Lo que ocurre en Perú tras la segunda vuelta presidencial va mucho más allá de una competencia electoral cerrada. La disputa voto a voto entre Roberto Sánchez y Keiko Fujimori es, en realidad, la manifestación más reciente de una tendencia política que se ha venido consolidando en América Latina durante los últimos años: la creciente polarización de las sociedades, la fragmentación de los consensos y la confrontación entre dos modelos de nación que parecen cada vez más incapaces de convivir bajo un mismo proyecto.
Con más del 94 por ciento de las actas contabilizadas, el candidato de izquierda ha logrado colocarse al frente del conteo oficial por una diferencia mínima, apenas unas décimas porcentuales que representan alrededor de 21 mil votos. La ventaja es tan reducida que el resultado definitivo sigue dependiendo de sufragios aún pendientes de contabilizar, particularmente los provenientes del extranjero, un segmento electoral que históricamente ha mostrado afinidad hacia posiciones conservadoras.
Sin embargo, más allá de quién termine ocupando la presidencia, la verdadera noticia es la fotografía política que deja esta elección.
Perú aparece dividido prácticamente en dos mitades.
Por un lado, sectores urbanos, empresariales y de clases medias que ven en la estabilidad económica, la inversión privada y el libre mercado las herramientas indispensables para garantizar crecimiento y desarrollo. Por el otro, amplias regiones rurales y comunidades históricamente relegadas que consideran que el modelo económico vigente no ha sido capaz de distribuir los beneficios del crecimiento y que demandan una transformación más profunda de las estructuras políticas y sociales.
No se trata de una realidad exclusiva de Perú.
La misma tensión puede observarse en distintos países de la región. Los resultados electorales recientes muestran una constante: sociedades fracturadas entre quienes defienden la continuidad institucional y quienes reclaman cambios de fondo; entre quienes privilegian la estabilidad económica y quienes exigen una mayor intervención del Estado para corregir desigualdades.
Las urnas peruanas han vuelto a confirmar que América Latina atraviesa una etapa de redefiniciones políticas profundas.
Durante décadas, buena parte de los gobiernos latinoamericanos apostaron por modelos económicos orientados al mercado con distintos niveles de éxito. Algunos lograron estabilidad macroeconómica y crecimiento sostenido; otros generaron avances parciales que no alcanzaron para reducir la desigualdad estructural que caracteriza a la región.
El resultado ha sido un creciente desencanto ciudadano con las élites políticas tradicionales.
Ese desencanto explica en buena medida por qué los discursos que prometen transformaciones profundas siguen encontrando respaldo popular, especialmente en aquellas zonas donde el progreso económico no ha llegado con la misma intensidad que a las grandes ciudades.
La elección peruana también deja otra lección relevante: los partidos políticos tradicionales continúan perdiendo capacidad de representación.
La crisis de confianza en las instituciones no es un fenómeno nuevo, pero sí uno que se ha profundizado. Cada vez son más los ciudadanos que perciben a la política como un espacio distante de sus necesidades cotidianas. En consecuencia, las elecciones se convierten en escenarios donde predominan el voto de castigo, el rechazo a los gobiernos en turno y la búsqueda de alternativas que prometen romper con el statu quo.
Perú ha sido uno de los ejemplos más claros de esta crisis.
En los últimos años ha enfrentado una sucesión de conflictos entre poderes, presidentes destituidos, investigaciones de corrupción y constantes episodios de inestabilidad institucional. La ciudadanía ha observado cómo la confrontación política se convirtió en una práctica permanente, debilitando la confianza en quienes deberían conducir al país.
Por eso esta elección posee una carga simbólica especial.
No se trata únicamente de elegir a un presidente. Lo que está en juego es la posibilidad de reconstruir gobernabilidad en una nación que lleva años atrapada en la incertidumbre política.
Y precisamente ahí surge el principal desafío para quien resulte vencedor.
Porque ganar una elección por una diferencia mínima puede otorgar legitimidad jurídica, pero no garantiza gobernabilidad política.
Cuando prácticamente la mitad del país vota por una opción y la otra mitad por su adversario, el mandato ciudadano obliga a construir acuerdos, no a profundizar las divisiones.
Lamentablemente, la experiencia reciente en América Latina demuestra que muchos gobiernos han optado por el camino contrario.
La polarización se ha convertido en herramienta electoral permanente. Se gobierna pensando en los simpatizantes y se descalifica sistemáticamente a quienes piensan distinto. El adversario deja de ser un competidor legítimo para convertirse en enemigo político.
Ese fenómeno termina debilitando las instituciones democráticas.
Por ello resulta indispensable que los actores políticos peruanos actúen con responsabilidad durante las horas decisivas del conteo. En procesos tan cerrados, la tentación de deslegitimar resultados suele ser grande. Las acusaciones prematuras, las denuncias sin sustento y la presión sobre las autoridades electorales pueden generar daños que trascienden una elección específica.
La fortaleza de una democracia no se mide cuando los resultados son amplios y contundentes. Se mide precisamente en circunstancias como esta, cuando las diferencias son mínimas y todos los actores están obligados a respetar las reglas del juego.
Lo que hoy vive Perú es una prueba institucional de gran relevancia.
Y también una advertencia para el resto de América Latina.
Las sociedades están cambiando. Las demandas ciudadanas son distintas. Los viejos discursos políticos pierden eficacia mientras nuevas expresiones ideológicas ganan terreno. La competencia electoral es cada vez más intensa porque los electorados son más diversos, más críticos y menos leales a las estructuras partidistas tradicionales.
En ese contexto, los triunfos contundentes son cada vez más escasos y las victorias ajustadas se vuelven parte habitual de la vida democrática.
La elección peruana es reflejo de ese nuevo escenario.
Un país dividido entre dos visiones de futuro, entre dos lecturas distintas de sus problemas y entre dos proyectos políticos que buscan conducir el rumbo nacional.
Pero también es un recordatorio de algo fundamental: las democracias sobreviven cuando las diferencias pueden resolverse mediante votos y no mediante confrontaciones que pongan en riesgo la estabilidad institucional.
Perú decidirá en los próximos días quién gobernará la nación. Lo verdaderamente importante será observar si, una vez concluido el conteo, la clase política está a la altura de las circunstancias y entiende que ningún proyecto puede prosperar sobre la base de una sociedad permanentemente enfrentada.
Porque las elecciones terminan. Los gobiernos también. Pero las fracturas que se profundizan desde el poder suelen tardar muchos años en sanar. Y esa es una lección que toda América Latina haría bien en recordar.
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@salvadorcosio1
