Donald Trump prometió regresar a la Casa Blanca para hacer lo que, según él, ningún presidente estadounidense había conseguido: devolverle a Estados Unidos su grandeza, poner orden en el mundo y, sobre todo, terminar con las guerras. Se presentó como el hombre capaz de hacer en una llamada telefónica lo que otros presidentes no pudieron conseguir después de años de diplomacia. El negociador definitivo. El hombre de los acuerdos. El presidente que no quería guerras, sino victorias. Pero el problema de las promesas grandilocuentes es que tarde o temprano llega la realidad a cobrar la factura. Y la realidad internacional le está pasando una bastante pesada a Trump.
A unos meses de las elecciones intermedias de noviembre, el presidente estadounidense enfrenta un escenario incómodo: varias de sus principales apuestas internacionales siguen sin resolverse y algunas incluso se han convertido en problemas políticos internos. La guerra con Irán se prolonga, las negociaciones sobre Gaza permanecen atoradas y el conflicto entre Rusia y Ucrania continúa sin una salida definitiva. Trump se acerca a las elecciones con pocos triunfos claros en política exterior, pese a haber construido buena parte de su regreso político alrededor de la imagen de un mandatario capaz de imponer la paz. Y eso es mucho más importante de lo que parece, porque Trump no construyó su segunda campaña presidencial sobre la promesa de administrar mejor las guerras de otros. Construyó buena parte de su discurso sobre la idea de que los gobiernos anteriores habían sido incapaces de resolverlas y que él sí sabría hacerlo. Ahora el problema es que el reloj corre.
Las elecciones intermedias no son una elección presidencial, pero pueden convertirse en un referéndum sobre el poder de un presidente. Si los republicanos pierden el control de una o ambas cámaras del Congreso, Trump tendrá que gobernar con una oposición mucho más agresiva y con menos capacidad para imponer su agenda. Y sus adversarios ya encontraron un punto vulnerable: mientras la Casa Blanca habla de fuerza, grandeza y liderazgo internacional, los estadounidenses están mucho más preocupados por cuánto pagan en el supermercado, cuánto cuesta llenar el tanque y qué tan estable está su economía. Ahí aparece la verdadera amenaza para Trump. No necesariamente Putin. No necesariamente Irán. Ni siquiera los demócratas. La amenaza puede ser el precio de la gasolina.
La aprobación de Trump se encuentra en uno de sus puntos más bajos de este segundo mandato, mientras crece la preocupación por el costo de vida y el conflicto internacional contribuye a presionar los mercados petroleros. Buena parte de los estadounidenses considera además que la guerra será prolongada, a pesar de que Trump había asegurado que sería breve. Y aquí es donde la política exterior deja de ser política exterior. Porque cuando una guerra al otro lado del planeta encarece la gasolina en Ohio, cuando la inflación se mete en la mesa de una familia de Texas o cuando una empresa comienza a pagar más por transportar mercancías, el ciudadano deja de verla como una batalla geopolítica y empieza a preguntarse algo mucho más sencillo: ¿para qué sirve todo esto?
Trump conoce perfectamente esa lógica. Durante años explotó políticamente el hartazgo estadounidense con las guerras interminables. Criticó a los presidentes que enviaban tropas al extranjero mientras los problemas internos se acumulaban en casa. Prometió que Estados Unidos volvería a poner primero sus propios intereses. Pero ahora su propia política exterior comienza a producir exactamente aquello que prometió evitar: incertidumbre, gasto, tensión y conflictos que no terminan. Y hay algo todavía más delicado: la estrategia de Trump depende de una fórmula que puede ser extraordinariamente efectiva en una negociación empresarial, pero mucho más peligrosa en la geopolítica: presionar hasta que el otro ceda.
El problema es que los países no son empresas. Un gobierno puede estar dispuesto a soportar costos enormes antes que aceptar una derrota que ponga en riesgo su supervivencia. Irán lleva décadas viviendo bajo sanciones. Rusia ha demostrado que está dispuesta a soportar costos enormes por sus objetivos en Ucrania. China tiene capacidad económica suficiente para resistir presiones que otros países no podrían soportar. La Casa Blanca puede aumentar las sanciones. Puede amenazar. Puede bloquear. Puede bombardear. Puede negociar. Pero llega un momento en que el adversario también comienza a calcular el tiempo. Y quizá eso es lo que más preocupa a Washington.
Los enemigos de Estados Unidos pueden haber llegado a una conclusión bastante sencilla: esperar. Esperar a que el desgaste político haga su trabajo. Esperar las elecciones. Esperar que Trump pierda el control del Congreso. Esperar que cambien las prioridades estadounidenses. Esperar que la presión económica se vuelva insoportable para el propio electorado norteamericano. No necesitan necesariamente derrotarlo en el campo de batalla. Tal vez sólo necesitan sobrevivir políticamente hasta que cambien las condiciones. Eso explicaría parte de la frustración que comienza a percibirse dentro de la administración. El conflicto con Irán se acerca a los seis meses y la diplomacia continúa sin producir el acuerdo que Trump esperaba. La Casa Blanca ha recurrido nuevamente a una estrategia de presión económica, mientras las conversaciones permanecen estancadas.
Y entonces aparece la paradoja. El presidente que llegó diciendo que no quería guerras termina atrapado en ellas. El presidente que prometió acuerdos enfrenta negociaciones bloqueadas. El presidente que presumió de saber negociar con cualquiera enfrenta adversarios que parecen haber aprendido a esperar. Y el presidente que prometió que los estadounidenses recuperarían su prosperidad enfrenta una inflación que comienza a convertirse en un problema electoral. Trump sigue teniendo algo que sus adversarios no pueden ignorar: una enorme capacidad política. Conserva influencia sobre el Partido Republicano, participa directamente en las campañas de candidatos y continúa movilizando a su base. Pero una cosa es controlar a un partido y otra controlar los acontecimientos.
Ese quizá sea el descubrimiento más incómodo para Trump durante su segundo mandato. El mundo no funciona como un mitin. Un adversario extranjero no necesariamente se intimida porque el presidente estadounidense levante la voz. Una guerra no termina porque Washington anuncie que quiere terminarla. Y una economía no baja sus precios porque el presidente lo ordene desde una conferencia de prensa. La política internacional tiene una característica cruel: siempre termina imponiendo límites incluso a los presidentes más poderosos. Trump puede ordenar ataques, imponer sanciones, retirar negociadores, amenazar con aranceles y presionar a sus aliados. Puede incluso conseguir algunas victorias espectaculares. Pero gobernar una potencia mundial no consiste solamente en ganar titulares. Consiste en conseguir resultados que permanezcan cuando las cámaras se apagan.
Y ahí está hoy la gran incógnita del segundo Trump. ¿Será recordado como el presidente que finalmente consiguió imponer una nueva arquitectura internacional o como el presidente que descubrió que el poder estadounidense ya no alcanza para obligar al mundo a comportarse como Washington quiere? Todavía no hay respuesta. Pero el calendario electoral ya empezó a correr. Y mientras Trump intenta demostrar que sigue teniendo el control, sus adversarios tienen una estrategia mucho más sencilla: dejar que el tiempo pase. Porque en política, especialmente cuando se acercan las elecciones, el tiempo también vota. Y a veces lo hace en contra.
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