Hay una palabra que se ha convertido en una especie de fantasma sobre Europa: escalada. Desde hace semanas, las advertencias sobre la posibilidad de que Rusia intente poner a prueba la capacidad de respuesta de la OTAN han adquirido mayor fuerza. Informes estadounidenses han planteado escenarios en los que Moscú podría intentar medir hasta dónde está dispuesto a llegar Occidente. Al mismo tiempo, Rusia rechaza esas versiones y Donald Trump ha asegurado que Vladimir Putin no atacará territorio de la OTAN. El problema es que la historia está llena de conflictos que comenzaron con una provocación que nadie creyó capaz de convertirse en una guerra.
La lógica de Putin parece tener una característica clara: probar los límites. No necesariamente necesita iniciar una guerra abierta contra la OTAN. Puede recurrir a operaciones cibernéticas, sabotaje, campañas de desinformación, presión sobre países fronterizos o acciones diseñadas para generar dudas sobre la capacidad de respuesta occidental. El objetivo no tendría que ser conquistar territorio. Bastaría con demostrar que la alianza puede dividirse. Y ahí está el verdadero peligro.
La fortaleza de la OTAN no depende únicamente de sus armas. Depende de la certeza de que sus miembros responderán juntos. Si esa certeza desaparece, la organización pierde parte de su capacidad de disuasión. Rusia lo sabe. Estados Unidos lo sabe. Europa también. Por eso la guerra de Ucrania es mucho más importante de lo que parece. No solamente está en disputa el futuro de Ucrania. También se está definiendo qué tan caro resulta desafiar el orden de seguridad europeo.
Pero hay otro elemento que debería preocuparnos: el cansancio. Las democracias occidentales tienen sociedades que empiezan a preguntarse cuánto tiempo pueden sostener el esfuerzo militar y económico. Las elecciones cambian gobiernos. Los gobiernos cambian prioridades. Los contribuyentes empiezan a cuestionar gastos. Y los conflictos prolongados pierden espacio frente a los problemas domésticos. Putin juega con el tiempo. Rusia puede pensar en términos de años. Las democracias suelen pensar en términos electorales. Esa diferencia es enorme.
Ucrania, mientras tanto, continúa enfrentando ataques contra infraestructura, instalaciones energéticas y ciudades. El conflicto parece entrar en una etapa donde ninguno de los dos bandos puede obtener fácilmente una victoria definitiva, pero ambos tienen incentivos para seguir luchando. Ese es quizá el peor escenario: una guerra que nadie puede ganar, pero que nadie quiere perder. Y mientras esa dinámica continúe, cada nuevo ataque aumenta el riesgo de que un incidente termine involucrando directamente a países que hasta ahora han intentado mantenerse dentro de los límites de la confrontación indirecta.
En estas circunstancias, la diplomacia adquiere una importancia que a veces se olvida. No porque negociar sea señal de debilidad, sino precisamente porque negociar puede evitar que una guerra termine ampliándose. Trump parece querer asumir ese papel. Su relación con Putin es complicada y llena de incertidumbre, pero Washington continúa explorando canales de comunicación. Incluso se ha reportado que el director de la CIA, John Ratcliffe, planteó durante su reciente visita a Moscú la posibilidad de una reunión entre Trump, Putin y Volodímir Zelenski.
Una reunión de ese nivel no garantizaría la paz, pero podría abrir una puerta. Y en política internacional, a veces una puerta abierta vale más que cien discursos. El problema es que una negociación entre los grandes actores tampoco puede construirse ignorando a quienes han pagado el costo más alto del conflicto. Ucrania no puede ser tratada simplemente como una pieza dentro de una negociación entre Washington y Moscú, porque cualquier acuerdo que defina su territorio, su seguridad o su futuro político tendrá consecuencias directas para millones de ucranianos.
Ahí está uno de los grandes dilemas para Trump. Si consigue acercar posiciones con Putin, podrá presentar el resultado como una victoria diplomática y como una demostración de que Estados Unidos puede volver a ocupar el centro de las decisiones internacionales. Pero si el acuerdo termina siendo percibido como una concesión excesiva a Moscú, el costo político puede ser considerable. Para Europa, la cuestión todavía es más delicada: cualquier arreglo que deje a Rusia con la sensación de haber obtenido beneficios mediante la fuerza podría convertirse en un precedente peligroso.
Europa, sin embargo, no puede quedarse esperando que Washington resuelva todo. La guerra le enseñó una lección incómoda: depender completamente de otro país para garantizar la seguridad propia tiene un precio. Europa necesita fortalecer su capacidad militar, pero también necesita recuperar capacidad diplomática. Porque si algo ha demostrado esta guerra es que tener armas no necesariamente significa saber cómo terminar una guerra. Y quizá una de las mayores debilidades europeas sea precisamente esa: tiene recursos económicos, tecnología, instituciones y capacidad militar, pero durante demasiado tiempo dejó que la estrategia de seguridad descansara fundamentalmente en Washington.
Ahora la realidad obliga a cambiar esa comodidad. Alemania, Francia, Polonia y otros países europeos tienen que decidir cuánto están dispuestos a invertir en defensa, qué relación quieren mantener con Estados Unidos y cómo enfrentarán una Rusia que seguirá siendo un vecino incómodo aun cuando algún día termine la guerra en Ucrania. Porque incluso si mañana se firmara un acuerdo de paz, Rusia no desaparecería del mapa y Europa tendría que aprender a convivir con ella durante las próximas décadas.
Y mientras tanto, el mundo observa. China observa la respuesta de Occidente. Irán observa la reacción estadounidense. Corea del Norte observa la resistencia internacional. Otros gobiernos observan qué sucede cuando una potencia desafía el sistema. Por eso Ucrania es una prueba. No solamente para Putin. También para Occidente.
La pregunta no es si Rusia tiene intención de atacar mañana a la OTAN. La pregunta realmente importante es si la alianza está preparada para evitar que Moscú crea que puede hacerlo sin consecuencias. Porque en geopolítica, muchas veces la guerra comienza mucho antes del primer disparo. Comienza cuando alguien deja de creer que el otro será capaz de responder.
Y existe otro riesgo que no deberíamos perder de vista: que la incertidumbre se convierta en parte permanente del sistema internacional. Un mundo donde los países viven esperando la siguiente provocación, el siguiente ataque cibernético, el siguiente movimiento militar o la siguiente amenaza nuclear es un mundo mucho más inestable, incluso cuando aparentemente no hay una guerra abierta. La paz no consiste únicamente en que no haya misiles cruzando fronteras. También requiere que los gobiernos tengan suficientes canales de comunicación para evitar que un error termine convertido en una tragedia.
Por eso la prueba para Putin no consiste solamente en saber hasta dónde puede avanzar. También consiste en saber si puede conseguir objetivos políticos sin llevar a Europa a una confrontación directa. Y la prueba para Occidente tampoco consiste únicamente en demostrar que tiene capacidad militar. Consiste en demostrar que puede mantener la unidad, sostener la presión y, al mismo tiempo, construir una salida diplomática.
Porque una potencia verdaderamente fuerte no es la que solamente sabe responder a una provocación. Es la que consigue que su adversario piense dos veces antes de provocarla y que, llegado el momento, también tiene la inteligencia para saber cuándo ha llegado la hora de negociar.
La historia terminará juzgando quién tuvo razón en esta guerra. Pero antes de que llegue ese juicio, todavía hay una tarea mucho más urgente: impedir que una guerra entre Rusia y Ucrania termine convirtiéndose, por una cadena de errores de cálculo, en una guerra que nadie quiso comenzar.
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