Hay acuerdos que se firman para ganar tiempo y hay acuerdos que se firman porque ya no queda otra salida. El entendimiento que Irán y Estados Unidos intentan construir después de meses de tensión, amenazas y enfrentamientos parece pertenecer a esta segunda categoría.
Desde Teherán se esfuerzan por presentar el eventual memorando como una demostración de fortaleza. El discurso oficial insiste en que la República Islámica resistió la presión, soportó la guerra, evitó la derrota y obligó a Washington a sentarse nuevamente a negociar. Es el relato que cualquier gobierno intentaría construir después de una crisis de semejante magnitud. El problema es que la realidad suele ser menos generosa que la propaganda.
Cuando un país llega a una mesa de negociación después de una guerra devastadora, con una economía debilitada, una moneda castigada, sanciones que siguen estrangulando sectores enteros de su actividad productiva y una sociedad cada vez más cansada de las privaciones, resulta complicado hablar de victoria. Sobre todo cuando una parte importante de quienes respaldan al régimen llevaba meses rechazando cualquier acercamiento con Estados Unidos y acusando de traición a quienes promovían la vía diplomática.
La verdad es que ni Washington ni Teherán llegan a esta negociación desde una posición de triunfo absoluto. Ambos llegan porque los costos de seguir escalando el conflicto se volvieron demasiado altos.
Sin embargo, cuando se observa con detenimiento quién gana más y quién pierde más con este trato, la balanza parece inclinarse de manera bastante clara.
El principal ganador es Estados Unidos.
No necesariamente porque haya derrotado militarmente a Irán ni porque haya conseguido todos sus objetivos estratégicos. Gana porque logra algo que ha perseguido durante años: contener las ambiciones regionales iraníes sin verse arrastrado a una guerra prolongada en Medio Oriente.
Para Washington, cualquier acuerdo que limite el desarrollo nuclear iraní, reduzca tensiones y disminuya el riesgo de una confrontación directa representa una victoria política considerable. Más aún para un presidente como Donald Trump, que durante mucho tiempo prometió proyectar fuerza internacional sin comprometer a Estados Unidos en nuevos conflictos interminables.
Trump puede presentar el acuerdo ante su electorado como una prueba de liderazgo. Puede afirmar que la presión económica funcionó, que la firmeza dio resultados y que Irán terminó aceptando condiciones que antes rechazaba. En política, la percepción suele importar tanto como los hechos, y en ese terreno la Casa Blanca tiene margen para vender la narrativa de un éxito diplomático.
También gana la estabilidad internacional. Aunque suene abstracto, el mundo entero tiene interés en evitar una conflagración regional. Una guerra abierta entre Estados Unidos e Irán tendría consecuencias inmediatas sobre los mercados energéticos, las cadenas de suministro, las rutas comerciales y la seguridad de buena parte del planeta.
Los precios del petróleo, por ejemplo, son extraordinariamente sensibles a cualquier conflicto en el Golfo Pérsico. Cada misil lanzado en esa región tiene repercusiones económicas que terminan sintiéndose desde Europa hasta América Latina. Reducir ese riesgo beneficia a prácticamente todos.
Pero si hay un actor que obtiene alivio inmediato es el gobierno iraní.
Y aquí aparece una paradoja interesante.
El régimen gana porque sobrevive.
No gana porque salga fortalecido. No gana porque amplíe su influencia. No gana porque derrote a sus adversarios. Gana porque logra mantenerse en pie.
Durante meses existió la posibilidad de que la presión combinada de las sanciones, los enfrentamientos militares y el creciente descontento interno colocaran a las autoridades iraníes frente a una crisis existencial. Algunos grupos opositores, dentro y fuera del país, llegaron a imaginar que la coyuntura podía convertirse en el inicio de un cambio de régimen.
Eso no ocurrió.
La estructura política iraní resistió.
El sistema mostró una capacidad de supervivencia mucho mayor de la que muchos observadores occidentales pronosticaban. Y esa sola circunstancia ya constituye una victoria parcial para quienes gobiernan en Teherán.
Pero también es cierto que el régimen paga un precio elevado por mantenerse.
Porque una cosa es sobrevivir y otra muy distinta salir fortalecido.
La dirigencia iraní deberá explicar a sus sectores más radicales por qué terminó negociando con el mismo país que durante décadas presentó como el gran enemigo. Tendrá que convencer a millones de ciudadanos de que los sacrificios realizados produjeron beneficios concretos. Tendrá que demostrar que las concesiones otorgadas valieron la pena.
Y esa tarea puede resultar más difícil que la propia negociación.
Los grandes perdedores parecen ser precisamente los sectores más extremistas de ambos lados.
Pierden quienes apostaban por una confrontación total.
Pierden quienes imaginaban una derrota definitiva del adversario.
Pierden quienes durante años construyeron su influencia política alimentando la hostilidad permanente.
En Irán, los grupos que rechazaban cualquier acuerdo con Washington tendrán que aceptar una realidad incómoda: incluso los gobiernos revolucionarios terminan negociando cuando las circunstancias lo exigen.
En Estados Unidos, quienes esperaban una política de máxima presión sin espacio para el diálogo también deberán reconocer que la diplomacia sigue siendo una herramienta indispensable del poder.
Hay además otro perdedor silencioso: la idea de que los conflictos modernos pueden resolverse mediante victorias absolutas.
La historia reciente demuestra exactamente lo contrario.
Afganistán, Irak, Siria, Libia y ahora el caso iraní muestran que las potencias pueden destruir infraestructura, imponer sanciones, ejercer presión militar y alterar equilibrios regionales, pero rara vez consiguen imponer soluciones definitivas.
Por eso este acuerdo, si finalmente se concreta, no debe interpretarse como una victoria total de una parte sobre la otra. Se parece más a una tregua negociada entre dos actores que descubrieron que continuar el enfrentamiento resultaba más costoso que buscar una salida política.
Estados Unidos obtiene ventajas estratégicas importantes y probablemente salga mejor posicionado en términos internacionales. Irán conserva la continuidad de su régimen y gana oxígeno para enfrentar sus problemas internos. Ambos reclaman haber triunfado porque ambos necesitan hacerlo.
Pero detrás de los discursos oficiales existe una realidad menos espectacular y mucho más humana: cuando termina una crisis de esta magnitud, los verdaderos vencedores no suelen ser los gobiernos ni los líderes políticos. Los que realmente ganan son los ciudadanos que logran evitar otra guerra.
Y después de todo lo ocurrido, esa puede ser la única victoria que importe.
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