuniones que consiga organizar ni por la disposición de Putin a recibir a sus enviados.
La verdadera prueba llegará cuando Rusia tenga que decidir si está dispuesta a renunciar a parte de sus exigencias para alcanzar un acuerdo aceptable también para Ucrania.
Mientras eso no ocurra, la negociación seguirá ofreciendo a Moscú beneficios políticos que no necesariamente se traducen en avances hacia la paz.
Putin ha aprendido a utilizar el lenguaje diplomático sin abandonar la presión militar. Puede hablar de seguridad compartida mientras exige territorios ajenos, recibir enviados estadounidenses mientras mantiene sus operaciones y ofrecer gestos humanitarios que mejoran su imagen internacional sin modificar el fondo de sus decisiones.
Trump, acostumbrado a presentar cada negociación como una oportunidad para demostrar su capacidad personal, enfrenta ahora a un interlocutor que también entiende perfectamente el valor político de aparentar avances.
La paz en Ucrania es necesaria y cada esfuerzo auténtico por conseguirla merece respaldo. Pero un acuerdo duradero no puede depender solamente de la urgencia de Washington por anunciar una victoria.
Porque Putin puede aceptar sentarse a negociar sin haber decidido todavía terminar la guerra.
Y si Trump no consigue distinguir entre ambas cosas, corre el riesgo de descubrir demasiado tarde que, mientras él buscaba una victoria diplomática, el Kremlin estaba negociando algo mucho más valioso: el reconocimiento de las ventajas obtenidas mediante la fuerza.
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