Hay guerras que se recuerdan por su intensidad y otras que pasan a la historia por su duración. La que Rusia y Ucrania libran desde febrero de 2022 comienza a pertenecer a ambas categorías. El conflicto acaba de cruzar un umbral que pocos imaginaron posible: ya supera en tiempo a la Primera Guerra Mundial, aquella conflagración que marcó a una generación entera y que dejó millones de muertos con la esperanza, tan ingenua como frustrada, de que sería “la última de las guerras”.
Han transcurrido más de cuatro años y tres meses desde que Vladimir Putin ordenó la invasión de Ucrania convencido de que Kiev caería en cuestión de días. El cálculo parecía sencillo: una demostración de fuerza bastaría para doblegar a un vecino militarmente inferior y políticamente vulnerable. Sin embargo, la historia rara vez respeta los planes elaborados desde los escritorios del poder.
La resistencia ucraniana alteró por completo el escenario. Lo que comenzó como una operación militar relámpago terminó convirtiéndose en una guerra de desgaste donde cada metro de terreno conquistado cuesta cientos de vidas y enormes cantidades de recursos. Ninguna de las partes logra una victoria definitiva, pero tampoco parece dispuesta a aceptar una derrota o siquiera un compromiso.
Resulta paradójico que, en pleno siglo XXI, con satélites capaces de observar cualquier movimiento, inteligencia artificial aplicada a los sistemas de combate, drones que sustituyen a los pilotos y armamento de precisión nunca antes visto, el conflicto recuerde cada vez más a las trincheras del siglo pasado. Kilómetros de fortificaciones, ataques de infantería, bombardeos constantes y soldados atrapados durante meses en posiciones prácticamente inmóviles evocan imágenes que parecían destinadas únicamente a los libros de historia.
La tecnología ha cambiado la forma de combatir, pero no ha logrado reducir el sufrimiento humano. Al contrario, ha hecho posible que la destrucción alcance una escala y una precisión aún mayores. Los drones se han convertido en protagonistas cotidianos del campo de batalla; las imágenes de ataques circulan casi en tiempo real por redes sociales y plataformas digitales, mientras millones de personas observan la guerra desde la pantalla de un teléfono móvil como si se tratara de una transmisión permanente.
Pero detrás de cada video existe una realidad mucho más cruel. Miles de familias han sido separadas. Millones de personas continúan desplazadas dentro y fuera de Ucrania. Ciudades enteras permanecen destruidas o parcialmente inhabitables. Una generación completa de jóvenes ha crecido con el sonido de las sirenas antiaéreas como parte de su rutina.
También Rusia ha pagado un costo enorme. Más allá de las cifras oficiales, que suelen ser motivo de disputa, las pérdidas humanas y económicas resultan inocultables. Las sanciones internacionales modificaron su relación con Occidente, alteraron cadenas comerciales y empujaron a Moscú a fortalecer vínculos con otros actores internacionales, particularmente China. Sin embargo, esa reconfiguración geopolítica tampoco ha resuelto el conflicto ni acerca una solución definitiva.
Mientras tanto, Europa enfrenta uno de los mayores desafíos para su seguridad desde el final de la Guerra Fría. La invasión transformó profundamente las prioridades militares del continente. Países que durante décadas redujeron su gasto en defensa hoy incrementan presupuestos, fortalecen alianzas y reconsideran estrategias que parecían superadas. La OTAN recuperó protagonismo precisamente cuando algunos analistas pronosticaban un progresivo debilitamiento de la alianza.
Estados Unidos continúa siendo un actor determinante. El respaldo militar, financiero y diplomático hacia Ucrania ha permitido sostener su capacidad de resistencia, aunque también ha generado intensos debates internos sobre el costo económico y político de mantener ese apoyo. La discusión ya no gira únicamente en torno a cuánto tiempo puede resistir Ucrania, sino también cuánto tiempo están dispuestos sus aliados a sostener ese esfuerzo.
El problema es que el tiempo comienza a jugar un papel distinto para todos los involucrados. Las guerras largas generan fatiga. Fatiga económica, porque los recursos son limitados. Fatiga política, porque cambian los gobiernos y las prioridades. Fatiga social, porque incluso las tragedias dejan de ocupar los titulares con la intensidad de los primeros meses. Lo que antes provocaba indignación mundial hoy apenas consigue algunos minutos en los noticiarios.
Ese fenómeno representa uno de los mayores riesgos para Ucrania. La normalización del conflicto puede traducirse en una disminución gradual del apoyo internacional, justo cuando el desgaste militar exige mayores recursos. La opinión pública suele cansarse antes que los ejércitos, y los gobiernos democráticos inevitablemente escuchan ese cambio de ánimo entre sus ciudadanos.
Por otra parte, tampoco puede ignorarse que Rusia parece haber apostado precisamente por esa estrategia: resistir más tiempo que sus adversarios políticos. No necesariamente ganar cada batalla, sino demostrar que puede soportar el desgaste durante más años hasta que las circunstancias internacionales modifiquen el equilibrio de fuerzas.
La pregunta inevitable es cuánto más puede prolongarse esta guerra. Nadie posee una respuesta convincente. Hace cuatro años casi todos los especialistas hablaban de semanas. Después pronosticaban meses. Hoy ya nadie se atreve a establecer plazos. Esa incertidumbre constituye, quizá, la prueba más evidente del fracaso colectivo de la diplomacia internacional.
Porque mientras las potencias calculan ventajas estratégicas y los gobiernos defienden intereses nacionales, quienes siguen pagando el precio son millones de ciudadanos comunes que nunca decidieron iniciar esta guerra.
La historia demuestra que todos los conflictos terminan algún día. Ninguno es eterno. Lo verdaderamente difícil consiste en determinar cuándo los dirigentes aceptan que continuar combatiendo resulta más costoso que negociar. Ese momento todavía parece lejano.
Lo ocurrido esta semana posee un enorme valor simbólico. Haber superado en duración a la Primera Guerra Mundial no significa que ambos conflictos sean idénticos ni que compartan las mismas dimensiones humanas o territoriales. Significa algo quizá más inquietante: que la humanidad, pese a los avances tecnológicos, económicos y científicos, sigue siendo incapaz de evitar que una guerra se convierta en una maquinaria interminable de destrucción.
La lección debería preocuparnos mucho más de lo que parece. Durante décadas se creyó que la interdependencia económica, la globalización y el desarrollo tecnológico harían menos probables las guerras prolongadas entre grandes potencias. Ucrania demuestra exactamente lo contrario. El progreso no garantiza la paz. Las innovaciones sirven tanto para construir como para destruir.
Al superar el tiempo que duró la Primera Guerra Mundial, el conflicto entre Rusia y Ucrania deja de ser únicamente una guerra regional. Se convierte en el símbolo de una época marcada por la incertidumbre, la polarización y el debilitamiento de los mecanismos internacionales para resolver disputas.
Quizá el dato más preocupante no sea que la guerra ya haya durado más de cuatro años. Lo verdaderamente alarmante es que nadie puede asegurar cuándo terminará. Y cuando una guerra deja de tener fecha de conclusión, el riesgo no sólo es que continúe: es que el mundo termine acostumbrándose a vivir con ella.
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