Hace una década, el Reino Unido tomó una de las decisiones más trascendentes de su historia reciente. El referéndum del 23 de junio de 2016 no solo definió la relación de los británicos con Europa; abrió una etapa de incertidumbre política, económica y social cuyos efectos continúan sintiéndose hasta hoy. Lo que para unos representó la recuperación de la soberanía nacional y la oportunidad de construir un futuro independiente, para otros fue el inicio de un prolongado periodo de inestabilidad que todavía no encuentra un punto de equilibrio.
El Brexit fue presentado como una apuesta por la libertad. Sus promotores convencieron a millones de ciudadanos de que abandonar la Unión Europea permitiría al Reino Unido recuperar el control de sus fronteras, diseñar sus propias políticas comerciales, fortalecer su economía y recuperar protagonismo internacional. El mensaje era simple y atractivo: menos Bruselas y más Londres. Menos dependencia y más autonomía. Menos restricciones y más oportunidades.
Sin embargo, diez años después, la realidad parece mucho más compleja que aquella narrativa optimista que dominó el debate político de entonces.
Es cierto que el Reino Unido ya no está sujeto a muchas de las decisiones comunitarias que antes se tomaban en Bruselas. También es verdad que el país ha podido negociar acuerdos comerciales propios y establecer políticas migratorias independientes. Pero alcanzar esos objetivos no necesariamente se ha traducido en los beneficios prometidos.
La economía británica ha enfrentado dificultades importantes durante esta década. Muchos empresarios siguen señalando los obstáculos burocráticos que surgieron tras abandonar el mercado común europeo. La salida implicó nuevos controles aduaneros, mayores costos de exportación y una pérdida de competitividad para numerosos sectores productivos. El acceso privilegiado al mayor bloque comercial del mundo dejó de existir y, aunque se han firmado nuevos acuerdos internacionales, pocos han logrado compensar plenamente las ventajas perdidas.
Los efectos han sido particularmente visibles en pequeñas y medianas empresas que durante años operaron con naturalidad dentro del mercado europeo. Para muchas de ellas, comerciar con el continente se volvió más caro, más lento y más complicado.
La promesa de una prosperidad inmediata nunca llegó.
Por el contrario, diversos análisis económicos coinciden en que el crecimiento británico ha sido más débil de lo esperado. La incertidumbre prolongada generada por las negociaciones de salida, seguida por la pandemia y posteriormente por otros conflictos internacionales, terminó agravando problemas estructurales que ya existían.
Pero quizá el aspecto más llamativo sea el relacionado con la migración.
Uno de los argumentos más poderosos de la campaña a favor del Brexit fue precisamente la necesidad de controlar el ingreso de extranjeros. La percepción de que las fronteras estaban demasiado abiertas alimentó el respaldo popular a la salida de la Unión Europea.
Sin embargo, la realidad terminó contradiciendo una de las principales banderas de los promotores del Brexit.
Los flujos migratorios no disminuyeron. En muchos momentos incluso aumentaron. Lo que cambió fue su composición. Mientras disminuyó la llegada de ciudadanos provenientes de países europeos, crecieron significativamente los ingresos desde Asia, África y otras regiones del mundo.
El fenómeno responde a razones económicas evidentes. El Reino Unido continúa necesitando mano de obra para sectores estratégicos como la salud, la agricultura, la construcción y los servicios. La demanda laboral no desapareció con el Brexit. Al contrario, en algunos casos se volvió más urgente.
La consecuencia ha sido paradójica: una decisión impulsada en buena medida por preocupaciones migratorias terminó produciendo un escenario migratorio distinto, pero no necesariamente más reducido.
A nivel político, los resultados tampoco han sido particularmente alentadores.
El Brexit no fortaleció la estabilidad institucional británica. Más bien ocurrió lo contrario. El país ha vivido una sucesión acelerada de liderazgos que refleja las profundas divisiones generadas por aquel referéndum.
David Cameron convocó la consulta convencido de que el resultado favorecería la permanencia. Perdió la apuesta y renunció. Theresa May intentó ejecutar una salida ordenada, pero fue incapaz de construir consensos. Boris Johnson logró concretar el Brexit, aunque terminó atrapado por escándalos políticos. Liz Truss protagonizó uno de los gobiernos más breves de la historia moderna británica. Rishi Sunak enfrentó enormes dificultades para recuperar la confianza económica y política. Y ahora Keir Starmer anuncia su dimisión, convirtiéndose en otro nombre más dentro de una década marcada por la volatilidad.
Seis primeros ministros en diez años constituyen un dato difícil de ignorar. Más aún para un país que históricamente se distinguió por la fortaleza de sus instituciones y por la estabilidad de su sistema parlamentario.
Resulta evidente que el Brexit dejó heridas profundas que siguen dividiendo a la sociedad británica.
Los jóvenes que votaron mayoritariamente por permanecer en la Unión Europea observan el proceso de manera muy distinta a las generaciones de mayor edad que respaldaron la salida. Las diferencias regionales también persisten. Escocia continúa mostrando una visión más europeísta que Inglaterra, mientras Irlanda del Norte sigue siendo un territorio especialmente sensible debido a las implicaciones políticas y comerciales derivadas del Brexit.
Diez años después, el debate ya no gira únicamente en torno a si la decisión fue correcta o equivocada. La pregunta más relevante es otra: ¿ha logrado el Reino Unido definir con claridad qué quiere ser fuera de Europa?
Porque abandonar una estructura política y económica tan compleja como la Unión Europea era apenas el primer paso. Lo verdaderamente difícil consistía en construir un proyecto nacional capaz de generar crecimiento, cohesión social y liderazgo internacional.
Y justamente ahí es donde persisten las dudas.
La experiencia británica deja una lección que trasciende sus fronteras. Las decisiones políticas impulsadas por emociones colectivas, descontentos acumulados o promesas simplificadas suelen producir consecuencias mucho más complejas de las que anticipan sus promotores. Los referéndums pueden resolver una pregunta puntual, pero rara vez resuelven todos los problemas que dieron origen a esa pregunta.
El Brexit fue vendido como una solución. Con el paso del tiempo quedó claro que era apenas el comienzo de un nuevo conjunto de desafíos.
Hoy el Reino Unido sigue siendo una potencia relevante, una economía importante y un actor diplomático de peso. No se produjo el colapso que algunos auguraban ni tampoco la era de prosperidad extraordinaria que prometían otros. Lo que existe es una realidad intermedia, mucho más matizada y menos espectacular.
Diez años después, el balance parece alejarse tanto del catastrofismo como del triunfalismo. Pero si algo muestran los acontecimientos recientes es que la promesa de recuperar el control no garantizó automáticamente estabilidad, crecimiento ni cohesión social.
Quizá la mayor enseñanza del Brexit sea precisamente esa: recuperar la capacidad de decidir por cuenta propia es una cosa; encontrar las decisiones correctas es otra muy distinta. Y en esa búsqueda, el Reino Unido sigue navegando, todavía, las aguas agitadas de un divorcio que cambió para siempre su historia.
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