El béisbol nunca había producido tanta información. Hoy sabemos la velocidad y rotación de cada lanzamiento, el ángulo y potencia de cada batazo, la probabilidad de que una pelota se convierta en hit, la velocidad del corredor y hasta la eficiencia de la ruta tomada por un jardinero. Esa revolución hizo mejor al juego porque permitió identificar tendencias, corregir prejuicios y entender aspectos que durante décadas dependieron casi exclusivamente de la intuición. Pero saber más no significa necesariamente decidir mejor.
La estadística es indispensable; convertirla en dogma resulta peligroso.
Los números ayudan a construir rosters, definir alineaciones, estudiar bateadores, preparar secuencias, colocar defensivas y administrar brazos. Permitieron comprender mejor el valor de embasarse, cuestionar sacrificios innecesarios, medir la defensa y encontrar jugadores que antes habrían sido ignorados. Rechazar todo eso sería una necedad. Sin embargo, otra cosa muy distinta es imaginar que cada decisión correcta ya está escrita en una computadora antes de comenzar el juego.
El dato expresa una tendencia; el partido presenta individuos y circunstancias.
Una estadística puede demostrar que los abridores suelen perder efectividad cuando enfrentan por tercera vez a una alineación, pero eso no significa que todos deban ser retirados automáticamente en ese momento. El ejemplo de Blake Snell durante la Serie Mundial de 2020 quedó como símbolo del debate: dominaba a los Dodgers y fue sustituido atendiendo, entre otras cosas, a esa lógica. Tampa Bay perdió la ventaja. Aquello no prueba que la estadística sea falsa; demuestra que una tendencia general necesita ser confrontada con lo que está ocurriendo esa noche.
El promedio no es el individuo.
Lo mismo ocurre con el número de pitcheos. Proteger los brazos es indispensable, pero cien lanzamientos no significan exactamente lo mismo para todos. Una entrada de doce pitcheos no produce el desgaste de otra de treinta con corredores, fouls y conteos completos. Deben considerarse edad, historial médico, mecánica, esfuerzo y condición del día. El número importa; la observación también.
Los matchups ofrecen otro ejemplo. Que un bateador tenga buenos números frente a determinado pitcher puede resultar útil, aunque una muestra de tres, cinco o diez turnos no siempre revela una verdad. Importa saber cuándo ocurrieron, qué lanzamientos recibió y cómo fue el contacto. Dos hits débiles pueden construir una estadística favorable; dos líneas atrapadas pueden producir una desfavorable aunque el bateador haya ejecutado perfectamente.
El contexto modifica el significado del número.
La defensa también fue transformada por la analítica. Los shifts demostraron que estudiar tendencias podía convertir muchos batazos aparentemente seguros en outs, pero funcionaron con tal eficacia que terminaron haciendo al juego más predecible y las Grandes Ligas decidieron limitarlos. Fue una paradoja interesante: la información no había fracasado, sino que había optimizado tanto una estrategia que la propia liga consideró necesario intervenir para proteger el espectáculo.
Ahí surge la cuestión central. El béisbol no ocurre en laboratorio. Cambia el viento, el umpire modifica la zona, el pitcher pierde sensibilidad, un bateador ajusta, un corredor acusa una molestia y un relevista puede calentar mal aunque todos sus indicadores previos sean excelentes. La información construye el plan; alguien debe reconocer cuándo el plan dejó de funcionar.
Por eso siguen siendo indispensables manager, coaches, catcher y jugadores. El modelo puede recomendar un slider, pero el receptor percibe si esa noche carece de profundidad. La computadora identifica un matchup favorable, aunque el coach advierta que el relevista no está ejecutando. El reporte dice que cierto corredor casi nunca roba, pero el coach de primera observa que el pitcher está tardando demasiado hacia el plato.
Esos elementos no compiten con la información: la completan.
Durante muchos años algunos hombres de béisbol rechazaron los números porque desafiaban sus costumbres. También era un error. La intuición puede estar contaminada por prejuicios, recuerdos selectivos y falsas certezas. Pero el extremo contrario resulta igualmente peligroso: pensar que todo puede anticiparse y convertir al manager en operador de instrucciones emitidas desde una oficina.
Contradecir siempre los datos sería ignorancia; obedecerlos siempre significaría renunciar a dirigir.
La mejor analítica no sustituye al ser humano, sino que le permite formular mejores preguntas. Y el buen hombre de béisbol no rechaza la evidencia: aprende a interpretarla. Un departamento de datos puede encontrar tendencias extraordinarias, pero coaches y jugadores deben convertirlas en instrucciones simples y ejecutables. Saturar al bateador de porcentajes puede perjudicarlo tanto como no darle ninguna información.
También conviene recordar que las estadísticas describen principalmente aquello que ya ocurrió. Pueden proyectar con enorme precisión, pero no garantizan el siguiente lanzamiento. El gran cerrador puede fallar, el bateador menos probable conectar el hit y el pitcher desconocido lanzar el partido de su vida. Ésa no es una deficiencia de la analítica: es la esencia del deporte.
La estadística prepara, previene y explica, pero alguien debe observar, interpretar y decidir. Los números pueden decirnos qué sucede la mayoría de las veces; el béisbol muchas veces se decide en aquello que ocurre una sola vez. Por eso el dato debe ocupar un lugar central, pero nunca jugar solo.
Opinionsalcosga23@gmail.com
@salvadorcosio1
