El mundo está gastando cantidades extraordinarias de dinero para construir el futuro mientras comienza a tener dificultades para pagar las cuentas del presente. Gobiernos endeudados, energía sometida a tensiones internacionales, empresas tecnológicas que invierten miles de millones de dólares en inteligencia artificial y una población que escucha promesas de prosperidad mientras continúa preocupada por el precio de los alimentos, la vivienda y los servicios básicos. La contradicción es tan evidente que resulta difícil entender cómo durante tanto tiempo se ha presentado como una situación perfectamente sostenible.
La directora gerente del Fondo Monetario Internacional, Kristalina Georgieva, volvió a colocar sobre la mesa una advertencia que merece bastante más atención de la que suelen recibir los discursos de los organismos financieros. La economía mundial enfrenta simultáneamente presiones derivadas del endeudamiento público, la incertidumbre energética y una expansión acelerada de la inteligencia artificial cuyos beneficios todavía están lejos de distribuirse de manera equilibrada.
Cada uno de esos desafíos sería suficientemente complicado por separado. Juntos forman una combinación particularmente delicada.
Durante años, numerosos países encontraron una fórmula políticamente cómoda: financiar con deuda aquello que no podían cubrir con sus ingresos. Había razones justificadas para hacerlo. Las crisis financieras, la pandemia, los conflictos internacionales y las emergencias sociales exigieron respuestas extraordinarias. El problema es que lo extraordinario terminó convirtiéndose en una práctica habitual y ahora buena parte de los presupuestos nacionales está comprometida con obligaciones adquiridas mucho antes de que los actuales gobernantes llegaran al poder.
Las deudas, a diferencia de las promesas electorales, no desaparecen cuando cambia un gobierno.
Estados Unidos, Japón y varias economías europeas enfrentan presiones fiscales considerables. Los países de menores ingresos tienen una situación todavía más complicada porque suelen pagar intereses más elevados y disponen de menos recursos para proteger a su población. En algunos casos, destinar mayores cantidades al servicio de la deuda significa reducir el margen para construir hospitales, mejorar escuelas o desarrollar infraestructura.
Es una paradoja difícil de justificar: los gobiernos piden prestado para ofrecer bienestar, pero llega un momento en que pagar lo prestado limita precisamente su capacidad para proporcionarlo.
Y mientras los ministros de Hacienda buscan cómo equilibrar las cuentas, la economía real continúa enfrentando problemas que no pueden resolverse simplemente modificando las tasas de interés.
La energía es uno de ellos.
Los conflictos internacionales, las tensiones comerciales y la incertidumbre sobre las rutas de suministro mantienen a los mercados energéticos expuestos a movimientos bruscos. Cada incremento importante en los combustibles termina extendiéndose a actividades que aparentemente no tienen relación con el petróleo. Producir alimentos, transportarlos, fabricar medicamentos, operar industrias o mantener funcionando una ciudad requiere electricidad y combustibles.
Los efectos se trasladan de una actividad a otra hasta llegar al consumidor, que difícilmente distingue si el aumento de precios comenzó en un conflicto militar, una refinería o una decisión de política monetaria.
Lo único que sabe es que su dinero alcanza para menos.
En medio de ese escenario aparece la inteligencia artificial, presentada como la gran oportunidad económica de nuestra época.
No hay duda de que estamos frente a una transformación tecnológica extraordinaria. La inteligencia artificial puede modificar procesos productivos, acelerar investigaciones científicas, mejorar diagnósticos médicos, transformar la educación y elevar la productividad de numerosas actividades. Negar ese potencial sería tan absurdo como haber rechazado en su momento la electricidad o las computadoras.
Pero una cosa es reconocer sus posibilidades y otra muy distinta aceptar sin cuestionamientos el entusiasmo financiero que se ha construido alrededor de ellas.
Las grandes compañías tecnológicas están destinando cantidades enormes a centros de datos, procesadores, redes eléctricas e infraestructura digital. Algunas de esas inversiones probablemente producirán avances que hoy apenas podemos imaginar. Otras podrían no generar los rendimientos esperados.
El problema es que los mercados financieros parecen comportarse en ocasiones como si buena parte de esas ganancias futuras estuviera prácticamente garantizada.
Y no lo está.
Una decepción en los resultados de las empresas vinculadas con la inteligencia artificial podría tener consecuencias financieras mucho más amplias que las pérdidas de una compañía. No se trata de anunciar el estallido de una burbuja, sino de reconocer que cuando las expectativas crecen demasiado rápido, cualquier diferencia entre lo prometido y lo conseguido puede provocar ajustes importantes.
La historia económica está llena de innovaciones verdaderamente revolucionarias que también estuvieron acompañadas de excesos especulativos. Los ferrocarriles transformaron el comercio, internet cambió la comunicación y la electricidad modificó la civilización. Ninguna de esas transformaciones impidió que numerosos inversionistas perdieran fortunas durante las etapas de entusiasmo desmedido.
La tecnología puede tener futuro y una inversión concreta resultar equivocada. Ambas cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo.
Hay además una contradicción que pocas veces ocupa el centro de la discusión. La inteligencia artificial necesita cantidades crecientes de energía precisamente cuando el mundo enfrenta dificultades para garantizar suministros suficientes, estables y a precios razonables.
Los centros de datos no funcionan con expectativas. Necesitan electricidad, agua para determinados sistemas de enfriamiento, infraestructura de transmisión y recursos materiales. La revolución digital tiene una dimensión física que suele desaparecer detrás de las pantallas y de los discursos sobre innovación.
Y alguien tendrá que pagarla.
Los gobiernos compiten por atraer inversiones tecnológicas, ofrecen incentivos fiscales, prometen infraestructura y presentan cada nuevo proyecto como una oportunidad histórica. Es comprensible. Ningún país quiere quedarse fuera de una transformación que podría definir la competitividad de las próximas décadas.
Pero también resulta legítimo preguntar cuánto costará esa carrera y quién terminará recibiendo sus beneficios.
Si una empresa automatiza procesos, reduce costos y aumenta sus ganancias, ¿esa mayor productividad se traducirá en mejores salarios? ¿Permitirá jornadas laborales menos extensas? ¿Generará nuevas oportunidades para quienes pierdan sus empleos? ¿O simplemente concentrará todavía más riqueza en los propietarios de la tecnología?
La respuesta no está escrita.
Dependerá de decisiones empresariales, políticas públicas, educación, competencia económica y capacidad de adaptación de los trabajadores. Presentar la inteligencia artificial como una garantía automática de prosperidad sería tan ingenuo como suponer que inevitablemente provocará desempleo masivo.
Lo que sí sabemos es que las transformaciones tecnológicas no distribuyen sus beneficios de manera espontánea ni necesariamente justa.
Y aquí aparece uno de los problemas más profundos de la economía contemporánea. Mientras una parte del mundo discute inversiones multimillonarias en infraestructura digital, otra continúa enfrentando dificultades para financiar servicios públicos elementales. Mientras las grandes corporaciones compiten por desarrollar sistemas cada vez más sofisticados, millones de personas carecen de las habilidades necesarias para incorporarse a los empleos que están surgiendo.
No basta con inventar el futuro. También hay que preparar a la sociedad para vivir en él.
Para países como México, esa discusión debería resultar especialmente relevante. La cercanía comercial con Estados Unidos, la integración industrial y las posibilidades de atraer inversiones tecnológicas representan oportunidades reales. Sin embargo, aprovecharlas exige mucho más que inaugurar parques industriales o anunciar nuevos centros de datos.
Se necesita electricidad suficiente, infraestructura, certidumbre jurídica, formación especializada y una política educativa capaz de responder a transformaciones que avanzan mucho más rápido que los programas tradicionales de enseñanza.
De otra manera, podríamos terminar celebrando inversiones extraordinarias mientras seguimos importando el talento necesario para operarlas o limitándonos a proporcionar mano de obra para actividades de menor valor agregado.
El problema de fondo es que buena parte de la economía mundial parece organizada alrededor de una promesa permanente: el crecimiento futuro permitirá resolver los desequilibrios actuales. La deuda será manejable porque la economía crecerá. Las inversiones tecnológicas serán rentables porque la productividad aumentará. Los costos energéticos podrán absorberse porque surgirán nuevas fuentes y sistemas más eficientes.
Todo eso puede ocurrir. Pero también puede suceder más lentamente de lo esperado, de manera desigual o con costos sociales que nadie quiso calcular oportunamente.
Los gobiernos deberían recordar que la confianza económica no se construye únicamente anunciando grandes proyectos. También depende de la capacidad para administrar responsablemente los recursos públicos, reconocer límites y explicar a los ciudadanos quién paga las decisiones que se toman en su nombre.
La inteligencia artificial puede transformar el mundo. Sería absurdo negarlo. Pero no puede sustituir la disciplina fiscal, eliminar por sí sola la desigualdad ni resolver los conflictos geopolíticos que encarecen la energía y desestabilizan el comercio.
Mucho menos puede garantizar que la riqueza que produzca llegue a quienes más la necesitan.
Quizá el mayor riesgo de nuestra época no sea que falten innovaciones, sino que estemos confiando demasiado en ellas para corregir problemas que requieren decisiones políticas desde ahora.
Porque el mundo puede seguir endeudándose, financiando nuevas tecnologías y apostando a una prosperidad extraordinaria. Lo que no puede hacer indefinidamente es confundir las expectativas con los resultados.
El futuro todavía no genera todos los ingresos que le estamos atribuyendo.
Pero las cuentas del presente ya comenzaron a llegar.
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