Hay un momento en la carrera de todo gran deportista que probablemente resulta más difícil que llegar a la cima o mantenerse ahí durante años: saber cuándo empieza el final y, sobre todo, decidir cómo quiere recorrerlo. El talento permite llegar, la disciplina ayuda a permanecer, pero para marcharse hace falta otra virtud: aceptar que el tiempo también juega y que llega un momento en que ya no se trata solamente de competir, sino de administrar el legado.
En el béisbol acabamos de ver varias versiones de esa historia. Justin Verlander encontró una despedida prácticamente perfecta. Todavía podía competir, todavía conservaba recta y dignidad deportiva, pero entendió que había llegado el momento. La escena con su hija Genevieve corriendo hacia el montículo, el abrazo, las lágrimas y el camino de regreso tomado de su mano terminaron mostrando algo mucho más importante que sus números: al hombre detrás del deportista. Y quizá ahí esté una de las claves de una gran despedida. El último partido no necesita demostrar todo lo que fuiste; eso ya quedó escrito durante veinte años. Necesita cerrar la historia.
Clayton Kershaw encontró otra manera. Después de una carrera extraordinaria y de un cuerpo que durante años le fue cobrando el precio de cada entrada, entendió cuándo era suficiente. Max Scherzer, en cambio, representa el otro extremo. A los 42 años, en una salida que podía perfectamente haber sido la última, lanzó más de siete entradas, permitió una sola carrera, ponchó a siete y, cuando fueron a retirarlo, discutió para quedarse. No parecía un hombre listo para despedirse. Parecía un pitcher convencido de que todavía podía sacar otro out.
Y ahí está la diferencia: saber irse no significa necesariamente retirarse pronto. Significa reconocer con honestidad dónde estás. Uno puede permanecer porque todavía pertenece o puede permanecer porque no sabe abandonar.
Y ahí aparece Cristiano Ronaldo.
A los 41 años sigue jugando, sigue haciendo goles y mantiene una meta que resulta perfectamente comprensible para alguien cuya carrera ha estado construida alrededor de objetivos casi imposibles: alcanzar los mil. Si todavía puede competir con Al-Nassr, si el cuerpo responde y si sigue disfrutándolo, ¿por qué no intentarlo? El problema no está en seguir. El problema empieza cuando el Cristiano actual pretende relacionarse con el fútbol exactamente como lo hacía el Cristiano de 28 años.
Cristiano construyó una carrera extraordinaria precisamente porque comprendió antes que casi cualquiera la necesidad de administrar su cuerpo. Cambió su manera de jugar, modificó movimientos, dejó de ser aquel extremo explosivo que recorría cuarenta metros con la pelota para convertirse en un finalizador extraordinario. Pocos deportistas han envejecido físicamente con semejante inteligencia. Ahora necesita hacer lo mismo emocionalmente: administrar también su importancia.
Portugal vive precisamente esa tensión. Cristiano es probablemente el mayor símbolo deportivo internacional de la historia portuguesa, pero ninguna grandeza concede titularidad vitalicia. El entrenador tiene derecho a sentarlo, administrarlo, reducirle minutos y preparar una selección que algún día tendrá que existir sin él. Lo delicado es cómo se hace esa transición. Una cosa es dosificar a una leyenda y otra convertir el proceso en una pelea pública de autoridad. Una cosa es decirle que ya no jugará noventa minutos y otra hacerlo sentir innecesariamente desplazado.
Pero Cristiano también tiene una responsabilidad enorme. No puede reaccionar a cada suplencia como si fuera una afrenta personal, ni exigir que la selección siga organizándose alrededor de su pasado. Su grandeza ya no necesita plebiscitos. Está asegurada. Precisamente por eso debería poder permitirse algo que a muchos grandes deportistas les resulta dificilísimo: dejar de demostrar que siguen siendo quienes fueron y empezar a decidir cómo quieren ser recordados cuando ya no estén.
Ahí es donde puede estar equivocando la ruta de salida. No porque deba retirarse mañana ni porque tenga que renunciar a los mil goles, sino porque debería comenzar a administrar su último tramo con la misma inteligencia con la que administró su físico durante dos décadas. Puede jugar menos, seleccionar mejor los momentos, aceptar que alguna noche no entrará y empezar a transformar su papel de centro absoluto en el de una figura todavía competitiva, útil y simbólica.
Los grandes del béisbol han vivido también ese tránsito de formas muy distintas. Derek Jeter construyó una despedida alrededor de la identidad que había creado durante toda su carrera con Yankees. Mariano Rivera tuvo prácticamente un año entero convertido en homenaje porque todos sabían que era el final y él también. Albert Pujols regresó a St. Louis, alcanzó los 700 jonrones y cerró una carrera gigantesca en el lugar donde había comenzado su leyenda. Otros no pudieron elegir. Algunos se fueron demasiado tarde, otros desaparecieron porque el deporte decidió antes que ellos.
Por eso resulta tan valioso cuando alguien consigue controlar el último capítulo.
Verlander decidió cuándo entregar la pelota. Kershaw entendió cuándo había llegado el momento. Scherzer todavía la aprieta porque siente que puede sacar más outs. Cristiano no tiene que entregar todavía la suya, pero ya debería empezar a decidir cómo quiere hacerlo.
Porque todos los grandes terminan enfrentándose al mismo rival. No es otro pitcher, no es otro delantero y no es un entrenador. Es el tiempo. Y contra el tiempo nadie gana.
Quizá la última gran victoria de Cristiano Ronaldo no sea el gol número mil. Quizá sea conseguir que, cuando llegue el último partido, el fútbol lo despida como él merece y él se despida del fútbol de la misma manera: de pie, sin necesidad de demostrar nada y sabiendo que la historia ya estaba escrita mucho antes del último silbatazo.
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