Nicaragua dejó de ser solamente el problema de Daniel Ortega y Rosario Murillo. Lo que ocurre en ese pequeño país centroamericano comienza a adquirir una dimensión mucho mayor y, por eso mismo, debería preocupar al resto de América Latina. Durante años, el régimen sandinista fue observado principalmente desde la perspectiva de la democracia, la persecución de opositores, el cierre de medios de comunicación y la concentración del poder en manos de una familia. Todo eso sigue siendo grave, pero hay algo más que está ocurriendo detrás de esa realidad: Nicaragua se está convirtiendo en una pieza dentro de la nueva disputa geopolítica entre Estados Unidos, Rusia y China, con Irán también orbitando en esa ecuación. Y cuando las grandes potencias empiezan a competir por influencia en un territorio tan cercano a Estados Unidos, el asunto deja de ser exclusivamente nicaragüense.
La relación entre Managua y Moscú es particularmente significativa. Rusia ha profundizado su cooperación con Nicaragua en materia militar, entrenamiento e intercambio de inteligencia, mientras el gobierno de Ortega mantiene una relación cada vez más estrecha con Vladimir Putin. No hace falta imaginar una base militar rusa instalada en Managua ni una reedición de la crisis de los misiles de Cuba para entender la importancia de estos movimientos. La geopolítica moderna funciona de manera mucho más sofisticada: acuerdos de cooperación, intercambio tecnológico, inteligencia, infraestructura, presencia militar limitada y alianzas económicas pueden producir una influencia considerable sin necesidad de colocar miles de soldados sobre el terreno. Rusia sabe perfectamente que Nicaragua tiene un valor estratégico por su ubicación y por la posibilidad de mantener un punto de apoyo político dentro de Centroamérica, una región que históricamente Estados Unidos ha considerado de enorme importancia para su seguridad.
Y aquí aparece el elemento que vuelve todavía más interesante el escenario: China. Mientras Moscú estrecha sus vínculos militares con Managua, Beijing ha avanzado mediante comercio, inversiones, infraestructura y financiamiento. No es la misma estrategia, pero el resultado puede ser complementario. China no necesita desplegar tropas para aumentar su influencia; le basta con convertirse en un socio económico indispensable. Rusia, por su parte, puede ofrecer otro tipo de respaldo. Y Ortega obtiene algo que para un gobierno cada vez más aislado resulta fundamental: alternativas frente a las presiones de Washington y de los organismos internacionales. Esa combinación explica por qué Nicaragua puede resistir presiones que, en otro momento, quizá hubieran sido suficientes para poner contra las cuerdas a su gobierno.
El problema es que Estados Unidos también lo está viendo. Washington ha endurecido su discurso hacia el régimen de Ortega y Murillo y ha dejado claro que observa con preocupación sus relaciones con Rusia, China e Irán. La administración de Donald Trump está recuperando una visión mucho más agresiva de la política hemisférica y parece dispuesta a disputar nuevamente espacios de influencia que durante años dejó crecer a sus competidores. La diferencia es que ahora ya no estamos en el mundo unipolar de los años noventa, cuando Estados Unidos podía actuar prácticamente sin contrapesos.
Hoy Rusia busca recuperar posiciones, China tiene una capacidad económica extraordinaria y varios gobiernos latinoamericanos están dispuestos a relacionarse con esas potencias sin pedir permiso a Washington.
Por eso Nicaragua resulta tan importante. No por su tamaño, ni por su economía, ni por su capacidad militar, sino por su ubicación. Está en Centroamérica, tiene salida al Caribe y se encuentra relativamente cerca del territorio estadounidense. Además, está en una zona que durante décadas fue considerada prácticamente exclusiva dentro de la esfera de influencia norteamericana. Que Rusia pueda establecer una relación militar y de seguridad cada vez más estrecha con Managua mientras China amplía su presencia económica significa que el viejo mapa de influencias en América Latina está cambiando. Y sería un error pensar que se trata de una circunstancia aislada.
Costa Rica ya ha expresado preocupación por la presencia de personal militar ruso en Nicaragua. Para San José, que construyó buena parte de su identidad internacional alrededor de la paz, la democracia y la ausencia de ejército, resulta especialmente incómodo tener al lado a un gobierno que profundiza sus vínculos militares con Moscú. Pero Costa Rica no es el único país que debería estar mirando con atención. México también tendría que hacerlo. Y no porque México deba tomar partido por Estados Unidos o enfrentarse a Rusia y China, sino porque nuestra posición geográfica y nuestra relación económica con Washington nos colocan inevitablemente en medio de cualquier reconfiguración importante del poder en el continente.
Aquí está una de las grandes contradicciones de la política latinoamericana. Durante décadas hemos reclamado que Estados Unidos no interfiera en los asuntos internos de nuestros países y hemos defendido, con razón, el principio de soberanía. Pero la soberanía tampoco puede convertirse en una palabra mágica utilizada para justificar cualquier alianza o para impedir que la comunidad internacional observe cuando un gobierno entrega espacios estratégicos a potencias extranjeras. Una cosa es defender la independencia de una nación y otra muy diferente aceptar que un gobierno convierta esa independencia en una plataforma para los intereses militares, económicos o geopolíticos de terceros.
Tampoco sería correcto caer en el extremo contrario y aceptar que Estados Unidos vuelva a considerar a América Latina como su patio trasero. Ese es precisamente el peligro. Si Washington responde a la presencia rusa y china intentando recuperar el control político de la región mediante presiones, sanciones o amenazas, América Latina puede quedar atrapada otra vez en una disputa que no le pertenece. Y si los gobiernos latinoamericanos responden buscando protección en Moscú o Beijing, el resultado será exactamente el mismo: nuestro continente convertido en escenario de una competencia ajena.
La historia debería servirnos de advertencia. Durante la Guerra Fría, América Latina fue uno de los campos de batalla de la confrontación entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Hubo dictaduras respaldadas por Washington, movimientos revolucionarios apoyados por Moscú, guerras civiles, golpes de Estado y sociedades enteras divididas. Nicaragua fue, precisamente, uno de los escenarios centrales de aquella confrontación. Resulta paradójico que, varias décadas después, el mismo país vuelva a ocupar una posición estratégica en una nueva disputa entre grandes potencias, aunque ahora las reglas sean diferentes y la confrontación no necesariamente tenga que pasar por las armas.
Porque hoy una potencia puede ganar influencia construyendo una carretera, financiando una obra, instalando infraestructura tecnológica, ofreciendo cooperación militar o convirtiéndose en socio comercial. Esa es quizá la parte más sofisticada de la nueva batalla geopolítica. Ya no siempre se necesita invadir un país para tener influencia sobre él. Basta con conseguir que sus decisiones estratégicas comiencen a depender de ti.
Ortega parece haber entendido perfectamente esa lógica. Mientras su gobierno se aleja de Occidente, estrecha relaciones con quienes pueden ofrecerle respaldo político, económico y militar. Para él, la rivalidad entre Washington, Moscú y Beijing no necesariamente es una amenaza; puede ser una oportunidad para garantizar la supervivencia de su régimen. Y esa es precisamente la razón por la que Nicaragua debería importar mucho más de lo que ha importado hasta ahora en las conversaciones internacionales.
El verdadero debate, entonces, no debería reducirse a si Ortega es o no un dictador. Eso está suficientemente documentado y discutirlo a estas alturas resulta casi una pérdida de tiempo. La pregunta más importante es qué significa que una potencia como Rusia fortalezca su presencia militar y política en Centroamérica mientras China consolida posiciones económicas y Estados Unidos vuelve a mirar hacia la región con una actitud mucho más confrontativa. La pregunta es qué ocurrirá cuando esas tres estrategias comiencen a chocar.
América Latina no debería tener que escoger entre Washington, Moscú y Beijing. Necesita defender sus propios intereses y construir una política exterior suficientemente madura para relacionarse con todos sin convertirse en subordinada de ninguno. El problema es que para eso tendría que dejar atrás la vieja costumbre de dividirse ideológicamente entre buenos y malos, entre izquierda y derecha, entre antiestadounidenses y proestadounidenses. El mundo que viene será demasiado complejo para esas etiquetas.
Nicaragua ya está jugando su partida. Ortega encontró en la rivalidad entre las grandes potencias una manera de fortalecer su posición y garantizar aliados para resistir las presiones internacionales. Rusia encontró un punto de apoyo en Centroamérica. China encontró un espacio para ampliar su influencia económica. Estados Unidos encontró una razón para regresar con mayor fuerza a una región que durante años dejó de mirar con la atención de otros tiempos. Lo que falta saber es qué harán los demás países latinoamericanos.
Porque si algo debería preocuparnos no es que Nicaragua tenga amigos poderosos. Lo verdaderamente preocupante sería que América Latina vuelva a convertirse en el tablero donde las grandes potencias juegan su partida, mientras nosotros nos limitamos a observar desde las orillas.
Y esta vez no deberíamos permitirlo.
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