Donald Trump parece convencido de que el mundo es una extensión de la Casa Blanca y que los conflictos internacionales pueden resolverse con la misma lógica con la que se negocia una propiedad, una empresa o un contrato: presión, amenaza, dinero y una buena dosis de espectáculo. El problema es que el planeta no funciona así. Las fronteras no son líneas en un contrato inmobiliario, los pueblos no son activos que puedan intercambiarse y las guerras no terminan porque una potencia anuncie que tiene un plan. Pero Trump insiste. Y mientras lo hace, el orden internacional se descompone un poco más.
Gaza es quizá el ejemplo más brutal de esta nueva forma de entender la política exterior estadounidense. Después de años de guerra, destrucción y muerte, Washington pretende encabezar una nueva arquitectura para el territorio palestino, con una Junta de Paz, un proceso de reconstrucción y una fuerza internacional de estabilización. El discurso habla de paz, seguridad y reconstrucción. Sin embargo, detrás de esa retórica aparecen preguntas mucho más incómodas: ¿quién gobernará Gaza?, ¿quién decidirá su futuro?, ¿quién garantizará los derechos de los palestinos?, ¿qué papel tendrá Israel?, ¿qué ocurrirá con Hamás? Y, sobre todo, ¿quién le preguntó a la población palestina si quiere que su futuro sea diseñado desde Washington?
Porque una cosa es reconstruir una ciudad destruida y otra reconstruir una sociedad. Se pueden levantar hospitales, carreteras, escuelas y viviendas. Se pueden retirar escombros y colocar nuevos edificios donde antes había ruinas. Pero ninguna potencia extranjera puede fabricar por decreto la legitimidad de un gobierno ni imponer una paz que las partes no estén dispuestas a sostener. Gaza no necesita únicamente cemento.
Necesita dignidad, seguridad, derechos y una perspectiva política que permita a sus habitantes imaginar un futuro distinto al de vivir eternamente entre guerras.
Aquí aparece la gran contradicción del trumpismo internacional. Trump habla constantemente de soberanía, pero pretende intervenir en asuntos que corresponden a otros países. Habla de paz, pero no tiene reparos en recurrir a la amenaza militar. Habla de fortaleza, pero convierte las alianzas en transacciones y la diplomacia en una negociación permanente en la que cada socio debe preguntarse cuál será la siguiente exigencia de Washington. No es una política exterior convencional. Es una política exterior basada en el poder personal del presidente y en la idea de que Estados Unidos debe obtener algo a cambio de prácticamente todo.
Europa ya lo entendió. Durante décadas, los gobiernos europeos dieron por sentado que Washington sería el gran garante de la seguridad occidental. Hoy esa certeza se ha evaporado. Europa comienza a gastar más en defensa, busca fortalecer sus propias capacidades militares y entiende que depender absolutamente de un aliado cuya política puede cambiar con una elección presidencial es, cuando menos, una imprudencia. No significa que Europa quiera romper con Estados Unidos. Significa algo mucho más importante: ya no quiere depender completamente de él.
La guerra de Ucrania ha hecho evidente esa transformación. Mientras Rusia mantiene su capacidad militar y Ucrania sigue reclamando armamento y defensa aérea, los gobiernos europeos tienen que calcular hasta dónde llegará el respaldo estadounidense y qué ocurrirá si Washington decide modificar nuevamente sus prioridades. El problema no es solamente militar. Es político. Cuando un aliado deja de saber con certeza si puede contar con otro aliado, comienza a construir alternativas. Y cuando eso ocurre entre potencias, el sistema internacional entra en una etapa de incertidumbre.
China observa con enorme atención. Rusia también. Irán, los países árabes, India, Turquía y buena parte del llamado Sur Global hacen sus propios cálculos. Cada uno intenta averiguar qué espacios está dejando Estados Unidos y quién puede ocuparlos. Porque la política internacional no tolera los vacíos de poder. Cuando una potencia retrocede, otra avanza. Cuando una alianza pierde fuerza, aparece otra. Cuando las instituciones dejan de funcionar, los países regresan a la vieja regla de protegerse por sus propios medios.
Y ahí está el verdadero peligro.
Trump prometió hacer grande nuevamente a Estados Unidos, pero su política exterior podría terminar provocando una consecuencia inesperada: un mundo que aprenda a vivir sin depender de Estados Unidos. Porque una cosa es ejercer liderazgo y otra muy distinta exigir obediencia. El liderazgo necesita aliados; la imposición produce subordinados. Y los subordinados, tarde o temprano, buscan liberarse.
Estados Unidos continúa siendo la principal potencia militar y una de las economías más poderosas del planeta. Tiene una capacidad tecnológica, financiera y diplomática extraordinaria. Nadie puede discutirlo seriamente. Pero el poder no se mide únicamente por el número de portaaviones, el tamaño del presupuesto militar o la capacidad para imponer aranceles. También se mide por la confianza. Y cuando los aliados comienzan a dudar de las decisiones de Washington, esa confianza empieza a convertirse en un recurso escaso.
Lo más preocupante es que esta crisis no nació con Trump. El multilateralismo llevaba años deteriorándose. Naciones Unidas ha demostrado una y otra vez su incapacidad para resolver conflictos de gran magnitud. Las grandes potencias han utilizado los organismos internacionales cuando les conviene y los han ignorado cuando representan un obstáculo. Las guerras de Ucrania y Gaza han exhibido las limitaciones de un sistema internacional incapaz de detener la violencia incluso cuando las consecuencias humanas son evidentes.
Pero Trump no está intentando corregir esa debilidad. Está aprendiendo a utilizarla.
Y esa diferencia es fundamental.
En lugar de fortalecer las instituciones, las sustituye por negociaciones directas. En lugar de confiar en mecanismos multilaterales, apuesta por la presión bilateral. En lugar de construir consensos, privilegia la demostración de fuerza. Puede resultar eficaz en el corto plazo. Incluso puede producir acuerdos que parezcan espectaculares. Pero la pregunta es qué ocurre cuando cambia el presidente, cuando cambia el interés estadounidense o cuando otro país decide utilizar exactamente la misma lógica.
Porque si la ley internacional termina subordinada al poder de quien tenga más fuerza, entonces el mundo entra en una etapa muy peligrosa. Si Estados Unidos puede decidir unilateralmente qué gobierno debe aceptar determinadas condiciones, qué territorio debe ser reorganizado o qué país debe pagar el costo de una decisión estratégica, mañana cualquier otra potencia podrá reclamar el mismo derecho.
Y entonces la pregunta será inevitable: ¿quién detendrá al que tenga más fuerza?
Ese es el verdadero problema que se está incubando mientras el mundo observa a Trump mover piezas en Gaza, Ucrania, Irán, China y Europa. No se trata solamente de juzgar si una de sus decisiones es correcta o equivocada. Se trata de entender qué tipo de reglas internacionales estamos dejando para las próximas generaciones.
Porque incluso si Trump abandonara mañana la política, algo ya cambió. Los países están aprendiendo que las viejas certezas pueden desaparecer de un día para otro. Europa está reconsiderando su defensa. China amplía su influencia. Rusia insiste en recuperar espacios de poder. Medio Oriente redefine sus alianzas. Y Estados Unidos intenta conservar su hegemonía mediante una combinación de presión económica, poder militar y negociaciones personalísimas.
Eso no parece un nuevo orden mundial.
Parece una transición hacia el desorden.
México debería tomar nota. Nuestro país no puede pensar que estos conflictos están demasiado lejos para afectarnos. Una guerra en Medio Oriente puede modificar los precios de la energía. Una crisis entre Estados Unidos y China puede alterar las cadenas de suministro. Una nueva escalada en Europa puede impactar mercados, comercio y migración. Y una transformación profunda de las alianzas internacionales inevitablemente tendrá consecuencias para un país que tiene más de tres mil kilómetros de frontera con Estados Unidos y cuya economía depende enormemente de esa relación.
Por eso México necesita dejar de mirar la política internacional como espectador. Necesita diplomacia profesional, inteligencia estratégica y una política exterior que entienda que los intereses nacionales no se defienden con discursos grandilocuentes, sino con capacidad de negociación.
El mundo está cambiando y sería ingenuo pensar que las reglas permanecerán intactas.
Trump puede sentirse dueño del tablero. Puede mover piezas, cambiar reglas, amenazar con voltear la mesa y convencerse de que todos terminarán aceptando sus condiciones. Pero hay algo que ningún presidente estadounidense puede controlar: la reacción del resto del mundo.
Quizá esa sea la gran ironía de esta época. El hombre que quiere volver a hacer grande a Estados Unidos podría terminar acelerando la construcción de un mundo que ya no quiera depender de él.
Y cuando una potencia confunde liderazgo con dominio, suele descubrir demasiado tarde que el poder también tiene límites.
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