Durante mucho tiempo nos acostumbramos a llamar “desastre natural” a todo aquello que la naturaleza hacía de manera brutal y que nosotros no podíamos controlar. Un terremoto, un huracán, una inundación, un deslave. La explicación parecía suficiente: ocurrió porque la naturaleza es impredecible y el ser humano poco puede hacer frente a su fuerza. Pero algo está cambiando y quizá estamos tardando demasiado en aceptarlo. La naturaleza sigue siendo impredecible, sí, pero el mundo que hemos construido está haciendo que algunas de sus respuestas sean cada vez más violentas. Y lo ocurrido esta semana en el Himalaya vuelve a poner esa realidad frente a nosotros.
Una catástrofe de enormes dimensiones golpeó Nepal y zonas fronterizas con China después del colapso de un glaciar y las posteriores inundaciones y deslaves. La cifra de víctimas se acerca ya a las 800 personas y miles más permanecen desaparecidas, mientras los equipos de rescate enfrentan condiciones extremas para llegar a comunidades aisladas. No se trata solamente de una tragedia humana; es también una advertencia sobre un planeta que está cambiando más rápido de lo que nuestras instituciones, nuestras ciudades y nuestros gobiernos están preparados para enfrentar. Y quizá lo más preocupante es que cada vez resulta más difícil distinguir dónde termina la fuerza natural de un fenómeno y dónde comienza la responsabilidad humana.
Durante años, el cambio climático fue tratado como un asunto de científicos, ambientalistas y gobiernos que organizaban conferencias internacionales llenas de promesas. Se hablaba de emisiones, de acuerdos, de reducción de combustibles fósiles y de metas para 2050. Mientras tanto, para buena parte de la población el problema parecía lejano. El cambio climático era algo que ocurriría en el futuro, una amenaza para nuestros hijos o nuestros nietos. El problema es que ese futuro ya llegó. Lo estamos viendo en incendios más intensos, sequías más prolongadas, lluvias extraordinarias, temperaturas extremas, deshielo y fenómenos que antes parecían excepcionales y ahora comienzan a repetirse con una frecuencia que debería preocuparnos.
Lo más cómodo sería culpar exclusivamente a la naturaleza. Decir que un glaciar se desprendió, que un río creció, que una montaña cedió y que nadie podía haberlo evitado. Pero esa explicación ya no alcanza. El calentamiento del planeta está alterando los ecosistemas de montaña y acelerando el derretimiento de glaciares, mientras las comunidades asentadas en zonas vulnerables enfrentan riesgos cada vez mayores. La ciencia lleva años advirtiéndolo. Lo que no hemos hecho con la misma velocidad es transformar esa advertencia en decisiones políticas.
Y ahí aparece una de las grandes contradicciones de nuestro tiempo. Los gobiernos saben que el clima está cambiando, pero buena parte de sus decisiones siguen diseñadas como si el mundo continuara siendo el mismo de hace cincuenta años. Se construyen ciudades sobre zonas inundables, se permite crecer sin planeación en regiones de riesgo, se destruyen bosques que funcionan como barreras naturales y se continúa dependiendo de modelos energéticos que contribuyen al calentamiento global. Después llega una tormenta extraordinaria y nos sorprendemos de que las calles se conviertan en ríos. Llega una ola de calor y descubrimos que nuestras ciudades son trampas de concreto. Se desprende una montaña y nos preguntamos por qué nadie estaba preparado.
El problema no es solamente ambiental. Es económico, político y social. Cada desastre destruye viviendas, carreteras, escuelas, hospitales, cultivos y empleos. Los gobiernos gastan después de la tragedia lo que muchas veces no quisieron invertir antes para prevenirla. Y siempre resulta más caro reconstruir que prevenir. Pero la prevención tiene un problema político: no produce fotografías espectaculares. Un muro de contención que evita una inundación no genera titulares. Un sistema de alerta que salva miles de vidas no siempre se percibe. Una obra hidráulica que funciona durante décadas rara vez se convierte en un monumento político. En cambio, inaugurar la reconstrucción después de una tragedia sí permite aparecer frente a las cámaras.
Hemos convertido la emergencia en una política pública.
Esperamos a que ocurra el desastre para actuar. Y después hablamos de solidaridad, de reconstrucción y de apoyo a las víctimas. Por supuesto que hay que ayudar a quien lo pierde todo. Pero una sociedad verdaderamente preparada debería preguntarse por qué tantas veces llegamos tarde. El problema no es que no sepamos que existen riesgos. Los mapas de vulnerabilidad existen, los científicos advierten, los organismos internacionales producen información y los gobiernos cuentan con herramientas para anticipar buena parte de los escenarios. Lo que suele faltar es voluntad para tomar decisiones antes de que el problema se vuelva visible.
También hay una dimensión profundamente injusta en esta crisis. Los países y las comunidades que menos han contribuido al calentamiento global suelen ser los que enfrentan algunas de sus consecuencias más devastadoras. Nepal no es precisamente el responsable histórico de las grandes emisiones que han calentado el planeta. Sin embargo, sus habitantes pueden terminar pagando una factura que otros escribieron durante décadas. Lo mismo ocurre con pequeñas islas amenazadas por el aumento del nivel del mar o con regiones pobres que enfrentan sequías, inundaciones y pérdidas agrícolas mientras las grandes potencias discuten cuánto están dispuestas a cambiar.
Y mientras los científicos hablan de adaptación, algunos gobiernos todavía discuten si el problema existe.
Esa discusión debería haber terminado hace mucho tiempo. Ya no se trata de convencer a nadie de que el clima está cambiando. Se trata de decidir qué vamos a hacer con un mundo diferente. Podemos seguir discutiendo durante décadas quién tiene la culpa o podemos empezar a preparar nuestras ciudades para lo que viene. Podemos seguir dependiendo de combustibles que generan emisiones o acelerar la transición energética.
Podemos continuar construyendo donde resulta más barato o empezar a construir donde resulta más seguro. Podemos seguir reaccionando a las tragedias o aprender a prevenirlas.
México tampoco está al margen de esta realidad. Nuestro país conoce perfectamente los efectos de los huracanes, las sequías, las inundaciones y los incendios. Cada temporada nos recuerda que la vulnerabilidad no es una estadística. Tiene nombres y apellidos. Es una familia que pierde su casa, un agricultor que pierde su cosecha, una comunidad que queda incomunicada o una empresa que tarda meses en recuperar su actividad. Y aunque ninguna política puede evitar todos los fenómenos naturales, sí puede reducir considerablemente sus consecuencias.
La discusión debería cambiar de una vez por todas. No debemos preguntarnos únicamente cuánto costará enfrentar el cambio climático. Deberíamos preguntarnos cuánto costará no hacerlo. Porque cada año de retraso significa más infraestructura vulnerable, más ciudades expuestas, más pérdidas económicas y más personas obligadas a abandonar sus hogares. El costo de la adaptación será enorme, pero el costo de la improvisación puede ser todavía mayor.
Quizá esa sea la verdadera lección de lo ocurrido en el Himalaya. El planeta no necesita que lo salvemos. Necesita que dejemos de actuar como si no estuviera cambiando. La Tierra seguirá existiendo mucho después de nosotros. El problema es si nuestras ciudades, nuestras economías y nuestras comunidades estarán preparadas para las condiciones que estamos creando.
Durante años dijimos que había que salvar al planeta para las próximas generaciones. Tal vez esa frase también sea equivocada. El planeta no necesita que lo salvemos. Somos nosotros quienes necesitamos aprender a vivir en él de una manera distinta.
Porque el planeta ya no avisa.
Ahora cobra.
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@salvadorcosio1
