Durante años, Medio Oriente parecía una región condenada a vivir en crisis. Pero incluso quienes conocen esa historia tienen dificultades para acostumbrarse a la velocidad con la que una confrontación puede convertirse en una amenaza global.
La nueva escalada entre Estados Unidos e Irán es un ejemplo. Lo que ocurre en la región ya no puede analizarse únicamente desde la perspectiva de Israel, Irán o Estados Unidos. Hay una variable que termina afectando a todos: la energía. Y cuando la energía entra en la ecuación, la guerra deja de ser un problema regional.
El estrecho de Ormuz es una de esas pequeñas franjas del mapa que parecen insignificantes hasta que uno entiende lo que circula por ahí. El tránsito marítimo por esa zona tiene una importancia enorme para los mercados energéticos internacionales. Si la navegación se reduce, si aumenta el riesgo para los buques o si se amenaza con bloquear el paso, el problema deja de ser exclusivamente militar y se convierte inmediatamente en económico.
Lo preocupante es que todos parecen saber que una guerra prolongada sería desastrosa, pero nadie parece dispuesto a ser el primero en retroceder. Ese es el problema clásico de las guerras modernas: muchas comienzan porque los gobiernos creen que pueden controlar la escalada. El problema llega cuando descubren que las decisiones de un día producen consecuencias que ya no pueden controlar al siguiente.
Estados Unidos tiene capacidad militar suficiente para infligir daños importantes a Irán. Irán tiene capacidad para responder de distintas maneras y convertir el conflicto en un problema regional. Israel tiene sus propios objetivos. Los grupos armados aliados de Teherán tienen agendas propias. Y los países árabes, aunque no necesariamente quieran una guerra, tampoco pueden ignorar lo que ocurre a su alrededor.
Es una ecuación peligrosísima.
Donald Trump ha mostrado durante su carrera política que entiende el poder como una herramienta de presión. La amenaza, la sanción, el arancel y la demostración de fuerza forman parte de su repertorio. El problema es que la política internacional no funciona siempre como una negociación inmobiliaria. Hay adversarios para quienes retroceder puede representar una derrota política interna.
Irán es precisamente uno de ellos.
Teherán no solamente está defendiendo intereses militares o económicos. Está defendiendo una narrativa nacional. Y en esa narrativa, ceder frente a Washington puede convertirse en una humillación que ningún gobierno iraní quiere asumir. Para el régimen iraní, resistir no es solamente una estrategia frente al enemigo externo; también es una herramienta para mantener cohesión interna en un país donde cualquier concesión puede ser presentada por sus adversarios como una capitulación.
Ahí radica una de las mayores dificultades para cualquier negociación. Washington puede considerar que una amenaza contundente debería ser suficiente para sentar a Irán a la mesa, pero Teherán puede interpretar esa misma presión como una razón para endurecer su posición. Cuando dos gobiernos leen la misma señal de manera completamente distinta, el margen de error se vuelve enorme. Y en una región donde existen tantos actores armados con capacidad de actuar por cuenta propia, un error de cálculo puede ser suficiente para provocar una reacción en cadena.
Por eso resulta tan importante que aparezcan mediadores. Qatar y otros gobiernos de la región están intentando encontrar una salida. No es una tarea sencilla, pero probablemente sea una de las pocas opciones que quedan antes de que la lógica militar termine imponiéndose sobre la diplomática.
Mientras tanto, el mundo observa el precio del conflicto. Si aumenta el costo del petróleo, aumenta el costo del transporte. Si aumenta el transporte, aumentan los precios. Y cuando aumentan los precios de la energía y de los alimentos, el golpe llega a los hogares.
La guerra siempre tiene una factura.
La diferencia es que los gobiernos la pagan con presupuestos, mientras las familias la pagan con el supermercado.
Y esa factura puede ser particularmente complicada para una economía mundial que todavía intenta recuperarse de años de inflación, tasas de interés elevadas y enormes niveles de endeudamiento. Un nuevo shock energético podría obligar a los bancos centrales a enfrentar una situación incómoda: combatir una inflación provocada por energía mientras intentan evitar que el encarecimiento del dinero termine frenando todavía más el crecimiento. En otras palabras, una crisis militar en Medio Oriente puede terminar convirtiéndose en un problema para las hipotecas, los créditos, las empresas y el empleo a miles de kilómetros de distancia.
México debería prestar especial atención. Una nueva crisis energética internacional puede modificar costos de producción, transporte, inflación y decisiones de inversión. Nuestro país tiene una enorme ventaja por su integración económica con Norteamérica, pero también una vulnerabilidad evidente: cualquier perturbación importante de los mercados internacionales termina afectando nuestra economía.
Hay además una paradoja que conviene observar. Mientras Estados Unidos intenta ejercer presión sobre Irán y garantizar sus intereses estratégicos en Medio Oriente, otros países como China buscan mantener abiertas sus relaciones con Teherán y asegurar sus propios intereses energéticos. Es decir, la disputa no ocurre únicamente entre dos gobiernos. Forma parte de una competencia mucho mayor por influencia, rutas comerciales y acceso a recursos.
China necesita energía. India también. Europa necesita estabilidad. Estados Unidos quiere contener a sus adversarios. Los países del Golfo quieren evitar que una guerra termine incendiando su propia región. Todos tienen intereses diferentes y, precisamente por eso, una solución duradera resulta tan complicada.
Y quizá la pregunta más importante sea otra: ¿cuánto tiempo puede soportar el mundo una sucesión de guerras sin que la economía termine pagando las consecuencias?
Ucrania. Medio Oriente. La tensión entre China y Estados Unidos. La competencia tecnológica. Las rutas comerciales amenazadas. Los mercados financieros nerviosos.
Todo ocurre al mismo tiempo.
Y cuando demasiadas crisis coinciden, el peligro no es solamente que una de ellas se salga de control. El peligro es que todas comiencen a alimentarse entre sí.
Por eso la verdadera victoria para Medio Oriente no será que una de las partes destruya más instalaciones de la otra. Será que alguien tenga la inteligencia suficiente para detenerse antes de que el precio de la guerra termine siendo demasiado alto para todos.
Porque una cosa es ganar una batalla.
Otra muy distinta es ganar la paz.
Y después de tantos años de guerras en Medio Oriente, quizá esa sea la lección que más trabajo ha costado aprender: destruir es relativamente sencillo; reconstruir la confianza, recuperar una economía y convencer a una nueva generación de que el futuro no tiene que escribirse con violencia puede tomar décadas.
Mientras los líderes calculan misiles, sanciones y posiciones geopolíticas, millones de personas solamente quieren algo mucho más elemental: vivir sin miedo.
Ese debería ser el verdadero precio que todos estén dispuestos a pagar para detener esta nueva escalada.
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