Hay contrabandos que llegan con tanta discreción que uno pensaría que traen visa, reservación de hotel y hasta pulsera de “todo incluido”. Pero no.
Unos llegan escondidos entre mercancías, otros disfrazados de productos legítimos y algunos, de plano, entran como Pedro por su casa.
El problema es que ahora resulta que hasta los cigarros vienen con vocación de turistas internacionales.
Las autoridades han comenzado a poner el ojo —y también las manos— sobre enormes cargamentos de cigarrillos apócrifos que ingresan al país. Y no estamos hablando de la cajetilla sospechosa que alguien vende por ahí en una esquina: hablamos de millones de cigarros que llegan desde el extranjero sin cumplir las reglas sanitarias, fiscales y aduaneras.
Y mientras unos se fuman el negocio, otros se ponen los tenis.
TAMBIÉN EL CALZADO
Porque el contrabando también encontró pista de aterrizaje en el calzado, la ropa y los productos de marcas falsificadas. Tenis que aparentemente son de una marca reconocida, pero que en realidad tienen más kilómetros de misterio que de garantía. Eso sí: vienen muy bonitos.
DURÁN UN AÑO Y YA…
El consumidor los ve, pregunta el precio y cuando escucha que cuestan una fracción de los originales, aparece la clásica filosofía nacional:
—“Pues si duran un año, ya estuvo.”
Y ahí es donde está el verdadero problema.
DISPUESTOS A COMPRAR
Porque el contrabando no existe solamente porque alguien logra meter mercancía ilegal al país. Existe también porque hay un mercado dispuesto a comprarla.
Uno introduce.
Otro distribuye.
Otro vende.
Y alguien termina comprando.
Todos felices… hasta que llega la factura.
SIN CONTROL
Porque detrás de un cigarro apócrifo puede haber evasión fiscal, productos sin controles sanitarios adecuados y mercancía cuya composición real nadie garantiza.
Y detrás de un tenis pirata no solamente hay una marca que deja de recibir lo que le corresponde. También hay fabricantes, trabajadores, comerciantes establecidos y pequeños negocios que compiten contra productos que no necesariamente enfrentaron los mismos impuestos, regulaciones y costos.
HASTA ALFOMBRA
Ahí está la paradoja: al comerciante formal le piden permisos, facturas, impuestos, seguridad social, normas, obligaciones y hasta paciencia.
Al contrabandista, en cambio, parece que solamente le falta que le pongan alfombra roja en la aduana.
Y el consumidor, mientras tanto, encantado con el precio.
Porque somos muy buenos para indignarnos cuando descubrimos que alguien evade impuestos… siempre y cuando no sea el que nos está vendiendo barato.
Ahí sí cambia la filosofía.
-“¡Qué barbaridad, cómo roban al país!”, dice uno.
Y cinco minutos después pregunta: “¿y cuánto por la caja de cigarros?”
O: “¿Y esos tenis son originales?”
—“No, pero se ven igualitos.”
—“¡Pues me los llevo!”
Y asunto arreglado.
El problema es que lo barato no siempre termina siendo peor.
EL RIESGO
El cigarro ilegal puede representar un riesgo para la salud; el producto falsificado puede no ofrecer las mismas condiciones de fabricación y calidad; y el comercio clandestino termina alimentando una economía paralela que compite con quien sí cumple.
Por eso la discusión no debería quedarse únicamente en cuántos millones de cigarros fueron decomisados o cuántos pares de tenis pirata terminaron destruidos.
PREGUNTA INCOMODA
La pregunta incómoda es otra: ¿cuántos millones lograron pasar?
Y todavía más incómoda:
¿Cuántos de nosotros ayudamos a que ese negocio siga siendo rentable?
Porque podemos cerrar una bodega, asegurar un contenedor y decomisar toneladas de mercancía.
Pero mientras exista quien diga “no sé de dónde viene, pero está barato”, siempre habrá alguien dispuesto a traer otro cargamento.
Y así, entre un cigarro que nunca pagó impuestos y unos tenis que jamás conocieron una factura, vamos construyendo una economía donde el que cumple juega con las reglas… y el que las rompe termina ofreciendo el precio más atractivo.
SOLO EN LAS ADUANAS
Por eso, queridas víboras chirrioneras, quizá ya sea hora de entender que el contrabando no solamente se combate en las aduanas.
También se combate en el mostrador.
Y, sobre todo, en nuestra cartera.
Porque si seguimos comprando mercancía de origen dudoso solamente porque cuesta menos, no nos hagamos los sorprendidos cuando descubramos que alguien se fumó la aduana… y nosotros fuimos quienes nos pusimos los tenis.
