No aprenden de plano. Hay palabras que suenan fuertes y ésta es una de ellas, hay ocasiones en que los eufemismos sólo sirven para maquillar la realidad, así de claro: la prostitución en la que han caído muchas encuestas.
No hablo de todas, sería injusto ya que todavía existen casas demoscópicas serias, metodologías rigurosas y profesionales que hacen su trabajo con ética. Pero también abundan las otras, las que aparecen de la nada, levantan un “estudio”, publican números mágicos y desaparecen hasta la siguiente elección. Como los cometas… sólo que éstos, al menos, sí iluminan el cielo.
¡YA NI SORPRENDE!
En Puerto Vallarta, en Bahía de Banderas Nayarit y prácticamente en cualquier rincón donde huela a campaña adelantada, ya ni siquiera sorprende ver cómo un mismo personaje aparece el lunes encabezando una encuesta, el miércoles empatado y el viernes peleando el sótano. ¿Qué pasó en 72 horas? ¿Un terremoto político? No. Lo único que cambió fue quién pagó la siguiente medición.
QUIÉN GANA…
Hace tiempo lo advertíamos en esta misma columna: ¿Quién va ganando? Depende de quién pagó la encuesta… o de quién necesitaba que pareciera que iba ganando.
Porque hoy las encuestas ya no sólo buscan medir la opinión pública; muchas intentan fabricarla. Pretenden convencer al ciudadano de que existe un favorito, un fenómeno imparable, un candidato invencible. Y cuando eso no alcanza, recurren a otra estrategia: filtrar números, sembrar rumores o utilizar declaraciones de comunicadores para insinuar ventajas inexistentes.
TODOS LOS MEDIOS
El problema es que el instrumento terminó por desgastarse. Se “choteó”, como decimos coloquialmente. Perdió buena parte de la credibilidad que alguna vez tuvo. Hoy una encuesta aparece en una estación de radio, mañana en un periódico y pasado mañana en un noticiero de prestigio… pero eso ya no garantiza absolutamente nada. La difusión no convierte una encuesta en verdad.
Todavía quedan empresas serias que respetan las muestras, los márgenes de error y la metodología. Esas merecen reconocimiento. Pero son cada vez menos. En cambio, proliferan las encuestadoras de temporada, esas que parecen abrir únicamente cuando hay elecciones y cuyo principal activo no es la estadística… sino la factura.
LA “CHOTEADA”
Ahí están los ejemplos. ¿Quién no recuerda aquellas mediciones donde Chuyita López aparecía como virtual triunfadora ¿La ciudadanía cambiaba de opinión cada dos días? Difícil creerlo. Lo que cambiaba era el cliente.
Y así, entre gráficas de colores, porcentajes milimétricos y fotografías cuidadosamente seleccionadas, algunos pretenden construir candidaturas de papel. El problema es que las urnas no leen boletines de prensa.
Lo curioso es que todos caen en la tentación, panistas, morenistas, emecistas y cualquier partido que aspire a competir. Cuando la encuesta los favorece, la presumen como si fuera palabra divina. Cuando los coloca abajo, entonces resulta que está cuchareada, manipulada o pagada por el adversario. La misma encuesta puede ser “científica” a las diez de la mañana y “basura” a las cuatro de la tarde, dependiendo del resultado.
IRONÍA
Al final, por más encuestas que circulen, por más portadas que compren y por más percepciones que intenten fabricar, la realidad termina imponiéndose. El día de la elección sólo habrá un ganador. Todos los demás serán derrotados. Algunos tendrán la dignidad de reconocerlo y seguir trabajando, otros desaparecerán del mapa político tan rápido como aparecieron las casas encuestadoras que los inflaban.
Porque el dinero puede comprar espectaculares, campañas digitales… e incluso encuestas.
ESO SI QUE NO
Lo único que todavía no puede comprar es el voto libre de una ciudadanía que, aunque muchos no lo crean, cada vez aprende más a distinguir entre la propaganda disfrazada de ciencia y la verdadera voluntad popular.
Como decía mi abuela Petra Navarro: “Las mentiras tienen patas cortas… y las encuestas pagadas, todavía más. El problema es que ambas alcanzan a hacer mucho ruido antes de caerse solas.”
