¡Carajo!… y cien mil veces carajo, ya basta, ya es suficiente. Hay algo que en México se ha vuelto una costumbre tan macabra como peligrosa: cada vez que asesinan a un periodista, las autoridades sacan el mismo libreto. Cambian el nombre de la víctima, modifican la fecha y vuelven a leer el guion.
“Condenamos enérgicamente los hechos”, “Exigimos una investigación exhaustiva”, “No habrá impunidad”, Y después… el silencio.
DESMIENTEN DISCURSOS
Mientras desde Palacio Nacional se presumen estadísticas sobre la disminución de homicidios, la realidad insiste en desmentir los discursos. No porque las cifras oficiales necesariamente sean falsas, sino porque para miles de mexicanos la percepción cotidiana es otra: seguimos sintiéndonos inseguros. Las estadísticas pueden bajar en una hoja de cálculo, pero el miedo sigue subiendo en las calles.
Y ese miedo también se llama periodismo.
ADVIRTIÓ EL RIESGO
Ahora fue Alejandro Leyva, periodista y escritor oaxaqueño, autor de El Zumbido del Moscardón. Lo asesinaron a balazos frente a un comedor, a unas cuadras de su casa. Meses antes había escrito que había recibido amenazas. Lo dijo públicamente. Lo denunció. Advirtió el riesgo.
-Nadie pudo —o quiso— protegerlo.
-Y la pregunta vuelve a ser la misma… ¿Hasta cuándo?
NO SUSTITUYE
No la pregunta de siempre para las conferencias de prensa. La verdadera. ¿Hasta cuándo los gobiernos de todos los niveles seguirán creyendo que enviar condolencias sustituye la obligación de prevenir estos asesinatos?
Porque las condolencias no detienen las balas.
Los comunicados no regresan a los muertos.
Las fotografías en redes sociales no abrazan a los hijos que se quedaron sin padre o sin madre.
ESTE AÑO YA VAN SIETE
Dicen que el año pasado fueron nueve periodistas asesinados. Este año ya suman siete. Cada número tiene un rostro, una familia, una historia y una voz que alguien decidió callar.
Y, sin embargo, pareciera que en México matar periodistas dejó de escandalizar. Nos acostumbramos. Eso es quizá lo más grave.
HASTA LAS MADRES
Porque cuando una sociedad normaliza que asesinen a quien pregunta, investiga o denuncia, deja de ser una democracia saludable y empieza a convivir peligrosamente con el miedo.
Pero esta tragedia no es exclusiva del gremio periodístico.
Ahí están también las miles de madres buscando desaparecidos con una pala en la mano mientras el Estado llega tarde… o simplemente no llega.
Ahí están las madres buscadoras haciendo el trabajo que deberían realizar las instituciones.
EMPOLVADOS
Ahí están los expedientes empolvándose. Ahí están los responsables caminando libremente. Y ahí están las conferencias de prensa presumiendo resultados.
No basta con decir que habrá justicia, la justicia que tarda años deja de ser justicia. No basta con abrir carpetas de investigación, hay que resolverlas.
No basta con crear fiscalías especiales, hay que demostrar que funcionan. No basta con prometer protección, hay que impedir que los maten.
Cada periodista asesinado representa mucho más que una vida perdida, es una investigación que ya no se publicará. Es una denuncia que quedó inconclusa. Es una comunidad que pierde una voz incómoda para el poder.
EL DERECHO DE LA SOCIEDAD
Y cuando se mata al mensajero, también se intenta matar el derecho de la sociedad a estar informada.
La libertad de expresión no se protege con discursos, se protege garantizando que nadie tenga que escoger entre publicar la verdad o regresar vivo a su casa.
Porque ningún reportaje debería costar la vida, ninguna columna debería escribirse con chaleco antibalas. Ninguna familia debería acostumbrarse a esperar la llamada que confirme la peor noticia.
LAS MISMAS CONDENAS
Mientras tanto, seguiremos escuchando las mismas frases de siempre. “Condenamos…”, “Exigimos justicia…”, “Se investigará hasta las últimas consecuencias…”
Ojalá algún día el comunicado oficial diga algo distinto: “Los responsables fueron detenidos, juzgados y condenados.”
LAS CONDOLENCIAS
Ese día, quizá, las condolencias dejarán de ser la política pública más eficiente del Estado mexicano.
Hasta entonces, seguiremos escribiendo, porque el silencio nunca ha sido opción.
Y porque, como escribió el propio Alejandro Leyva antes de ser asesinado, quedarse callado también puede convertirnos en cómplices.
Que descanse en paz y que la justicia, por una vez, no llegue cuando ya sea demasiado tarde.
