Hay épocas que dejan monumentos. Otras dejan cicatrices.
La nuestra parece empeñada en dejar heridas abiertas.
Basta observar lo que ocurre en distintos rincones del mundo para descubrir un fenómeno inquietante: cada vez aparecen más políticos interesados en administrar el enojo que en resolverlo. Como si el conflicto hubiera dejado de ser un problema para convertirse en una oportunidad. Como si las divisiones fueran un recurso renovable del que siempre puede extraerse algún beneficio electoral.
Y cuando uno mira con atención lo que sucede en Estados Unidos, en Europa o incluso en buena parte de América Latina, surge una pregunta que vale la pena formular desde ahora: cuando termine esta generación de líderes que hicieron de la confrontación su principal herramienta política, ¿quién recogerá la estafeta?
Porque toda época produce sucesores.
Los producen los grandes estadistas y también los grandes demagogos. Los producen las transformaciones históricas y los errores monumentales. Los producen los triunfos y las derrotas. Nadie gobierna para siempre, pero las ideas, los métodos y las formas de ejercer el poder suelen sobrevivir mucho más que quienes las impulsaron.
La cuestión es que no todas las herencias son iguales.
Hay quienes reciben instituciones sólidas, sociedades relativamente cohesionadas y reglas respetadas. Otros reciben un terreno sembrado de desconfianza, resentimientos y fracturas. Y existe una diferencia enorme entre continuar una obra y administrar los escombros de una demolición.
Durante la última década vimos consolidarse una forma de hacer política basada en la confrontación permanente. No nació en un solo país ni pertenece exclusivamente a una ideología. Ha aparecido en distintos lugares y bajo diferentes banderas. Su lógica es sencilla: dividir resulta rentable.
Cuando una sociedad se polariza, las emociones sustituyen con facilidad a los argumentos. Los matices desaparecen. Los adversarios dejan de ser adversarios y se convierten en enemigos. Las instituciones dejan de ser árbitros para transformarse en obstáculos. La complejidad se vuelve sospechosa y las respuestas simples adquieren un atractivo irresistible.
Muchos líderes descubrieron que gobernar desde la tensión permanente podía generar resultados políticos inmediatos. Descubrieron que señalar culpables suele ser más fácil que asumir responsabilidades. Que alimentar agravios moviliza más que convocar acuerdos. Que la indignación permanente produce seguidores fieles.
Y durante algún tiempo esa fórmula pareció funcionar.
Pero toda estrategia deja consecuencias.
Las sociedades terminan pagando la factura de las emociones que sus dirigentes deciden explotar. La confianza pública se erosiona. Las instituciones se debilitan. El diálogo se vuelve cada vez más difícil. Y cuando eso ocurre, aparece un nuevo problema: alguien termina heredando ese escenario.
Por eso el debate actual ya no gira únicamente alrededor de Donald Trump o de Joe Biden.
La discusión de fondo consiste en identificar quiénes pretenden quedarse con la maquinaria política y cultural que surgió durante estos años de polarización. Porque los líderes pasan, pero las dinámicas que instalan pueden permanecer durante décadas.
La historia está llena de ejemplos.
Napoleón desapareció, pero el bonapartismo sobrevivió. Perón murió, pero el peronismo continuó moldeando la política argentina. Castro dejó el poder, pero el castrismo siguió presente. Chávez falleció, pero el chavismo encontró continuidad.
Los nombres cambian. Las corrientes permanecen.
Por eso resulta relevante observar a figuras emergentes dentro del conservadurismo estadounidense como J.D. Vance, Pete Hegseth y otros dirigentes que buscan interpretar y prolongar una corriente política que ya no depende exclusivamente de Trump. No se trata de copias idénticas ni de sucesores automáticos. Se trata de una generación que entiende que existe una base social, cultural y emocional que quiere representación y continuidad.
Cuando un movimiento empieza a preocuparse por la sucesión significa que ya dejó de pensar solamente en la próxima elección. Empieza a pensar en el largo plazo.
Y ahí surge la inquietud.
Porque buena parte de quienes aspiran a convertirse en herederos del actual clima político parecen más interesados en aprovechar las divisiones que en superarlas.
El conflicto genera identidad. El agravio genera pertenencia. El miedo genera disciplina. La confrontación moviliza.
Resolver los problemas suele ser mucho más complicado que administrarlos.
Cerrar heridas exige liderazgo. Mantenerlas abiertas requiere solamente aprovecharlas.
La tentación de muchos dirigentes consiste precisamente en eso: no reconstruir los puentes derribados, sino cobrar peaje sobre los restos.
Sin embargo, toda sociedad termina generando también fuerzas que buscan corregir el rumbo.
En Estados Unidos aparecen nombres como Gavin Newsom, Xavier Becerra y diversas figuras provenientes de gobiernos estatales, organizaciones civiles, universidades y sectores empresariales que entienden que la recuperación institucional exigirá algo más profundo que ganar una elección presidencial.
Porque las fracturas actuales no desaparecerán cuando cambie un ocupante de la Casa Blanca.
La polarización seguirá ahí. La migración seguirá ahí. La revolución tecnológica seguirá ahí. Las tensiones económicas seguirán ahí. La desinformación seguirá ahí. La desconfianza hacia las instituciones seguirá ahí.
Nada de eso se resolverá por decreto.
La verdadera reconstrucción dependerá de la capacidad para recuperar algo que parece haberse vuelto escaso en muchas democracias: la confianza.
Durante años, quienes apostaron por la confrontación comprendieron una realidad elemental que sus adversarios tardaron demasiado en reconocer. Las personas necesitan sentirse parte de algo. Necesitan relatos que expliquen sus preocupaciones. Necesitan causas con las cuales identificarse.
Mientras unos ofrecían emociones, otros ofrecían tecnicismos.
Mientras unos construían pertenencia, otros administraban burocracias.
Mientras unos hablaban de identidad, otros hablaban de procedimientos.
Esa diferencia explica buena parte de lo ocurrido en los últimos años.
Por eso el futuro no se decidirá únicamente entre partidos o candidatos. Lo que está en juego es algo más profundo: qué tipo de cultura política heredarán las próximas generaciones.
Si una cultura basada en la sospecha permanente, el resentimiento y la confrontación.
O una cultura capaz de volver a reconocer que el desacuerdo no obliga a la enemistad.
Al final, los aspirantes a heredar el poder nunca faltan. Surgen en todas partes y en todos los sistemas políticos.
Lo que escasea son los hombres y mujeres dispuestos a heredar la responsabilidad de reparar lo que otros dañaron.
Porque destruir siempre será más sencillo que reconstruir.
Dividir siempre será más rápido que reconciliar.
Encender el enojo siempre producirá aplausos más inmediatos que convocar al entendimiento.
Pero las sociedades que sobreviven no son las que mejor administran sus conflictos. Son las que encuentran líderes capaces de cerrarlos.
Y cuando dentro de algunos años miremos hacia atrás para evaluar esta etapa de nuestra historia, probablemente no recordaremos a quienes supieron sacar provecho de las fracturas. Recordaremos a quienes tuvieron el coraje de impedir que esas fracturas se volvieran permanentes.
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