Hay una señal de la economía mundial que suele pasar desapercibida porque no tiene la espectacularidad de una guerra, una elección o una amenaza presidencial. No hay misiles ni discursos encendidos. Sin embargo, puede terminar siendo mucho más importante para millones de personas: el dinero está comenzando a tener miedo. Los inversionistas están mirando el mundo con mayor desconfianza y las decisiones de largo plazo se están volviendo más difíciles. Una empresa ya no pregunta únicamente cuánto le costará producir en determinado país; también quiere saber qué tan estable será ese país dentro de cinco, diez o quince años.
Las guerras, los aranceles, las elecciones polarizadas, la competencia entre Estados Unidos y China y la incertidumbre energética están modificando la manera en que las empresas toman decisiones. El mundo que alguna vez buscó eficiencia ahora busca seguridad. Ya no necesariamente gana el país que ofrece producir más barato; empieza a ganar el que ofrece menos riesgos. Una fábrica no se construye para durar un sexenio. Una empresa que invierte cientos de millones necesita reglas estables, energía, infraestructura, seguridad, trabajadores capacitados, proveedores y acceso a mercados. Si cualquiera de esas condiciones puede cambiar abruptamente, el inversionista puede simplemente decidir esperar.
Y esperar es una de las formas más silenciosas de castigar a una economía. Un dólar que no llega tampoco construye una planta, no genera empleos, no compra maquinaria, no capacita trabajadores y no desarrolla proveedores. Aunque nadie pueda fotografiar el dinero que decidió no invertirse, sus efectos terminan sintiéndose en el crecimiento económico y en las oportunidades que nunca llegaron. Por eso la inversión extranjera directa enfrenta un escenario diferente al de hace algunos años. El capital no desapareció, pero ahora exige más garantías antes de moverse.
Durante décadas, los gobiernos competían ofreciendo incentivos fiscales, terrenos baratos y mano de obra. Ahora tienen que ofrecer algo mucho más difícil: confianza. México tiene frente a sí una oportunidad enorme precisamente por esta transformación. Mientras Estados Unidos busca reducir su dependencia de Asia y las empresas quieren acercar sus cadenas productivas al mercado estadounidense, nuestro país tiene una ventaja que pocos pueden igualar: ubicación geográfica, integración comercial con Estados Unidos y Canadá y una industria manufacturera importante. Pero una oportunidad no es un destino. El capital puede llegar a México y también puede irse a otra parte.
Ahí entran asuntos que durante años fueron tratados como problemas internos y que hoy se han convertido en variables económicas internacionales: seguridad, energía, agua, infraestructura, Estado de derecho, educación y capacitación laboral. Una empresa que piensa instalar una planta quiere saber si tendrá electricidad suficiente, si podrá transportar sus mercancías, si sus contratos serán respetados y si encontrará trabajadores capacitados. También quiere saber si podrá ampliar sus operaciones dentro de diez años y si las reglas seguirán siendo previsibles. No está pidiendo privilegios. Está pidiendo certeza.
El mundo está entrando en una etapa en la que las decisiones económicas estarán cada vez más vinculadas con la política. Estados Unidos quiere reducir su dependencia de China. Europa quiere disminuir sus dependencias energéticas y tecnológicas. China busca controlar cadenas de suministro estratégicas. India pretende convertirse en una alternativa industrial y México quiere aprovechar el nearshoring. Todos están haciendo algo parecido: tratando de asegurarse de que las decisiones de otros países no puedan poner en riesgo su economía.
El problema es que esta carrera por la seguridad también puede encarecer el mundo. Producir todo en casa es más seguro, pero normalmente más caro. Diversificar proveedores reduce riesgos, pero aumenta costos. Mantener inventarios estratégicos protege contra crisis, pero requiere capital. Construir nuevas fábricas lleva años y desarrollar tecnología propia puede costar miles de millones. La economía mundial está descubriendo que la eficiencia absoluta tenía un precio: la fragilidad. Ahora está dispuesta a pagar otro precio para ser más resistente.
Ese cambio debería importarnos mucho en México. Durante años nuestra discusión económica se concentró en cuánto dinero entraba al país. Deberíamos comenzar a preguntar algo más importante: qué tipo de dinero está llegando, qué produce, cuánto valor deja y qué capacidades genera. No todas las inversiones son iguales. Una planta que únicamente ensambla productos importados genera empleos, pero difícilmente transforma una economía. Una inversión que desarrolla proveedores nacionales, capacita trabajadores, transfiere tecnología y crea nuevas industrias puede tener un impacto completamente distinto.
El verdadero reto del nearshoring no consiste en llenar parques industriales. Consiste en construir una economía capaz de sostenerlos. Mientras Estados Unidos y China se enfrentan, Europa busca mayor autonomía y las empresas rediseñan sus cadenas productivas, México tiene una oportunidad que quizá no vuelva a repetirse pronto. Podemos convertirnos en uno de los grandes beneficiarios del nuevo orden económico o conformarnos con ser una estación de paso. La diferencia dependerá de lo que hagamos ahora: infraestructura, educación técnica, energía, agua, seguridad, innovación y una política industrial que entienda que el mundo está cambiando.
El capital es racional. No tiene lealtades, no vota, no tiene ideología y tampoco se enamora de los discursos. Va donde encuentra oportunidades y se queda donde encuentra confianza. Cuando la pierde, se marcha. Por eso hay una lección que los gobiernos deberían tener siempre presente: atraer una inversión puede requerir meses o años de trabajo; perderla puede tomar solamente una decisión equivocada. Y en un mundo donde cada vez existen más riesgos, la confianza se está convirtiendo en el activo más escaso.
Quizá por eso el dinero también tiene miedo. No teme solamente a las guerras; teme a la incertidumbre. No teme solamente a los aranceles; teme a no saber cuánto costarán mañana. No teme solamente a los gobiernos; teme a que las reglas de hoy ya no existan mañana. Y cuando el dinero tiene miedo, espera. Cuando espera, las empresas dejan de construir. Cuando las empresas dejan de construir, los empleos no llegan. Por eso, en esta nueva economía mundial, la pregunta ya no será solamente quién tiene los salarios más bajos, los impuestos más atractivos o los incentivos más generosos. Será algo mucho más sencillo y mucho más difícil de responder: ¿en quién se puede confiar?
Porque en el mundo que viene, el país que consiga responder esa pregunta tendrá algo que todos los demás estarán buscando: el dinero. Y el dinero, cuando se siente seguro, no necesita que lo llamen.
Llega solo.
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