Durante siglos, las grandes potencias conquistaron territorios con ejércitos. Después llegaron los imperios que lo hicieron con barcos, tratados y colonias. Hoy la historia está cambiando y China parece haber entendido algo que Occidente todavía se resiste a aceptar: para dominar el mundo ya no necesariamente hay que ocuparlo. A veces basta con venderle todo.
La imagen tradicional de una potencia mundial sigue asociada a portaaviones, misiles, bases militares y soldados. China también tiene todo eso y no hay que equivocarse: Pekín está construyendo una capacidad militar que Estados Unidos observa con enorme preocupación. Pero su verdadera fuerza puede estar en otro lugar, mucho menos espectacular y bastante más difícil de combatir: las fábricas, los puertos, las baterías eléctricas, los paneles solares, los vehículos, los teléfonos, las máquinas, los componentes electrónicos y una gigantesca capacidad para producir prácticamente cualquier cosa a una escala que buena parte del mundo ya no puede igualar.
Y ahí está el problema. China no necesita invadir Europa para poner en jaque a sus industrias. No necesita enviar un ejército a Alemania para afectar a sus fabricantes de automóviles. No necesita ocupar una fábrica francesa para hacerla menos competitiva. Le basta con producir más barato, más rápido y en cantidades enormes, colocar sus mercancías en los mercados internacionales y esperar a que sus competidores comiencen a preguntarse cuánto tiempo pueden sobrevivir.
Lo que está ocurriendo en Europa es una advertencia para todos, incluido México. Durante décadas, Occidente construyó una economía basada en la idea de que la globalización beneficiaría a todos. Las empresas producirían donde fuera más eficiente hacerlo, los consumidores comprarían productos más baratos y los países se especializarían en aquello en lo que fueran más competitivos. En teoría, todos ganarían. El problema es que alguien tenía que fabricar las cosas. Y China decidió hacerlo.
Mientras Estados Unidos y Europa trasladaban buena parte de su producción industrial hacia Asia, Pekín hizo algo mucho más inteligente que simplemente ofrecer mano de obra barata. Construyó infraestructura, subsidió sectores estratégicos, desarrolló cadenas de suministro completas, invirtió enormes cantidades en tecnología y creó una capacidad industrial que ahora le permite competir no solamente con productos baratos, sino también con productos cada vez más sofisticados. El automóvil eléctrico es quizá el ejemplo más evidente. Mientras las grandes compañías europeas discutían cómo hacer la transición energética sin destruir sus negocios tradicionales, los fabricantes chinos comenzaron a producir vehículos eléctricos a gran escala. Cuando Europa quiso reaccionar, descubrió que no solamente estaba compitiendo contra automóviles chinos, sino contra toda una cadena industrial china que incluye baterías, minerales procesados, componentes electrónicos, software y sistemas de almacenamiento. No es casualidad que Europa esté comenzando a hablar nuevamente de política industrial.
La Unión Europea ha empezado a mirar a China no solamente como socio comercial, sino como competidor estratégico. El llamado “China shock” está reapareciendo con fuerza: productos chinos cada vez más baratos están entrando en mercados europeos y presionando a industrias que durante décadas fueron consideradas símbolos de la fortaleza económica occidental. Y lo verdaderamente incómodo es que esta vez el problema no se limita a los textiles, los juguetes o los productos de bajo costo. Está llegando a sectores tecnológicos, automotrices, energéticos y manufactureros de alto valor. La pregunta que debería hacerse Occidente es bastante sencilla: ¿cómo se compite contra un país que puede producir más que tú y venderlo más barato? La respuesta que está apareciendo es la de siempre: aranceles.
Estados Unidos los utiliza. Europa también. Se habla de proteger empleos, defender industrias estratégicas y evitar prácticas comerciales desleales. Y quizá algunas de esas medidas sean necesarias.
El problema es que los aranceles también pueden convertirse en una trampa. Porque si un país coloca impuestos a los productos chinos, puede proteger temporalmente a sus fabricantes, pero también encarece los productos para sus consumidores. Y si China responde con sus propios aranceles, comienza una guerra comercial que termina afectando a todos. Es la paradoja de la globalización: durante décadas construimos cadenas productivas internacionales tan complejas que ahora nadie puede romperlas sin hacerse daño.
China lo sabe. Y quizá por eso su estrategia resulta mucho más sofisticada de lo que algunos quieren reconocer. Pekín no necesita que todos los países sean políticamente aliados. Le basta con que sean económicamente dependientes. Un país puede criticar al gobierno chino por sus políticas internas, cuestionar su posición respecto a Taiwán o preocuparse por sus ambiciones militares y, al mismo tiempo, seguir comprándole paneles solares, automóviles, baterías, maquinaria y componentes electrónicos. Ese es el verdadero poder. Cuando dependes de alguien para mantener funcionando tu economía, tus decisiones políticas empiezan a tener límites. Y China ha pasado años construyendo esas dependencias: minerales críticos, baterías, tierras raras, paneles solares, componentes electrónicos, infraestructura, maquinaria y una larga lista de productos industriales. El país que controla una parte importante de esos mercados no necesita amenazar a nadie. Simplemente puede recordar, cuando lo considere conveniente, qué ocurriría si dejara de vender. Es una forma de poder mucho más silenciosa que un misil y también mucho más difícil de denunciar.
Porque nadie sale a protestar contra un contenedor lleno de productos baratos. Al contrario: el consumidor está encantado. Compra el automóvil más económico, el teléfono que ofrece más funciones, la batería que cuesta menos o los paneles solares que permiten ahorrar en electricidad. El problema aparece después, cuando la fábrica local cierra, cuando los empleos industriales desaparecen y cuando un país descubre que ya no tiene capacidad para fabricar aquello que necesita. Ahí está la factura que la globalización escondió durante años. Y México debería poner mucha atención. Nuestro país tiene una oportunidad extraordinaria por el fenómeno del nearshoring y por la cercanía con Estados Unidos. Muchas empresas quieren trasladar producción desde Asia hacia América del Norte para reducir riesgos y acercarse al mercado estadounidense. México tiene mano de obra, ubicación geográfica, tratados comerciales y una industria manufacturera importante. Pero existe un riesgo que no podemos ignorar: convertirnos simplemente en una plataforma de ensamblaje mientras China continúa controlando buena parte de los componentes, materias primas, maquinaria y tecnologías que necesitamos.
Eso no sería independencia económica. Sería cambiar de proveedor sin cambiar de dependencia. México necesita aprovechar la coyuntura para desarrollar proveedores nacionales, invertir en capacitación, impulsar tecnología propia y fortalecer sectores estratégicos. De poco sirve presumir que una empresa internacional abrió una planta en Jalisco, Nuevo León, Querétaro o Guanajuato si buena parte de lo que esa planta necesita viene de China y el mayor valor agregado permanece fuera del país. El reto no es solamente atraer inversiones. Es conseguir que la inversión deje conocimiento, tecnología, proveedores, empleos mejor pagados y capacidad productiva.
Porque China entendió hace mucho tiempo algo que Occidente olvidó: quien fabrica tiene poder. Durante años se pensó que fabricar era una actividad de menor valor y que las economías modernas podían vivir de los servicios, las finanzas y el consumo. China decidió hacer lo contrario. Se convirtió en la fábrica del mundo y ahora está utilizando esa capacidad industrial para convertirse también en una potencia tecnológica. Por eso la discusión ya no debería ser si China es una amenaza militar para Occidente. Esa pregunta pertenece al siglo pasado. La pregunta moderna es mucho más incómoda: ¿qué pasa cuando una potencia puede hacer que el resto del mundo dependa de ella sin necesidad de conquistarlo?
Quizá entonces entendamos que la nueva conquista no siempre llega en tanques. A veces llega en barcos portacontenedores. No entra por una frontera. Entra por un puerto. No necesita soldados. Necesita consumidores. Y no exige que le rindamos la bandera. Le basta con que, cuando llegue el momento de elegir, descubramos que ya no podemos vivir sin sus productos. China no necesita invadir. Le basta con que el mundo siga comprando.
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