Durante décadas, Europa vivió bajo una certeza que parecía inamovible: si algo grave ocurría, Estados Unidos estaría ahí. Podía haber diferencias políticas, disputas comerciales o desacuerdos entre gobiernos, pero cuando se trataba de seguridad, Washington era el último respaldo. La OTAN era mucho más que una alianza militar; era también una especie de seguro político para un continente que había aprendido, después de dos guerras mundiales, que su propia seguridad no podía darse por sentada. El problema es que ese mundo está cambiando y Europa empieza a descubrir que quizá el seguro ya no cubre todo lo que creía.
La administración de Donald Trump está obligando a los europeos a hacerse una pregunta que durante mucho tiempo prefirieron evitar: ¿qué pasaría si Estados Unidos deja de estar dispuesto a defender a Europa como antes? No es una hipótesis completamente descabellada. Washington mantiene una revisión de seis meses sobre el despliegue de sus tropas en Europa y está presionando para que los países europeos asuman una responsabilidad mucho mayor sobre la defensa del continente. Funcionarios europeos se preparan incluso para discutir con el Pentágono el futuro de la presencia militar estadounidense, mientras crece la incertidumbre sobre cuáles serán las decisiones finales de la Casa Blanca. Y cuando la incertidumbre llega a una alianza militar, el problema ya no es solamente político: se convierte en estratégico.
Trump ha repetido durante años que Europa se aprovechó demasiado tiempo del paraguas militar estadounidense. Su argumento tiene una parte difícil de negar: Estados Unidos ha cargado durante décadas con una proporción enorme de los costos de seguridad occidental mientras algunos países europeos destinaban mucho menos a defensa. Ahora Europa está gastando más y los gobiernos europeos han comenzado a aumentar sus presupuestos militares, en buena medida porque ya no pueden asumir que Washington seguirá resolviendo todos sus problemas. Pero una cosa es que Europa tenga que gastar más y otra muy distinta es que tenga que prepararse para vivir sin Estados Unidos. Esa diferencia puede terminar redefiniendo al continente.
Porque Europa no está simplemente aumentando su gasto militar. Está empezando a discutir algo mucho más profundo: autonomía estratégica. Es una expresión que durante años sonó a discurso burocrático de Bruselas, una de esas frases que aparecen en documentos oficiales y conferencias internacionales pero que pocas personas toman realmente en serio. Hoy ya no suena tan abstracta. Si Washington puede modificar su política exterior de una administración a otra, retirar tropas, cambiar prioridades, presionar a sus aliados o decidir que Europa debe hacerse cargo de su propia defensa, entonces depender completamente de Estados Unidos deja de ser una estrategia prudente y comienza a parecer una vulnerabilidad.
La paradoja es que Europa no necesariamente quiere romper con Estados Unidos. Tampoco puede hacerlo de la noche a la mañana. Necesita la inteligencia, la tecnología, la capacidad militar, los sistemas de defensa y la experiencia estadounidense. La OTAN sigue siendo fundamental y la amenaza rusa no ha desaparecido. De hecho, los recientes incidentes con drones y violaciones del espacio aéreo de países miembros han recordado a los europeos que el peligro está mucho más cerca de lo que algunos quisieran reconocer. Pero precisamente por eso el debate está cambiando. Europa no quiere abandonar la alianza; quiere dejar de depender de ella para absolutamente todo.
Y aquí aparece uno de los grandes efectos inesperados del trumpismo. Trump quería que los europeos pagaran más por su defensa y, en cierta medida, lo está consiguiendo. Pero también podría estar provocando algo que ningún presidente estadounidense desearía: que Europa empiece a construir una capacidad militar y política que le permita decirle que no a Washington. El propio comportamiento de algunos gobiernos europeos durante las crisis recientes demuestra que la relación ya no funciona como antes. La afinidad ideológica dejó de ser suficiente cuando los intereses nacionales comenzaron a entrar en conflicto con las decisiones de la Casa Blanca.
El caso de Italia y Giorgia Meloni es particularmente ilustrativo. Meloni fue durante mucho tiempo una de las dirigentes europeas más cercanas a Trump y una figura muy apreciada por el movimiento MAGA. Sin embargo, cuando los intereses italianos chocaron con la estrategia estadounidense, la cercanía ideológica dejó de ser suficiente. La primera ministra italiana se negó a respaldar determinadas acciones estadounidenses relacionadas con el conflicto en Medio Oriente y terminó comprobando que ser considerada una aliada de Trump no significa necesariamente estar de acuerdo con Trump. Esa es quizá una de las lecciones que Europa está aprendiendo: las relaciones internacionales no se construyen solamente sobre simpatías personales, sino sobre intereses nacionales.
Y mientras Europa comienza a mirar hacia sí misma, Rusia observa con atención. Para Moscú, cualquier fractura dentro de la alianza occidental representa una oportunidad. Vladimir Putin no necesita necesariamente derrotar militarmente a la OTAN para debilitarla. Le basta con conseguir que sus miembros comiencen a desconfiar unos de otros, que algunos gobiernos consideren demasiado costosa la confrontación y que otros cuestionen si Estados Unidos realmente acudirá en su defensa. Una alianza militar vive de sus armas, sí, pero también de la certeza de que sus miembros cumplirán sus compromisos cuando llegue el momento difícil.
Por eso el asunto es mucho más delicado de lo que parece. Si Europa interpreta las señales de Washington como una invitación a hacerse más fuerte, podría ser positivo para todos. Un continente capaz de defenderse mejor sería un aliado más útil para Estados Unidos y un obstáculo mayor para Rusia. Pero si el proceso termina convirtiéndose en una ruptura gradual entre ambos lados del Atlántico, entonces la historia sería completamente diferente. Estados Unidos perdería influencia sobre Europa, Europa perdería parte de la protección estadounidense y Rusia y China encontrarían un espacio mucho mayor para ampliar su influencia.
La gran pregunta es si Europa tiene la voluntad política para dar ese salto. Porque aumentar el gasto militar es relativamente sencillo cuando existe una amenaza evidente. Lo complicado es construir una industria de defensa europea, coordinar ejércitos que pertenecen a distintos países, desarrollar sistemas propios de inteligencia y defensa, reducir dependencias tecnológicas y energéticas y, sobre todo, ponerse de acuerdo sobre cuándo y cómo utilizar la fuerza. Europa tiene dinero, talento, tecnología y una población enorme. Lo que históricamente le ha faltado es una verdadera cultura estratégica común.
Y quizá Trump, sin proponérselo, esté obligando a Europa a construirla.
El mundo que nació después de la Segunda Guerra Mundial estuvo diseñado alrededor de una premisa muy clara: Estados Unidos sería el gran garante del orden occidental. Europa podía concentrarse en reconstruirse, integrarse económicamente y desarrollar su Estado de bienestar porque detrás estaba la potencia estadounidense. Esa fórmula funcionó durante décadas. Incluso después de la caída de la Unión Soviética, cuando muchos pensaron que la historia había terminado y que las grandes amenazas habían desaparecido, la estructura permaneció. Pero ahora hay demasiadas señales de que esa etapa se está agotando.
Europa ya no puede vivir como si el mundo siguiera siendo el de 1995. Rusia está dispuesta a desafiar el orden continental. China se ha convertido en una potencia económica y tecnológica capaz de competir con Estados Unidos. Washington tiene prioridades crecientes en Asia y una política exterior mucho más transaccional. Y dentro de Estados Unidos existe una parte importante de la sociedad que ya no quiere pagar indefinidamente por la seguridad de otros países.
Europa tendrá que responder.
No necesariamente alejándose de Estados Unidos, sino aprendiendo a caminar sin necesitar que Washington le sostenga la mano en cada crisis. Y eso puede ser una buena noticia. Una Europa más fuerte, más unida y con mayor capacidad de defensa no tendría por qué ser enemiga de Estados Unidos. Podría convertirse en un socio más equilibrado.
El problema es que para conseguirlo tendrá que dejar atrás una comodidad que duró demasiado tiempo.
Porque depender de otro país para defenderte puede ser barato mientras todo funciona.
Hasta que un día descubres que quien paga la factura también puede decidir cuándo deja de hacerlo.
Y quizá esa sea la verdadera transformación que está provocando Trump. No está expulsando a Europa de la órbita estadounidense. Está obligándola a preguntarse cuánto tiempo más quiere permanecer en ella.
Europa no necesariamente quiere divorciarse de Estados Unidos.
Pero por primera vez en mucho tiempo parece estar aprendiendo a vivir sin pedirle permiso.
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