Por eso el país está como está: diputados que no rebuznan porque ofenderían a los burros, y senadores pendencieros que parecen convencidos de que las cámaras legislativas son un ring de lucha libre donde gana quien grita más fuerte, insulta mejor o dice la mayor cantidad de estupideces por minuto.
LA SOLEMNIDAD
Antes, ser diputado era un honor. Bueno… tampoco vamos a idealizar el pasado: siempre hubo legisladores prepotentes, majaderos y de esos que confundían la curul con un trono. Pero, por lo menos, había cierta solemnidad en el cargo.
Hoy uno prende la televisión y termina preguntándose si está viendo una sesión parlamentaria o un concurso para descubrir quién puede decir la barbaridad más grande sin despeinarse.
“SOBERANÍA ESPACIAL”
Para muestra está la diputada de Morena, Victoria Gutiérrez Pérez, quien aseguró que científicos veracruzanos llevarían café a Marte y que con ello se recuperaría la llamada “soberanía espacial”.
¡Hombre! Ya decía yo que la conquista del planeta rojo estaba en manos de nuestros cafetaleros.
Lo preocupante no es solamente la ocurrencia. Lo verdaderamente delicado es que semejantes afirmaciones terminen pronunciándose desde una tribuna pública y, además, involucrando en el discurso a la presidenta de todos los mexicanos.
DE LA RISA A LA PREOCUPACIÓN
Y aquí es donde la risa empieza a convertirse en preocupación.
Porque una cosa es hacer política y otra muy distinta es convertir la política en espectáculo.
También habría que preguntarnos, con toda seriedad, qué estamos haciendo como sociedad para que quienes aspiran a representarnos lleguen preparados —académica, intelectual y emocionalmente— para semejante responsabilidad.
MÍNIMO RESPETO
No se trata de exigir genios en cada curul. Se trata de pedir algo mucho más sencillo: sentido común, preparación, capacidad de análisis y un mínimo de respeto por el cargo que ocupan.
Y mientras nuestros legisladores se disputan el campeonato nacional de la ocurrencia, ahí están los resultados de la educación mexicana, particularmente los de las evaluaciones internacionales como PISA, que durante años nos han mostrado las enormes deficiencias que tenemos en matemáticas, lectura y comprensión, además de ciencias.
Y entonces aparece la pregunta incómoda:
¿Hacia dónde queremos llevar al país?
Porque basta pararse afuera de una primaria o secundaria para darse cuenta de que algo no estamos haciendo bien.
LAS BECAS SE GANABAN
En mis años mozos —que tampoco fueron precisamente la época de las cavernas— las becas representaban un incentivo para los estudiantes que más se esforzaban. Había competencia por obtenerlas, orgullo por conseguirlas y, sobre todo, una idea muy clara: estudiar servía para avanzar.
LO QUE TENEMOS HOY
Hoy enfrentamos una realidad distinta.
Televisión, videojuegos, redes sociales, tecnología y toda una avalancha de estímulos compiten diariamente por la atención de nuestros jóvenes.
Y mientras tanto, nosotros seguimos preguntándonos quién será el próximo diputado, el próximo senador o el próximo gobernante.
DIOS DE MI VIDA
Pero quizá deberíamos estar preguntándonos algo todavía más importante:
-¿Quiénes serán los médicos, arquitectos, ingenieros y dentistas que tendremos dentro de veinte años?
Porque los legisladores de hoy no nacieron en el Congreso. Se formaron en las escuelas, en sus casas y en la sociedad que los rodeó.
Por eso quizá antes de burlarnos de la diputada que dice que llevará café a Marte, deberíamos preguntarnos qué estamos haciendo para que las próximas generaciones tengan mejores herramientas para distinguir entre una idea brillante y una auténtica burrada.
REÍRNOS, PERO
Y sí, hay que reírnos de los políticos cuando se lo ganan.
Pero también hay que reflexionar.
Porque un país puede sobrevivir a un legislador que diga una tontería.
Lo que difícilmente puede sobrevivir es a una generación entera convencida de que estudiar, pensar y prepararse ya no son necesarios.
Y ahí sí, queridos lectores, ni café para Marte nos va a alcanzar.
Pase usted un buen fin de semana. Pero sobre todo, sea feliz.
