Hay una paradoja que define el momento que vive el mundo: todos hablan de paz, pero casi nadie actúa para alcanzarla. Cuatro años después del inicio de la invasión rusa a Ucrania, el conflicto se ha convertido en una guerra de desgaste donde los discursos diplomáticos son cada vez más escasos, mientras el lenguaje de las armas domina la agenda internacional.
Lo más preocupante no es que la guerra continúe. Lo verdaderamente inquietante es que parece haberse normalizado. Las noticias sobre bombardeos, nuevas ofensivas, ataques con drones, sanciones económicas o paquetes de ayuda militar se suceden con tal frecuencia que han dejado de provocar el impacto que deberían. La tragedia cotidiana corre el riesgo de convertirse en simple estadística.
Nadie puede desconocer que Rusia violó el derecho internacional al invadir un país soberano. Ese hecho marcó un antes y un después en la seguridad europea y abrió una de las crisis geopolíticas más delicadas desde el fin de la Guerra Fría. Sin embargo, reconocer esa responsabilidad no impide cuestionar la manera en que el conflicto ha evolucionado y, sobre todo, la falta de voluntad de los principales actores para construir una salida política.
Con el paso del tiempo, Ucrania dejó de ser solamente el territorio que resiste una invasión para convertirse en el tablero donde las grandes potencias miden su influencia.
Estados Unidos, la OTAN y sus aliados continúan suministrando armamento, inteligencia y recursos financieros con el argumento de defender la soberanía ucraniana y contener las aspiraciones expansionistas del Kremlin. Del otro lado, Rusia mantiene una estrategia orientada al desgaste, convencida de que el tiempo puede jugar a su favor.
El problema es que, mientras unos y otros calculan ventajas militares, quienes siguen pagando el costo son millones de civiles que han perdido hogares, familias, estabilidad económica y, en demasiados casos, la vida.
Europa tampoco puede ocultar sus contradicciones. Durante años habló de autonomía estratégica y de fortalecer la diplomacia como principal herramienta para resolver conflictos. Hoy, buena parte de sus gobiernos destina presupuestos históricos al gasto militar, convencidos de que la seguridad solo puede garantizarse mediante una capacidad de disuasión cada vez mayor. La consecuencia es evidente: el continente vuelve a colocar la defensa armada en el centro de su proyecto político.
Resulta inevitable preguntarse si el mundo está construyendo condiciones para la paz o simplemente preparándose para un conflicto aún mayor. Porque cada nuevo sistema de armas enviado al frente puede fortalecer una posición militar, pero también aleja la posibilidad de una negociación inmediata.
La llegada de Donald Trump nuevamente a la Casa Blanca ha introducido un elemento adicional de incertidumbre. Sus declaraciones sobre el respaldo estadounidense a Ucrania, su intención de modificar la estrategia seguida por Washington y su particular forma de entender las relaciones internacionales han generado preocupación entre los aliados europeos y expectativas encontradas sobre un eventual cambio de rumbo. Algunos consideran que podría presionar para acelerar negociaciones; otros temen que una reducción del apoyo termine fortaleciendo la posición de Moscú.
Mientras tanto, la Organización de las Naciones Unidas observa desde la barrera. Las resoluciones se acumulan, los llamados al diálogo se repiten y las sesiones extraordinarias se suceden sin modificar el curso de los acontecimientos. La ONU vuelve a exhibir sus profundas limitaciones cuando los intereses de las grandes potencias bloquean cualquier posibilidad de acción efectiva.
Su incapacidad para detener una guerra de esta magnitud obliga a replantear el verdadero alcance del sistema internacional construido después de la Segunda Guerra Mundial.
No deja de llamar la atención que, conforme aumenta el gasto militar, disminuya el espacio destinado a la diplomacia. Se anuncian nuevos paquetes de armamento con rapidez, mientras las iniciativas serias de negociación aparecen de forma aislada y sin respaldo suficiente. Pareciera que la comunidad internacional ha aceptado la prolongación indefinida del conflicto como si fuera una condición inevitable.
Las guerras, sin embargo, nunca son inevitables para siempre. Todas terminan. Ningún conflicto armado ha sido eterno. La diferencia radica en el momento en que los gobiernos deciden que el costo político de negociar es menor que el costo humano de seguir combatiendo.
La historia demuestra que los acuerdos de paz casi nunca satisfacen plenamente a ninguna de las partes. Exigen concesiones, renuncias y decisiones impopulares. Precisamente por ello requieren liderazgo político. Lo fácil es mantener la confrontación alimentando discursos nacionalistas. Lo difícil es sentarse frente al adversario y asumir el desgaste que implica construir un acuerdo.
Hoy ese liderazgo brilla por su ausencia. Rusia insiste en la lógica de la fuerza. Ucrania mantiene su legítima defensa con el respaldo occidental. Estados Unidos redefine sus prioridades estratégicas. Europa incrementa su capacidad militar. La OTAN fortalece su presencia. Y la diplomacia permanece relegada a un segundo plano.
En medio de ese escenario, la pregunta resulta inevitable: ¿quién está trabajando realmente por la paz?
Porque una negociación no significa premiar al agresor ni renunciar a la justicia. Significa reconocer que ninguna guerra puede prolongarse indefinidamente sin consecuencias devastadoras para generaciones enteras. La paz no puede seguir siendo una palabra utilizada únicamente en los discursos oficiales mientras las decisiones concretas apuntan en sentido contrario.
Quizá la mayor tragedia no sea únicamente la destrucción material de Ucrania ni el elevado número de víctimas. La mayor tragedia es que el mundo parece haberse acostumbrado a vivir con una guerra permanente, administrando sus consecuencias en lugar de resolver sus causas.
La historia también demuestra que todas las guerras terminan alrededor de una mesa de negociación. La diferencia es cuántas vidas se pierden antes de que los líderes acepten sentarse. Hoy, esa mesa sigue vacía. No porque la paz sea imposible, sino porque para demasiados actores el conflicto continúa siendo políticamente útil, estratégicamente conveniente y, para algunos, incluso económicamente rentable. Mientras tanto, millones de personas siguen pagando el precio de una guerra que, paradójicamente, parece tener un objetivo que nadie está dispuesto a perseguir: la paz.
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