La educación es la mejor herencia que un padre puede dejarles a sus hijos. Y tienen toda la razón. Lo que nunca nos dijeron es que, al parecer, para lograrlo también hay que hipotecar la casa, vender el coche y, si la cosa sigue así, hasta empeñar las joyas o lo que se pueda.
Porque una cosa es que cada ciclo escolar los útiles escolares suban unos pesos por culpa de la inflación… y otra muy distinta es que algunos paquetes de libros parezcan cotizados con el mismo entusiasmo con el que se venden los boletos para viajar a Marte.
LEVANTAMIENTO DE CEJA
En los últimos días, varios padres de familia comenzaron a levantar la ceja —y con justa razón— al descubrir que, en algunos colegios particulares, los paquetes de libros para secundaria rondan los ocho mil pesos. Sí, leyó bien: ocho mil pesos.
Y eso sin contar uniformes, mochilas, zapatos, colegiaturas, transporte, lonches, festivales, actividades extracurriculares y esas famosas cuotas “voluntarias” que de voluntarias tienen exactamente lo mismo que un examen sorpresa.
Ahora imagine una familia con dos o tres hijos estudiando al mismo tiempo. El regreso a clases deja de ser una fecha en el calendario para convertirse en toda una prueba de resistencia financiera.
AHÍ ES DONDE SURGEN LAS DUDAS
Hasta ahí cualquiera podría decir: “es una escuela privada y cada quien decide si paga o no”. Es cierto.
Sin embargo, algunos padres comentan que los libros únicamente pueden adquirirse dentro del propio plantel, sin posibilidad de buscarlos con otro proveedor o comparar precios.
Si así ocurre, la pregunta resulta inevitable: ¿existe realmente libertad para elegir o simplemente no queda otra opción?
Es como entrar a un restaurante donde el menú tiene un solo platillo… y el chef decide cuánto cuesta porque sabe que usted ya está sentado.
ME VOY DE ESPALDAS
Después aparece otra joyita administrativa: la famosa cuota de “materiales”.
Uno imaginaría que ahí vienen pinturas, cartulinas, hojas, pegamento, lápices y todo lo necesario para trabajar durante el ciclo escolar.
Sin embargo, algunos padres aseguran que esa cuota también contempla conceptos como el uso del salón, el mobiliario, credenciales, papel sanitario y otros gastos de operación.
Si esas versiones son correctas, surge otra pregunta perfectamente válida: si ya existe una colegiatura mensual… ¿no debería precisamente contribuir al funcionamiento cotidiano de cualquier escuela.
Nadie discute que una institución privada tenga derecho a obtener utilidades. Eso forma parte de cualquier empresa.
Lo que sí merece transparencia es que los padres sepan con claridad qué están pagando, por qué lo están pagando y cuáles son los conceptos que integran cada cobro.
La confianza también se construye con cuentas claras.
EXIJO UNA EXPLICACIÓN
Y aquí viene la mordida de esta víbora. Quizá el verdadero problema no sea únicamente cuánto cuestan los libros.
Tal vez lo que más incomoda a muchos padres es sentir que dejaron de tener capacidad de elegir y que las decisiones ya vienen tomadas desde antes de cruzar la puerta del colegio.
Sería saludable que las autoridades competentes explicaran con claridad hasta dónde llega la libertad de las escuelas particulares para establecer este tipo de cobros y qué mecanismos existen para atender las inquietudes de las familias cuando consideran que algún cargo resulta excesivo.
Porque la transparencia nunca debería ser enemiga de la educación.
MÁS QUE UNA INVERSIÓN
Invertir en la educación de un hijo siempre valdrá la pena.
Lo que no debería costar tanto es entender exactamente en qué se fue cada peso.
Mientras tanto, la conversación apenas comienza.
Sería interesante conocer cuánto están pagando otros padres de familia, en qué escuelas y cuáles han sido sus experiencias.
Porque al final, educar a un hijo debería representar una inversión en su futuro… no un examen de supervivencia para el bolsillo de quienes hacen hasta lo imposible por sacarlo adelante.
