Hay preguntas que parecen tener una respuesta sencilla hasta que la realidad obliga a mirarlas de frente. ¿Puede una democracia suspender las elecciones para defenderse? ¿Puede un presidente permanecer en el poder sin pasar por las urnas y seguir hablando de legitimidad democrática? ¿Puede un país justificar la concentración del poder cuando está siendo atacado por una potencia extranjera? Ucrania acaba de poner nuevamente esas preguntas sobre la mesa y, esta vez, no es Rusia quien las plantea, sino una figura que hasta hace poco formaba parte del círculo más cercano de Volodímir Zelenski.
El asunto no es menor. Mykhailo Fedorov, quien hasta hace unas semanas ocupaba la Secretaría de Defensa de Ucrania y que se convirtió en una de las figuras más reconocidas por el desarrollo de la guerra con drones, ha pedido que el país encuentre una manera de celebrar elecciones aun mientras continúa la invasión rusa. Su planteamiento rompió un silencio que llevaba años instalado en Kiev y abrió una discusión que probablemente será cada vez más difícil de contener: Ucrania está defendiendo su territorio en nombre de la democracia, pero al mismo tiempo lleva años sin celebrar elecciones nacionales.
Zelenski acaba de responder con contundencia. Sostiene que celebrar elecciones en las actuales condiciones sería una especie de tsunami político capaz de dividir al país y, en sus palabras, destruirlo. No es difícil entender su argumento. Ucrania tiene millones de ciudadanos desplazados, otros tantos viviendo fuera del país, territorios ocupados por Rusia y cientos de miles de soldados desplegados en el frente. Organizar una elección libre, segura y verdaderamente representativa bajo esas circunstancias sería una tarea monumental. Pero entender el argumento de Zelenski no significa que debamos dejar de hacer la pregunta incómoda.
Porque precisamente para eso sirve la democracia: para hacer preguntas incómodas.
La ley ucraniana prohíbe celebrar elecciones mientras se mantiene la ley marcial y la guerra continúa. El mandato presidencial de Zelenski terminó formalmente en 2024, aunque la propia legislación establece mecanismos que permiten mantener al gobierno durante el estado de guerra. El problema, por tanto, no es simplemente jurídico. Es político. Y cualquier asunto político que involucre la legitimidad de quien encabeza un país en guerra termina convirtiéndose inevitablemente en un asunto internacional.
Rusia, por supuesto, está encantada con la discusión. El Kremlin ya aprovechó el llamado de Fedorov para insistir en que las divisiones internas de Ucrania están creciendo y para cuestionar la legitimidad de Zelenski como interlocutor. No hay que ser ingenuos: Moscú utilizará cualquier grieta política ucraniana en su beneficio. Si hay protestas, las utilizará. Si hay corrupción, la utilizará. Si hay divisiones entre Zelenski y sus antiguos colaboradores, también. Pero que Rusia pueda aprovechar una debilidad no significa que esa debilidad deje de existir.
Y aquí está el verdadero problema.
Durante cuatro años y medio, el mundo occidental ha defendido a Ucrania argumentando que no solamente está luchando contra una invasión, sino defendiendo los valores de una Europa democrática frente a un régimen autoritario. Esa narrativa tiene una enorme fuerza moral. Pero precisamente por eso Ucrania no puede permitirse que la democracia se convierta en una promesa para tiempos mejores. Si la democracia sólo funciona cuando no hay guerra, cuando no hay amenazas y cuando todo está en calma, entonces no es realmente una defensa de la democracia lo que estamos haciendo, sino una defensa del Estado cuando las circunstancias son cómodas.
Claro que no se puede organizar una elección como si nada estuviera ocurriendo. Sería absurdo pensar que un soldado en una trinchera, un niño refugiado en Polonia, una familia que vive bajo ocupación rusa y un ciudadano de Kiev que teme un ataque aéreo pueden participar en igualdad de condiciones en un proceso electoral. También sería irresponsable ignorar que una campaña política en plena guerra podría convertirse en una herramienta de propaganda rusa, generar enfrentamientos internos y distraer al gobierno de una batalla que todavía no termina.
Pero también sería peligroso asumir que la guerra puede convertirse en una justificación permanente para aplazar indefinidamente la democracia.
Porque las guerras tienen una característica terrible: nadie sabe exactamente cuándo terminan.
¿Y qué ocurriría si el conflicto continúa otros dos años? ¿Y si son cinco? ¿Y si nunca existe una fecha clara para declarar formalmente el final de las hostilidades? ¿La democracia ucraniana tendría que esperar todo ese tiempo? ¿Cuánto puede prolongarse una excepción antes de convertirse en una nueva normalidad?
Ahí es donde la discusión deja de ser exclusivamente ucraniana.
Las democracias occidentales han cuestionado durante décadas a gobiernos que utilizan estados de excepción para concentrar poder. Han denunciado a presidentes que aplazan elecciones, modifican constituciones o utilizan amenazas externas para mantenerse en el gobierno. Con justa razón. Pero ahora el mundo observa un caso diferente, mucho más complicado: un presidente elegido democráticamente que enfrenta una invasión real, que mantiene niveles importantes de respaldo popular y que sostiene que celebrar elecciones mientras caen misiles sobre sus ciudades podría provocar la fractura de su país.
No hay una respuesta cómoda.
Y quizá precisamente por eso la discusión debe existir.
Además, el llamado de Fedorov no aparece en el vacío. Su demanda llegó después de ser removido del Ministerio de Defensa y en medio de una creciente tensión política en Kiev. Su salida provocó protestas y abrió cuestionamientos sobre la forma en que Zelenski está administrando su gobierno. Paralelamente, una investigación por presunto lavado de dinero que involucra a funcionarios de alto nivel ha vuelto a colocar la corrupción en el centro del debate ucraniano. Zelenski no está acusado de participar en esos hechos, pero políticamente no puede evitar que cada escándalo ocurrido dentro de su círculo termine golpeando su autoridad.
Y eso vuelve todavía más delicada la discusión electoral.
Porque una elección no solamente sirve para elegir a quien gobierna. También sirve para renovar la confianza, castigar errores, premiar resultados y permitir que aparezcan nuevas figuras. Una sociedad sometida durante años a la guerra necesita algo más que armas para resistir. Necesita tener la certeza de que conserva la posibilidad de decidir quién la conduce.
Fedorov ha planteado precisamente esa idea: que la democracia no puede convertirse en un lujo reservado para los tiempos de paz. Y esa frase merece ser tomada en serio, aunque provenga de un adversario político emergente de Zelenski.
Pero también hay que tomar en serio la advertencia del presidente ucraniano. Una elección mal organizada, realizada bajo bombardeos, con millones de ciudadanos desplazados y con territorios ocupados, podría hacer exactamente lo contrario de lo que pretende: en lugar de fortalecer la democracia, podría fracturarla. Una elección cuestionada por fraude, interferencia extranjera, exclusión de ciudadanos o imposibilidad de votar en determinadas regiones podría terminar siendo utilizada por Rusia como una poderosa arma política.
Por eso Ucrania necesita encontrar una tercera vía. No se trata simplemente de votar mañana o de no votar hasta que termine la guerra. Se trata de comenzar a construir desde ahora las condiciones para que, cuando sea posible, exista una elección legítima, incluyente y segura. Que soldados, desplazados, refugiados y ciudadanos de las zonas afectadas tengan garantizado el derecho a participar. Que haya observadores internacionales. Que existan mecanismos contra la desinformación y la intervención extranjera. Que la oposición pueda organizarse y que el gobierno acepte que una democracia verdadera implica la posibilidad de perder.
Porque esa última condición es la más importante de todas.
Un gobierno democrático no demuestra su legitimidad solamente cuando gana. La demuestra cuando acepta que puede perder.
Zelenski ha conducido a Ucrania durante una de las etapas más dramáticas de su historia y tiene argumentos poderosos para sostener que no puede poner en riesgo la unidad nacional mientras Rusia continúa atacando. Pero precisamente porque ha pedido al mundo que defienda la democracia ucraniana, tendrá que demostrar que esa democracia sigue siendo más fuerte que el hombre que temporalmente la encabeza.
Tal vez la guerra obligue a Ucrania a retrasar las urnas.
Lo que no debería obligarla a retrasar es la discusión sobre cómo volver a ellas.
Porque si Ucrania está luchando para seguir siendo una nación libre, llegará el momento en que tendrá que demostrar que la libertad no termina cuando empieza una guerra. Y tampoco puede terminar cuando la guerra acaba.
La pregunta no es solamente cuándo votará Ucrania.
La verdadera pregunta es si, después de todo lo que ha perdido, todavía podrá conservar aquello por lo que dice estar luchando.
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