Bastó una muerte en Siberia para que una palabra que parecía pertenecer a los libros de historia volviera a recorrer el mundo: peste.
Una investigadora de 28 años del Instituto de Investigación Antipeste de Irkutsk murió el pasado 2 de octubre después de desarrollar una neumonía cuyo origen no ha sido determinado públicamente. Trabajaba precisamente en una institución dedicada al estudio y vigilancia de enfermedades particularmente peligrosas, entre ellas la peste. Alrededor de 200 personas que tuvieron contacto con ella fueron colocadas bajo observación o aislamiento y las autoridades sanitarias rusas comenzaron una investigación.
Hasta ahora no existe confirmación oficial de que la mujer haya muerto de peste neumónica. Tampoco hay evidencia de transmisión sostenida entre personas y los organismos internacionales consideran bajo el riesgo sanitario. Es importante decirlo desde el principio porque entre una investigación epidemiológica y una epidemia existe una distancia enorme.
Pero algo ocurrió.
En cuestión de horas comenzaron las preguntas, aparecieron versiones sobre un posible accidente de laboratorio, los medios internacionales voltearon hacia Siberia y la Organización Mundial de la Salud solicitó información. Estados Unidos también comenzó a seguir el caso.
¿Por qué tanta atención alrededor de una muerte?
La respuesta está parcialmente en la enfermedad y mucho más en nuestra memoria reciente.
La peste ocupa un lugar especial entre los grandes temores de la humanidad. Durante siglos fue sinónimo de muerte masiva. La llamada Peste Negra devastó Europa en el siglo XIV y quedó instalada en el imaginario colectivo como una de las peores catástrofes sanitarias de la historia. La sola palabra conserva una capacidad de intimidación que pocas enfermedades tienen.
Pero aquella peste y la medicina del siglo XXI pertenecen a mundos completamente distintos.
Hoy sabemos que la enfermedad es provocada por la bacteria Yersinia pestis. Sabemos cómo se transmite, sabemos dónde existen reservorios animales y, sobre todo, disponemos de antibióticos capaces de tratarla cuando es identificada oportunamente. La peste tampoco desapareció. Continúa registrándose de manera esporádica en distintas regiones del planeta sin provocar las devastaciones de siglos anteriores.
La variante neumónica, sin embargo, merece particular atención porque puede transmitirse entre personas mediante partículas respiratorias cuando existe contacto cercano y porque puede evolucionar rápidamente si no recibe tratamiento. Eso explica la cautela alrededor del caso ruso.
No explica todo lo demás.
La verdadera razón por la que una muerte ocurrida a miles de kilómetros volvió a despertar preocupación internacional tiene una fecha mucho más reciente: 2020.
El COVID cambió nuestra relación con las enfermedades infecciosas. Antes de aquella pandemia, hablar de un virus desconocido detectado en una ciudad distante parecía para buena parte de la población una noticia científica, quizá interesante, pero lejana. Después vimos cómo un problema sanitario aparentemente localizado podía cerrar fronteras, paralizar aeropuertos, vaciar ciudades, hundir economías, modificar elecciones y alterar durante años la vida de miles de millones de personas.
Ya sabemos que puede ocurrir.
Y una vez que una sociedad aprende ese miedo, difícilmente lo olvida.
Por eso lo sucedido en Rusia plantea un problema que va más allá de determinar qué bacteria o virus provocó la muerte de una investigadora. También pone sobre la mesa algo que durante la pandemia resultó decisivo: la confianza.
Cuando ocurre un incidente sanitario potencialmente grave, la información se convierte en una herramienta de salud pública. Los gobiernos necesitan actuar rápido, pero también explicar rápido. Qué ocurrió. Qué se sabe. Qué todavía se desconoce. Cuántas personas estuvieron expuestas. Qué medidas se están tomando y, quizá lo más importante, qué evidencia existe para descartar escenarios más graves.
Los vacíos informativos nunca permanecen vacíos demasiado tiempo.
Si las autoridades no explican, alguien más lo hará. Las redes sociales pueden transformar una sospecha en certeza en cuestión de minutos. Una fotografía sin contexto, un mensaje anónimo o una versión imposible de verificar pueden viajar más rápido que cualquier comunicado oficial.
Lo vimos durante el COVID hasta el cansancio.
Rusia enfrenta además un problema adicional. La guerra en Ucrania, la confrontación con Occidente y años de desinformación procedente de distintos actores han deteriorado profundamente la confianza internacional. Eso significa que cualquier incidente ocurrido dentro de una institución rusa sensible inevitablemente será observado con sospecha.
Sería irresponsable concluir, sin pruebas, que Moscú está ocultando un brote. Pero también sería equivocado pedir al mundo que simplemente confíe.
La confianza no se exige. Se construye con transparencia.
Y cuando hablamos de laboratorios que trabajan con microorganismos peligrosos, esa transparencia debería ser todavía mayor. No porque los laboratorios sean necesariamente una amenaza, sino precisamente porque son indispensables. Allí se estudian enfermedades, se desarrollan métodos de diagnóstico, se vigilan brotes y se generan conocimientos que permiten detener epidemias antes de que comiencen.
El problema aparece cuando la ciencia queda atrapada entre la geopolítica y la desconfianza.
Después de la pandemia, cualquier incidente de laboratorio inevitablemente despierta preguntas que hace algunos años probablemente habrían permanecido dentro de círculos científicos. Algunas son legítimas. Otras se convierten rápidamente en teorías imposibles de comprobar. Separarlas exige información verificable, cooperación internacional y autoridades dispuestas a reconocer algo que los gobiernos suelen detestar: que todavía no saben exactamente qué ocurrió.
Decir “no sabemos” puede ser mucho más responsable que ofrecer certezas prematuras.
También conviene evitar el extremo contrario. El miedo vende. “La peste vuelve” produce más atención que “se investiga una muerte por neumonía de origen desconocido”. Sin embargo, entre ambas frases existe una diferencia gigantesca.
No estamos frente a una nueva Peste Negra. No hay evidencia de una epidemia internacional y mucho menos razones para hablar hoy de una nueva pandemia. Convertir cada alerta sanitaria en una profecía apocalíptica no protege a nadie. Al contrario, puede provocar que cuando aparezca una amenaza verdadera la población esté demasiado cansada de escuchar alarmas.
Ese fue también uno de los aprendizajes de 2020.
La seguridad sanitaria necesita equilibrio: ni ocultamiento ni histeria.
Quizá por eso el caso de Siberia resulta tan interesante. Puede terminar siendo exactamente lo que hasta ahora sostienen las autoridades: una muerte trágica por una neumonía cuyo origen deberá aclararse, sin mayores consecuencias para la población. O la investigación puede aportar información nueva que obligue a reforzar medidas. La ciencia tendrá que responderlo.
Mientras tanto, alrededor de una sola paciente ya apareció todo aquello que caracteriza al mundo posterior al COVID: vigilancia internacional, temor a los laboratorios, desconfianza entre potencias, rumores en redes sociales y millones de personas que descubren que todavía recuerdan demasiado bien cómo comienza una emergencia sanitaria.
Antes de 2020, una noticia como ésta probablemente habría pasado inadvertida fuera de los especialistas.
Hoy basta mencionar una enfermedad peligrosa en un laboratorio remoto para que medio mundo pregunte qué está ocurriendo.
Tal vez la peste no haya regresado.
Lo que nunca se fue fue el miedo.
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@salvadorcosio1
