La decisión de involucrarse militarmente en Irán podría convertirse en el mayor error de política exterior de Donald Trump. No porque el régimen iraní despierte simpatías en Occidente ni porque sus acciones en la región hayan sido precisamente pacíficas. El problema es otro. La cuestión fundamental es que una intervención de esta naturaleza puede generar exactamente el efecto contrario al que se pretendía alcanzar.
Durante décadas, Estados Unidos construyó una estrategia global basada en una combinación de poder militar, influencia económica y capacidad de disuasión. La lógica era relativamente sencilla: convencer a adversarios y aliados de que Washington poseía la fuerza suficiente para imponer costos insoportables a quienes desafiaran el orden internacional que ayudó a construir después de la Segunda Guerra Mundial.
Sin embargo, la disuasión no depende únicamente de la capacidad de atacar. También requiere demostrar prudencia, racionalidad y claridad estratégica. Cuando una potencia utiliza la fuerza sin resultados concluyentes o se involucra en conflictos cuyos costos superan los beneficios, la percepción de invulnerabilidad comienza a erosionarse.
Eso fue lo que ocurrió en Vietnam. También sucedió en Irak y Afganistán. Y podría repetirse ahora.
La experiencia demuestra que derrotar militarmente a un país es una cosa. Transformar su comportamiento político es otra completamente distinta. La historia reciente de Medio Oriente ofrece suficientes lecciones para entender que los conflictos rara vez terminan cuando se destruyen instalaciones militares o se eliminan objetivos estratégicos.
Por el contrario, suelen abrir nuevas etapas de inestabilidad.
Lo preocupante es que esta confrontación llega en un momento particularmente delicado para la posición global estadounidense. El mundo ya no es el mismo que existía hace veinte o treinta años. La capacidad de Washington para actuar unilateralmente enfrenta límites cada vez más visibles. El ascenso de China, la consolidación de nuevas alianzas regionales y la creciente autonomía de diversas potencias medias han modificado el equilibrio internacional.
En ese contexto, cada error estratégico adquiere consecuencias más profundas.
Uno de los efectos menos visibles, pero potencialmente más importantes, se encuentra en las relaciones con las monarquías árabes del Golfo. Durante años, países como Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Qatar y Bahréin construyeron buena parte de su estabilidad económica y política sobre una premisa fundamental: la protección estadounidense.
Ese respaldo permitía presentar a la región como un espacio relativamente seguro para la inversión internacional, el comercio energético y el desarrollo de megaproyectos destinados a diversificar economías tradicionalmente dependientes del petróleo.
Ahora esa percepción enfrenta un golpe severo.
Las tensiones regionales generan incertidumbre. Los mercados reaccionan con nerviosismo. Los inversionistas observan con cautela. Los planes de transformación económica que buscan convertir a ciudades del Golfo en centros financieros, tecnológicos y turísticos globales dependen de una condición básica: la estabilidad.
Cuando esa estabilidad se tambalea, los costos aparecen de inmediato.
Por eso no resulta extraño que, lejos de las declaraciones públicas, algunos funcionarios árabes comiencen a plantear conversaciones que hace apenas unos años habrían parecido impensables. La necesidad de encontrar mecanismos de convivencia con Irán ya no surge solamente de consideraciones diplomáticas. Responde también a una lógica de supervivencia económica.
Nadie puede cambiar de vecino.
Irán seguirá estando ahí mañana, el próximo año y dentro de varias décadas. Compartirá fronteras marítimas, intereses comerciales y desafíos de seguridad con los países del Golfo independientemente de quién ocupe la Casa Blanca.
Por esa razón, algunos gobiernos de la región podrían concluir que depender exclusivamente de Washington representa un riesgo demasiado grande.
La diversificación de alianzas empieza entonces a parecer una alternativa razonable.
Y ahí aparece otro de los grandes beneficiarios potenciales de esta crisis: China.
Mientras Estados Unidos concentra recursos, atención política y capacidades militares en una nueva confrontación en Medio Oriente, Pekín observa cuidadosamente desde la distancia.
No necesita intervenir. No necesita enviar tropas. No necesita asumir los costos políticos de la guerra.
Le basta con analizar.
China ha dedicado los últimos años a expandir su influencia económica, tecnológica y diplomática en múltiples regiones del planeta. Su estrategia suele ser mucho menos espectacular que la estadounidense, pero también más paciente.
Mientras Washington combate, Pekín negocia.
Mientras unos destinan miles de millones de dólares a operaciones militares, otros invierten en infraestructura, puertos, rutas comerciales y acuerdos energéticos.
La guerra ofrece además una oportunidad adicional para el liderazgo chino: estudiar las fortalezas y debilidades reales de la maquinaria militar estadounidense.
Cada misil lanzado, cada sistema defensivo utilizado y cada operación desplegada proporciona información valiosa. Más aún cuando se trata de armamento sofisticado cuya producción requiere años, cadenas de suministro complejas y presupuestos gigantescos.
Las reservas militares no son infinitas.
Reponer ciertos sistemas avanzados puede tomar largos periodos. En un escenario internacional cada vez más competitivo, el desgaste de esos recursos constituye un factor que no pasa desapercibido para los estrategas chinos.
Particularmente cuando el principal foco de atención de Pekín continúa siendo el Indo-Pacífico y el delicado equilibrio alrededor de Taiwán.
La gran paradoja es que una operación diseñada para demostrar fortaleza podría terminar revelando vulnerabilidades.
No sería la primera vez.
Las grandes potencias suelen cometer errores precisamente cuando llegan a convencerse de que su superioridad les permite ignorar las advertencias de la historia. La confianza excesiva ha sido el preludio de numerosos tropiezos geopolíticos.
Roma lo aprendió. El Imperio Británico también. La Unión Soviética descubrió sus límites en Afganistán.
Ninguna nación está exenta de esa realidad.
Por supuesto, todavía es pronto para conocer el desenlace definitivo de esta crisis. Los acontecimientos continúan desarrollándose y los escenarios posibles siguen siendo numerosos. Pero ya comienzan a aparecer señales que merecen atención.
La pregunta central no es si Estados Unidos posee la capacidad de infligir daño a Irán. Nadie duda de ello.
La verdadera interrogante es si esta guerra contribuirá a fortalecer la posición estadounidense en el mundo o si terminará acelerando tendencias que ya estaban en marcha: el desgaste de su influencia, la búsqueda de alternativas por parte de sus aliados y el fortalecimiento gradual de sus competidores estratégicos.
Porque al final, las guerras no se juzgan por los discursos que las justifican ni por las imágenes de poder que proyectan en sus primeros días.
Se juzgan por sus consecuencias.
Y esas consecuencias suelen ser mucho más difíciles de controlar que los primeros disparos.
