Durante décadas nos acostumbramos a escuchar que la globalización había convertido al mundo en una gran aldea. Las mercancías cruzaban fronteras, las empresas producían en distintos países, los consumidores compraban cada vez más barato y los gobiernos hablaban de libre comercio como si fuera una especie de ley natural que nadie podría detener. Hoy esa idea está en retirada. El mundo ya no se está organizando alrededor de la pregunta de quién puede producir mejor, sino de quién puede imponer mejores condiciones. Y Donald Trump ha entendido antes que muchos que los aranceles pueden convertirse en una de las armas políticas más poderosas de este nuevo escenario.
Lo preocupante no es solamente que Estados Unidos esté imponiendo tarifas a sus competidores. Lo verdaderamente importante es que la lógica de los aranceles comienza a convertirse en la nueva normalidad del comercio internacional. Canadá acaba de recibir un golpe particularmente fuerte, después de que Washington impusiera aranceles de hasta 50 por ciento a determinados productos y, tras el fracaso de las negociaciones, Trump amenazara incluso con llevar al mismo nivel los gravámenes sobre automóviles, camiones y autopartes canadienses. Lo que hace unos años habría parecido impensable entre dos de los principales socios comerciales de América del Norte hoy forma parte de la rutina. El mensaje es claro: incluso los aliados pueden convertirse en objetivos comerciales cuando la Casa Blanca considera que no están jugando bajo sus reglas.
Y eso cambia completamente la relación entre los países. Antes, un tratado comercial buscaba ofrecer certidumbre. Una empresa podía invertir, abrir una fábrica, contratar trabajadores y hacer planes a diez o quince años porque existían reglas relativamente claras sobre el acceso a los mercados. Ahora una buena parte de esa certeza está desapareciendo. Un presidente puede anunciar una tarifa por una disputa política, modificarla por una negociación, aumentarla si el otro gobierno responde, reducirla si consigue una concesión y volver a amenazar con elevarla cuando considere que el acuerdo no es suficiente. El comercio deja de ser entonces un sistema de reglas y se convierte en una negociación permanente.
Trump no oculta esa intención. Para él, el déficit comercial estadounidense es una muestra de que otros países se han aprovechado de Estados Unidos durante demasiado tiempo. Su respuesta es utilizar el tamaño del mercado estadounidense como palanca para obligar a los demás a ceder. Y hay que reconocer que la estrategia tiene cierta lógica: Estados Unidos sigue siendo uno de los mercados de consumo más importantes del planeta y perder acceso a él puede resultar demasiado costoso para cualquier economía. El problema es que el arma que funciona contra un país también puede terminar dañando a quien la utiliza.
Porque los aranceles no los paga mágicamente el gobierno extranjero. Una parte importante del costo termina trasladándose a empresas y consumidores. Cuando una empresa estadounidense importa un componente más caro, alguien termina pagando esa diferencia. Puede ser el fabricante, puede ser el distribuidor o puede ser el consumidor. Y cuando la cadena productiva atraviesa varios países, el efecto se multiplica. Un automóvil, por ejemplo, puede tener piezas fabricadas en Canadá, Estados Unidos, México, China y otros países antes de llegar al consumidor. Poner una barrera en uno de esos puntos no necesariamente fortalece a la industria; puede encarecer todo el producto.
Ahí está la gran contradicción de la política comercial de Trump. Quiere que Estados Unidos vuelva a fabricar más, pero al mismo tiempo está encareciendo algunas de las materias primas, piezas y componentes que necesita la industria estadounidense. Quiere proteger empleos, pero una empresa que enfrenta costos mayores puede terminar contratando menos. Quiere reducir la dependencia de otros países, pero para lograrlo necesita reconstruir cadenas productivas que tardaron décadas en trasladarse al exterior. Y quiere que los consumidores estadounidenses compren productos fabricados en su país, aunque muchos de esos productos serán necesariamente más caros.
Sin embargo, Trump no está solo en esta transformación. China también está jugando el mismo juego, aunque con una estrategia diferente. Mientras Washington utiliza aranceles para cerrar parcialmente su mercado, Pekín continúa colocando enormes cantidades de productos en el exterior. La producción china ha crecido a una escala que supera la capacidad de absorción de su propio mercado interno y eso está provocando que sus exportaciones aumenten con fuerza. Europa ya comenzó a sentir lo que algunos llaman el nuevo “China shock”, particularmente en sectores como automóviles eléctricos, acero, tecnología y manufacturas. El continente empieza a preguntarse si puede defender su industria sin terminar haciendo exactamente lo que Trump lleva años haciendo: levantar barreras.
Y ahí aparece una ironía enorme. Trump quiso cambiar las reglas del comercio internacional y ahora Europa comienza a descubrir que quizá no puede quedarse al margen. Si las empresas chinas pueden vender productos más baratos gracias a su enorme capacidad industrial, sus subsidios y sus cadenas de suministro, los fabricantes europeos quedan atrapados entre dos opciones igualmente complicadas: permitir que sus industrias pierdan competitividad o imponer restricciones que encarezcan los productos y puedan provocar represalias de China. Lo que estamos viendo, por tanto, no es solamente una guerra comercial entre Estados Unidos y China. Es una transformación del sistema económico mundial.
Cada país comienza a preguntarse qué debe proteger y de quién debe depender. Los minerales críticos se convierten en instrumentos de poder. Las baterías dejan de ser solamente componentes de automóviles y pasan a ser activos estratégicos. Los semiconductores se vuelven asuntos de seguridad nacional. Los alimentos, la energía, los medicamentos y hasta las tecnologías digitales comienzan a verse bajo una nueva lógica: la de no depender demasiado de un solo proveedor. La globalización no desaparece, pero cambia de naturaleza. Ya no se trata de producir donde sea más barato. Ahora también importa producir donde sea más seguro.
Y México está justo en medio de esa transformación.
Nuestro país tiene una posición privilegiada, pero también peligrosa. El Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá nos coloca dentro de una de las cadenas productivas más importantes del mundo y la cercanía con Estados Unidos ha convertido a México en uno de los principales beneficiarios del reacomodo industrial. Empresas que antes producían en Asia buscan acercarse al mercado estadounidense y nuestro territorio tiene todo para convertirse en uno de los grandes centros manufactureros de esta nueva etapa. Pero depender demasiado de una sola economía también tiene riesgos. La misma Casa Blanca que puede abrir oportunidades para México puede modificar las condiciones comerciales de un día para otro.
La lección canadiense debería ser suficiente para entenderlo.
Canadá es uno de los aliados más cercanos de Estados Unidos, comparte una frontera de miles de kilómetros, forma parte del mismo acuerdo comercial y tiene una de las economías más integradas con la estadounidense. Y aun así, las diferencias políticas y comerciales terminaron llevando a Washington a imponer nuevos aranceles y a Ottawa a preparar represalias. Si eso puede ocurrir entre Estados Unidos y Canadá, México no puede pensar que su relación con Washington está garantizada solamente porque ambos países se necesitan.
México necesita negociar, sí, pero también necesita prepararse.
Eso significa fortalecer proveedores nacionales, diversificar mercados, invertir en infraestructura, desarrollar tecnología propia y dejar de pensar que nuestra ventaja competitiva puede descansar eternamente en tener una mano de obra más barata que otros países. La verdadera oportunidad del nearshoring no está en ser la fábrica barata de Estados Unidos, sino en convertirnos en una potencia manufacturera capaz de generar tecnología, conocimiento y valor agregado.
Porque si algo está demostrando esta nueva guerra comercial es que depender demasiado de otros tiene un precio.
El viejo mundo decía que la interdependencia económica hacía menos probable una guerra. El nuevo mundo está descubriendo que esa misma interdependencia puede convertirse en un arma. Quien controla un puerto puede presionar. Quien controla un mineral puede negociar. Quien controla una tecnología puede imponer condiciones. Quien controla un mercado puede decidir quién entra y quién queda fuera.
Ese es el mundo que está naciendo frente a nuestros ojos.
Y quizá Trump no sea el único responsable, pero sí es uno de sus principales arquitectos. Con cada arancel, cada amenaza y cada negociación convertida en pulso político, está ayudando a desmontar la vieja idea de que el comercio internacional debía regirse principalmente por reglas compartidas. En su lugar aparece una lógica mucho más antigua: el más fuerte negocia desde la fuerza y los demás intentan adaptarse.
El problema es que cuando todos empiezan a jugar bajo esa lógica, nadie queda realmente a salvo.
Hoy son Canadá y China. Mañana puede ser Europa. Después puede ser México. Y cuando todos hayan levantado sus propias murallas, quizá descubramos que el mundo que prometía productos más baratos, mercados abiertos y crecimiento compartido quedó atrapado detrás de una enorme colección de aranceles.
La globalización no murió. Pero está cambiando de dueño. Y mientras los países levantan barreras para protegerse, la gran pregunta es quién terminará pagando por ellas.
Probablemente, como casi siempre, no serán los gobiernos.
Serán los ciudadanos.
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