América Latina no se volvió de derecha. Se hartó de la izquierda que prometió demasiado, resolvió poco y terminó creyendo que bastaba con culpar al pasado para explicar el presente. Pero tampoco se ha vuelto trumpista, y ahí está el detalle que muchos en Washington parecen no entender. El continente está cambiando de gobierno, no entregando su soberanía.
La llegada de Abelardo De La Espriella a la presidencia de Colombia confirma una tendencia que ya se observa, con matices distintos, en Argentina, Chile, Ecuador, Bolivia, Perú y Panamá. El ciudadano latinoamericano está girando hacia opciones que prometen orden, seguridad, disciplina fiscal, inversión y una ofensiva más contundente contra el crimen. No porque de pronto haya descubierto las virtudes eternas de la derecha, sino porque está cansado de que los gobiernos le expliquen por qué no pueden resolver aquello para lo que fueron elegidos.
Ese es el dato que deberían leer con mayor atención quienes celebran demasiado pronto la supuesta “ola conservadora”.
El elector latinoamericano no es fiel. Y eso, aunque resulte incómodo para los políticos, es una virtud democrática. Hace unos años se hablaba de la “marea rosa” como si el continente hubiera abrazado definitivamente a la izquierda. Hoy algunos anuncian una revolución conservadora como si las sociedades hubieran cambiado de religión política.
Ni una cosa ni la otra.
El latinoamericano vota con el bolsillo, con el miedo y con el hartazgo. Quiere trabajo, seguridad, servicios públicos, oportunidades y un gobierno que deje de pedirle paciencia mientras los problemas se acumulan. Puede votar por la izquierda si siente que la derecha fracasó y puede votar por la derecha si la izquierda lo decepcionó. No necesita permiso de los ideólogos para cambiar de opinión.
Colombia es el ejemplo perfecto.
Gustavo Petro llegó al poder como símbolo de una ruptura histórica. Prometió transformar el modelo económico, avanzar en reformas profundas y alcanzar la paz mediante negociaciones con grupos armados. Pero el discurso no fue suficiente para resolver la inseguridad, las dificultades fiscales, las disputas institucionales y el desencanto de una parte importante de la sociedad.
Entonces llegó la reacción.
De La Espriella ofreció exactamente lo que una parte del electorado estaba buscando: autoridad, reducción del Estado, austeridad, recuperación del sector energético y una política de mayor confrontación contra las organizaciones criminales.
¿Es eso necesariamente malo?
Por supuesto que no.
El Estado tiene que recuperar el territorio que ha perdido frente al crimen. Un gobierno que no puede garantizar que un comerciante abra su negocio sin pagar extorsión, que una familia viaje sin temor o que una comunidad viva sin estar sometida a una organización criminal está incumpliendo una de sus responsabilidades esenciales.
La seguridad no es de izquierda ni de derecha.
Lo que sí sería peligroso es convertir el reclamo de seguridad en licencia para el abuso.
Ahí estará el examen de la nueva derecha. Porque si después de tantos años de criticar los excesos de la izquierda termina gobernando sin contrapesos, persiguiendo adversarios, debilitando instituciones o confundiendo autoridad con autoritarismo, descubrirá que el voto de castigo también funciona en sentido contrario.
La mano dura vende bien en campaña. Gobernar con inteligencia es mucho más complicado.
Derrotar al crimen organizado no consiste en llenar fotografías con soldados, vehículos blindados y detenidos. Requiere inteligencia, investigación financiera, policías profesionales, jueces independientes, ministerios públicos eficaces y presencia permanente del Estado en los territorios abandonados. Lo demás puede ser espectáculo.
Y América Latina ya está cansada de los espectáculos.
Lo mismo vale para Javier Milei en Argentina, para el giro conservador chileno, para la política de seguridad en Ecuador y para los cambios de orientación en Bolivia y Perú. Cada país tiene su propia historia, pero todos comparten una fatiga: la gente ya no quiere escuchar explicaciones. Quiere resultados.
La izquierda debería entenderlo antes de seguir calificando de reaccionario a todo aquel que vota distinto.
No basta hablar de justicia social si no hay crecimiento. No basta hablar de derechos humanos mientras las organizaciones criminales controlan comunidades. No basta prometer igualdad cuando millones continúan sin oportunidades. Y después de varios años en el gobierno, responsabilizar exclusivamente a administraciones anteriores deja de ser una explicación y se convierte en una coartada.
Pero cuidado con la derecha.
Que los ciudadanos estén cansados de la izquierda no significa que estén enamorados de la derecha. Están otorgándole una oportunidad.
Y las oportunidades también se pierden.
El ciudadano que hoy exige mano dura puede mañana exigir límites a esa mano. El que reclama menos burocracia puede protestar si descubre que detrás de la reducción del Estado desaparecieron servicios indispensables. El que quiere crecimiento puede rebelarse si la prosperidad sólo llega a unos cuantos.
El péndulo no tiene dueño.
Y entonces aparece Trump.
El presidente estadounidense observa con evidente interés este nuevo mapa político. Gobiernos latinoamericanos más conservadores pueden significar aliados más cómodos para Washington en seguridad, migración, comercio y contención de China. Desde esa perspectiva, el cambio regional representa una oportunidad.
Pero una oportunidad para cooperar no es una autorización para mandar.
Estados Unidos es un socio indispensable para América Latina. Nadie sensato debería plantear lo contrario. Hay intereses compartidos en comercio, inversión, seguridad, tecnología, migración y combate al crimen organizado. México, particularmente, necesita una relación inteligente y pragmática con Washington.
Pero una relación inteligente no es una relación de subordinación.
Trump tiene una manera muy particular de entender la política exterior. Le gustan las relaciones transaccionales: si me das algo, te doy algo; si no coincides conmigo, te presiono. Aranceles, sanciones, amenazas diplomáticas y restricciones pueden convertirse en herramientas de negociación.
El problema es que los países latinoamericanos no son sucursales de la Casa Blanca.
Un gobierno puede coincidir con Trump en la lucha contra el narcotráfico y discrepar de él en migración. Puede cooperar con Estados Unidos en seguridad y comerciar con China. Puede aceptar inversiones estadounidenses y negociar simultáneamente con Europa, India o Asia.
Eso no es traición.
Eso es política exterior.
La historia latinoamericana debería impedir que volvamos a caer en la vieja tentación de considerar al continente como patio trasero de Washington. La Doctrina Monroe, las intervenciones, los golpes apoyados desde Estados Unidos y las presiones económicas dejaron demasiadas cicatrices como para aceptar sin reservas una nueva versión de la misma lógica.
Ahora puede llamarse seguridad hemisférica.
Puede llamarse lucha contra el crimen.
Puede llamarse contención de China.
El nombre importa menos que la intención.
Estados Unidos tiene derecho a defender sus intereses. América Latina también.
Y aquí aparece una paradoja que deberían entender tanto la izquierda como la derecha.
Durante años, sectores de la izquierda latinoamericana confundieron soberanía con acercamiento automático a Cuba, Venezuela, Rusia o China. Ahora algunos sectores de la derecha corren el riesgo de cometer exactamente el mismo error, pero mirando hacia Washington.
Cambiar de amo no es ejercer soberanía.
La izquierda no debe entregar América Latina a Pekín, La Habana o Caracas.
La derecha tampoco debe entregársela a Trump.
Colombia será una prueba importante. De La Espriella tendrá que demostrar que puede recuperar la seguridad sin destruir las libertades; reducir burocracia sin desmantelar instituciones; atraer inversión sin abandonar obligaciones sociales y combatir al crimen sin convertir la fuerza del Estado en herramienta de persecución política.
Si lo consigue, habrá demostrado que el giro hacia la derecha tenía fundamentos.
Si fracasa, el péndulo volverá a moverse.
Porque esa es la parte que los políticos suelen olvidar cuando ganan: el ciudadano que los llevó al poder es exactamente el mismo que puede sacarlos de él.
América Latina no necesita otra religión política. Necesita gobiernos que funcionen.
Que gobierne la izquierda cuando sepa hacerlo.
Que gobierne la derecha cuando demuestre que puede hacerlo mejor.
Y que pierda cualquiera de las dos cuando deje de hacerlo.
Eso es democracia.
Trump puede encontrar aliados en América Latina. Puede construir acuerdos, fortalecer la cooperación y defender intereses comunes. Lo que no puede hacer es interpretar la coincidencia ideológica como una autorización para decidir por los demás.
El continente está cambiando de rumbo, sí.
Pero no está cambiando de dueño.
Y quizá esa sea la verdadera lección de este nuevo giro latinoamericano: los ciudadanos ya no están buscando una ideología a la cual obedecer. Están buscando gobiernos que respondan.
El péndulo no se mueve hacia Trump.
Se mueve contra quien no cumple.
Y cuando llegue el momento, no tendrá ninguna consideración con quien hoy se siente dueño del poder.
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