Aún recuerdo las palabras de doña Petra Navarro Ortiz, mi abuela: “Como te ves me vi, como me ves te verás”, pero ella le añadía: “posiblemente te verás”. Y cuanta razón tenía ella con sus palabras, que eran enseñanza pura y dura.
Seguramente hay historias que no necesitan veneno. Basta con contarlas para que nos ardan por dentro.
EN MANOS DE LA JUSTICIA
En estos días, Puerto Vallarta ha seguido con atención el caso de don Juan Ramírez López. Un asunto que hoy se encuentra en manos de la justicia y sobre el cual serán los tribunales quienes, con las pruebas y conforme a derecho, determinen qué ocurrió realmente.
No me corresponde juzgar a las personas involucradas ni emitir una sentencia desde estas líneas. Para eso existen jueces.
Pero sí me corresponde hacer una pregunta que quizá nos incomode como sociedad: ¿en qué momento dejamos de cuidar a quienes un día nos cuidaron?
SON ESOS TIEMPOS
Vivimos en una época en la que nos indignamos por el maltrato a un perro, o un gatito, nos duele ver un ave con el ala rota y hasta hacemos campañas para rescatar tortugas y lagartos. Y qué bueno que así sea.
Pero, ¿qué pasa con nuestros viejos?
NOS FORJARON
¿Qué pasa con esos hombres y mujeres que levantaron casas ladrillo por ladrillo, que trabajaron toda una vida, que dejaron de comprarse un par de zapatos para que sus hijos estudiaran, que se quitaron el bocado de la boca para que en la mesa nunca faltara comida?
Ellos también merecen protección. Ellos también merecen respeto. Y, sobre todo, merecen tranquilidad.
No sé qué resolverán los tribunales en el caso de don Juan. Lo único que sé es que las imágenes de un adulto mayor enfrentando la posibilidad de perder su hogar nos obligan a mirarnos en un espejo.
VERDADERO PROBLEMA
Porque el problema no empieza cuando aparece un juicio, empieza antes, empieza cuando la ambición vale más que la gratitud, cuando una firma pesa más que un abrazo…
Cuando una escritura termina teniendo más valor que una vida entera de sacrificios.
Mientras veía todo esto, no pude evitar pensar en mi abuela, Petra Navarro.
NO LO HUBIERA HECHO
Jamás se me habría ocurrido hacerle daño. Ni aprovecharme de su confianza, ni verla como la dueña de una casa, para mí era la dueña de mis recuerdos.
Era la mujer que con una sola mirada sabía cuándo uno necesitaba un consejo. La que repartía regaños con justicia y cariño. La que enseñaba que la palabra valía más que cualquier documento firmado ante notario.
Mi abuela nunca dejó una fortuna, nos dejó algo mucho más difícil de heredar: principios.
Y esos principios hoy parecen estar escaseando, los adultos mayores no solo necesitan una pensión. Necesitan leyes que los protejan, autoridades que los escuchen, notarías que extremen cuidados cuando una persona de edad avanzada firma documentos trascendentes, familias que no confundan una herencia con un botín y vecinos que no volteen la mirada cuando perciben que algo no está bien.
Porque el abuso contra un adulto mayor no siempre deja golpes visibles. A veces deja silencios, miedo, a veces deja una profunda sensación de abandono… Y eso también duele mucho.
Algún día todos, sin excepción, llegaremos a viejos.
POR ESO VUELVO Y REPITO
Las manos que hoy trabajan se llenarán de arrugas. La memoria comenzará a fallar. Necesitaremos que alguien nos tome del brazo para cruzar la calle, para hacer un trámite o simplemente para recordar dónde dejamos los lentes.
Ese día cosecharemos exactamente lo que hoy estamos sembrando.
Si hoy enseñamos a nuestros hijos que los abuelos son un estorbo, mañana ellos aprenderán que nosotros también lo seremos.
La vida tiene una extraña manera de devolvernos nuestras lecciones.
UNA SOCIEDAD QUE ABANDONA
Por eso, más allá de expedientes, escrituras y sentencias, ojalá este caso nos haga reflexionar.
Porque una sociedad que abandona a sus adultos mayores termina perdiendo mucho más que una casa.
Pierde la memoria. Pierde sus raíces. Pierde su humanidad. Y cuando una familia cambia el amor por el interés, el verdadero despojo ya no ocurre en un juzgado… ocurre en el corazón.
Abracen a sus viejos, los que aún cuenten con la dicha de tenerlos.
