Hay crímenes que estremecen por la cantidad de víctimas. Y hay otros que estremecen porque, detrás de los números, queda una historia que difícilmente cabe en una nota roja.
El asesinato de Jonathan Meléndez, tecladista de “Camilo Séptimo”, su esposa embarazada, su pequeña hija de tres años y una joven trabajadora del hogar, en un domicilio de Atizapán de Zaragoza, es de esos casos que dejan mucho más que cuatro cadáveres. Dejan preguntas.
LO PERDIÓ TODO
Y, sobre todo, dejan a un niño de apenas seis años como único sobreviviente de una familia prácticamente borrada de un plumazo. El menor habría logrado esconderse durante el ataque y fue localizado con vida.
La presidenta Claudia Sheinbaum calificó el hecho como “muy triste y lamentable” y señaló que, de acuerdo con los avances de la investigación, detrás del multihomicidio habría una disputa entre familias. También confirmó que ya había personas detenidas.
¿POR UNA DEUDA?
Pero aquí viene la pregunta que las víboras no pueden dejar pasar: ¿en qué momento una disputa, una deuda, un negocio, un pleito familiar o cualquier diferencia termina valiendo más que la vida humana?
Porque una cosa es tener problemas. Otra muy distinta es convertirlos en sentencia de muerte.
Jonathan no murió solo. Murió junto con su esposa, quien estaba embarazada; junto con su pequeña hija; junto con una trabajadora que estaba en aquella casa; y hasta el perro de la familia terminó muerto.
Y mientras los adultos discutían sus intereses, sus rencores o sus cuentas pendientes, un niño de seis años tuvo que aprender, de la manera más brutal imaginable, que esconderse podía significar sobrevivir.
Ese pequeño no solamente perdió a su padre.
Perdió a su madre.
Perdió a su hermana.
Y perdió, antes de tiempo, la infancia que ningún niño debería perder.
MÁS ATERRADOR AÚN
Lo verdaderamente y aterrador de esta historia es que el crimen no ocurrió en medio de una guerra entre cárteles ni en una esquina cualquiera. Ocurrió dentro de un hogar.
El lugar donde uno supone que está a salvo.
Las autoridades ya tienen detenidos y deberán establecer con absoluta claridad qué ocurrió, quién ordenó, quién ejecutó y cuál fue realmente el móvil. Porque una cosa es la hipótesis y otra la verdad jurídica que tendrá que sostenerse ante un juez.
ESCENARIO DE TRAGEDIA
Pero mientras llegan las respuestas, queda una certeza que duele: en México hemos llegado al punto en que una diferencia puede convertirse en una ejecución y una casa puede transformarse en escenario de una tragedia. Y ahí es donde las víboras dejamos de lado el veneno.
Porque ante una tragedia así, no hay partido político, ideología, fama, dinero ni apellido que valga.
Hay cuatro vidas arrancadas.
Hay un niño que sobrevivió.
Y hay una sociedad que debería preguntarse cuánto más tenemos que acostumbrarnos a la muerte para reaccionar.
PERDIENDO EL MIEDO
Porque cuando la violencia entra a una casa, ya no estamos hablando solamente de inseguridad.
Estamos hablando de una sociedad que está perdiendo el miedo a matar.
Y eso, señoras y señores, sí debería darnos miedo a todos.
Espero que tengan un buen fin de semana.
