Donald Trump está acostumbrado a que la última palabra sea la suya. En los negocios, en la política y, sobre todo, en la forma en que entiende el ejercicio del poder, el presidente estadounidense parece partir de una premisa sencilla: quien tiene más fuerza pone las condiciones y los demás terminan aceptándolas. Durante meses ha convertido esa lógica en una especie de doctrina personal: presionar, amenazar, negociar y después presentar el resultado como una victoria. Pero en Medio Oriente acaba de encontrarse con un problema que no es menor: Benjamin Netanyahu. El primer ministro israelí rechazó la propuesta de 15 puntos que la administración Trump pretende utilizar como ruta para terminar la guerra en Gaza, y con ello puso sobre la mesa una pregunta incómoda para Washington: ¿hasta dónde llega realmente la capacidad de Estados Unidos para imponer sus condiciones incluso a sus aliados más cercanos?
Trump quiere hacer de Gaza una de sus grandes victorias internacionales. No es difícil entender por qué. El presidente estadounidense necesita demostrar que su particular manera de entender la diplomacia, basada en la presión y en la capacidad de negociación desde una posición de fuerza, puede producir resultados donde otros fracasaron durante años. Su propuesta contempla el desarme de Hamas, una retirada gradual de las fuerzas israelíes, la creación de una administración palestina y la participación internacional en la reconstrucción y estabilización del territorio. Es, sobre el papel, una hoja de ruta ambiciosa. El problema es que en Medio Oriente ninguna hoja de ruta sobrevive intacta cuando se encuentra con la realidad política de quienes están directamente involucrados.
Netanyahu lo sabe perfectamente. Para el primer ministro israelí, aceptar una retirada que no esté precedida por el desarme completo de Hamas significa asumir un riesgo que difícilmente está dispuesto a correr. Su argumento es conocido: Israel no puede regresar a una situación en la que Hamas conserve capacidad militar suficiente para reorganizarse y volver a atacar. El problema es que esa condición choca directamente con la lógica de cualquier proceso de paz, porque exige que una de las partes entregue primero su principal instrumento de presión sin contar todavía con todas las garantías que reclama para hacerlo. Hamas, por supuesto, tampoco está dispuesto a aceptar cualquier condición. Y mientras cada actor intenta obtener garantías antes de ceder, la guerra y la crisis humanitaria siguen siendo la realidad cotidiana de miles de palestinos.
Aquí aparece la verdadera dimensión del conflicto entre Trump y Netanyahu. No se trata simplemente de una diferencia de opinión sobre un documento diplomático. Se trata de dos intereses políticos que, aunque durante mucho tiempo han caminado juntos, ahora pueden comenzar a separarse. Trump necesita una victoria internacional que pueda exhibir como prueba de que su política exterior funciona. Netanyahu necesita una victoria interna que le permita sostener su posición frente a quienes consideran que cualquier concesión representa una amenaza para la seguridad de Israel. El presidente estadounidense quiere cerrar el capítulo de Gaza; el primer ministro israelí quiere asegurarse de que el cierre no sea interpretado como una derrota. Y entre ambas posiciones hay una distancia que ningún discurso puede ocultar.
Durante décadas, Washington y Tel Aviv han mantenido una de las alianzas estratégicas más importantes del mundo. Estados Unidos ha sido uno de los principales respaldos políticos, económicos y militares de Israel, mientras que Israel ha representado para Washington un aliado fundamental en una de las regiones más complejas del planeta. Pero una alianza no significa obediencia. Esa es precisamente la lección que Netanyahu acaba de darle a Trump. Incluso el presidente estadounidense, que ha hecho de la presión una herramienta permanente de negociación, puede encontrarse con un aliado que simplemente diga que no.
Y esto debería preocupar a Washington más de lo que parece. Trump ha construido buena parte de su segunda presidencia alrededor de la idea de que Estados Unidos debe recuperar el control de las relaciones internacionales. Lo ha hecho mediante aranceles, amenazas comerciales, presión diplomática y una política exterior que busca dejar claro que la época en la que Washington cargaba con buena parte del costo del sistema internacional sin exigir una contraprestación terminó. El mensaje ha sido repetido hasta el cansancio: Estados Unidos tiene poder y está dispuesto a utilizarlo. Sin embargo, el episodio de Gaza demuestra que tener poder no significa necesariamente tener control.
Medio Oriente no funciona como una negociación empresarial. No basta con sentar a los actores alrededor de una mesa, presentar una propuesta y esperar que todos entiendan que lo más conveniente es firmarla. Hay décadas de guerras, desplazamientos, atentados, ocupaciones, radicalización, resentimientos y pérdidas humanas que pesan mucho más que cualquier documento. Para los palestinos, Gaza no es una ficha geopolítica. Es su casa. Para Israel, Hamas no es solamente una organización política o militar: es una amenaza que ha marcado profundamente a su sociedad. Para los países árabes, cualquier salida que ignore la causa palestina puede convertirse en una fuente de inestabilidad durante generaciones. Y para Estados Unidos, Gaza representa también una prueba de credibilidad.
Trump quiere demostrar que puede ser el hombre que termine una guerra que parecía interminable. Netanyahu quiere demostrar que no será el hombre que permita que esa guerra termine dejando a Israel vulnerable. Hamas quiere conservar capacidad de supervivencia política y militar. Los palestinos quieren dejar de morir y recuperar una posibilidad de futuro. Los países árabes quieren evitar que el conflicto se extienda. Y Europa observa con una mezcla de preocupación e impotencia cómo Estados Unidos vuelve a intentar resolver por sí solo una crisis que tiene consecuencias globales.
Por eso sería un error reducir lo ocurrido a una disputa personal entre Trump y Netanyahu. Lo que está en juego es mucho mayor. La relación entre Estados Unidos e Israel puede entrar en una etapa diferente si Washington empieza a considerar que el gobierno de Netanyahu se ha convertido en un obstáculo para la estrategia que Trump pretende construir en Medio Oriente. Y si eso sucede, habrá consecuencias políticas tanto dentro de Estados Unidos como dentro de Israel. Trump tendrá que decidir cuánto está dispuesto a presionar a un aliado que cuenta con una enorme influencia política en Washington, mientras Netanyahu deberá valorar hasta dónde puede desafiar al presidente estadounidense sin poner en riesgo el respaldo que Israel necesita.
El escenario internacional, además, ya no es el mismo que hace veinte años. China observa cuidadosamente cada movimiento estadounidense; Rusia mantiene sus propios intereses en Medio Oriente; Irán sigue siendo un actor central; los países árabes buscan mayor margen de autonomía y Europa intenta reconstruir una capacidad estratégica propia. En ese contexto, cualquier fractura entre Washington y Jerusalén puede ser aprovechada por otros actores. Y eso explica por qué la disputa sobre Gaza importa mucho más allá de las fronteras de Israel y Palestina.
Trump podría terminar consiguiendo el acuerdo que busca. También podría fracasar. Lo interesante es que, por primera vez en mucho tiempo, el principal obstáculo para su estrategia no parece estar en un adversario declarado, sino en uno de sus aliados más cercanos. Y eso revela una verdad que suele olvidarse cuando se habla de grandes potencias: el poder tiene límites. Estados Unidos puede presionar, amenazar, sancionar, financiar y negociar, pero no puede decidir unilateralmente lo que sus aliados deben aceptar.
La historia de Medio Oriente está llena de acuerdos que fueron anunciados como definitivos y terminaron siendo apenas pausas entre una guerra y otra. Por eso la verdadera prueba para Trump no será conseguir una fotografía de los dirigentes estrechando las manos. Será lograr que el acuerdo tenga condiciones para sobrevivir cuando las cámaras se apaguen y cuando cada gobierno tenga que explicarle a su propia sociedad por qué decidió ceder.
Netanyahu dijo no. Trump tendrá que decidir qué hacer con ese no. Y quizá ahí esté la prueba más importante de su política exterior: descubrir si su capacidad de presión es suficiente para construir una paz real o si, como tantos presidentes antes que él, terminará descubriendo que en Medio Oriente el poder puede abrir puertas, pero nunca garantiza que quienes están detrás de ellas quieran entrar.
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