El equipo exitoso puede ganar hoy.
La institución sólida aspira a seguir existiendo dentro de veinte, treinta o cincuenta años.
Por eso las grandes organizaciones heredan algo más importante que los campeonatos.
Heredan responsabilidades.
Los Mazón heredaron una responsabilidad.
Los Ley heredaron una responsabilidad.
Los Toledo heredaron una responsabilidad.
Los Maiz heredaron una responsabilidad.
Los Valenzuela heredaron una responsabilidad.
Alfredo Harp asumió una responsabilidad histórica con Diablos.
Y cada generación de dirigentes recibe la obligación de entregar la organización mejor de como la recibió.
En ese contexto resulta imposible no mencionar el caso de Charros de Jalisco. Hoy representa una realidad singular dentro del deporte profesional mexicano. Es la única organización que participa simultáneamente en las dos principales ligas profesionales del país. Invierno y verano. Dos temporadas. Dos competencias. Una misma marca. Una misma identidad. Una misma afición. Esa condición no garantiza por sí sola el éxito futuro, pero sí permite pensar que Charros ha dejado de ser un proyecto para convertirse en una institución con posibilidades reales de permanencia generacional. Los esfuerzos de José Guillermo Cosío Gaona y sus socios, de Álvaro Lebrija y su grupo, de Adalberto Ortega Solís y quienes lo acompañaron, de Salvador Quirarte y sus colaboradores, y actualmente de José Luis González Íñigo e Íñigo González Covarrubias, forman parte de una misma construcción institucional que hoy permite a Charros ocupar un lugar privilegiado dentro del beisbol mexicano.
Sin embargo, una vez superada la prueba de la permanencia aparece otra todavía más difícil.
Crecer.
Trascender.
Expandir la influencia.
Construir identidad más allá de las fronteras regionales.
Porque el beisbol mexicano ya cuenta con organizaciones sólidas. Ya cuenta con aficiones leales. Ya cuenta con estadios modernos. Ya cuenta con empresarios comprometidos. Pero todavía existe una frontera por conquistar.
Las grandes rivalidades constituyen un elemento indispensable para ese crecimiento. Son las que generan conversación permanente, fortalecen la identidad de las aficiones y añaden sabor al espectáculo. En el Pacífico, Naranjeros y Tomateros construyeron durante décadas una de las rivalidades más importantes del beisbol mexicano. Charros, por su parte, ya forma parte de ese grupo de antagonismos deportivos de alto voltaje gracias a la intensidad que ha adquirido su confrontación con Tomateros y, en menor medida, con Naranjeros. En el verano se está escribiendo una nueva historia. La competencia con Toros de Tijuana ha comenzado a generar ingredientes de rivalidad deportiva, mientras que los enfrentamientos con Sultanes de Monterrey y Diablos Rojos del México tienen todos los elementos para convertirse gradualmente en algunas de las rivalidades más atractivas de la Liga Mexicana de Beisbol. Ese tipo de confrontaciones enriquecen el espectáculo, fortalecen la identidad de las organizaciones y ayudan a consolidar la pasión de las aficiones.
También existe una tarea pendiente en materia de comunicación. Los medios tradicionales siguen siendo importantes, pero ya no bastan. El beisbol mexicano necesita una presencia todavía más intensa en redes sociales, plataformas digitales, contenidos audiovisuales y espacios dirigidos a las nuevas generaciones. No basta con informar. Hay que emocionar. Hay que generar conversación. Hay que construir comunidad.
Y junto con ello aparece otro desafío fundamental: conquistar permanentemente a niños y jóvenes sin perder el respaldo de la gran afición madura que durante décadas ha sostenido al beisbol mexicano. Ninguna organización puede aspirar a trascender generaciones si no logra renovar constantemente a sus seguidores. El futuro del beisbol pasa por las ligas infantiles, las academias, las clínicas deportivas, las visitas escolares, la convivencia con jugadores y la capacidad de generar identificación emocional desde edades tempranas.
Existe además una realidad que durante mucho tiempo fue mal entendida y que hoy debe aprovecharse como una fortaleza. La doble afición. Durante años se pensó que seguir a las Grandes Ligas podía restarle seguidores al beisbol mexicano. La realidad ha demostrado exactamente lo contrario. Los aficionados más apasionados suelen seguir simultáneamente a un equipo de las ligas mexicanas y a otro de MLB. Es perfectamente normal encontrar seguidores de Toros y Padres, de Charros y Dodgers, de Charros y Yankees, de Sultanes y Astros, de Diablos y Red Sox, de Naranjeros y Dodgers o de Tomateros y Yankees. Una pasión alimenta a la otra. Quien consume más beisbol termina fortaleciendo toda la cultura beisbolera.
Y quizá ahí aparezca el siguiente gran desafío para las organizaciones más sólidas del país.
Construir una presencia nacional.
Porque, siendo honestos, ninguna organización beisbolera posee todavía un alcance emocional comparable al que algunas instituciones han logrado en el futbol mexicano. Diablos probablemente sea la marca más cercana a ello. Tigres construyó durante décadas una afición multirregional. Naranjeros, Tomateros y Charros tienen enorme presencia en amplias zonas del país. Toros continúa ampliando su alcance. Pero el reto sigue ahí.
La verdadera prueba de una organización consiste en permanecer.
Pero una vez superada esa prueba aparece otra todavía más difícil.
Convertirse en una institución capaz de trascender su propia ciudad, ampliar su influencia, fortalecer rivalidades, conquistar nuevas generaciones y construir una identidad que viaje mucho más allá de las fronteras regionales.
Porque permanecer es difícil.
Crecer es aún más complicado.
Y lograr que una organización trascienda generaciones enteras y se convierta en parte de la identidad deportiva de un país constituye, quizá, la victoria más importante de todas.
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