Mientras el mundo sigue pendiente de guerras, elecciones y crisis económicas, hay un fenómeno que avanza con mucha menos resistencia, pero con consecuencias igual o más profundas: la normalización de la censura bajo el argumento de combatir la desinformación. Lo que comenzó como un esfuerzo legítimo para contener noticias falsas ha terminado, en muchos casos, convirtiéndose en un mecanismo que permite a gobiernos, plataformas digitales e incluso organismos internacionales decidir qué puede decirse, qué debe ocultarse y quién tiene derecho a participar en el debate público.
El problema no es menor. La historia demuestra que toda sociedad necesita combatir la mentira deliberada. Las campañas de manipulación existen y pueden provocar daños enormes, desde alterar procesos electorales hasta poner en riesgo la salud pública. Nadie con un mínimo sentido de responsabilidad podría defender la difusión intencional de información falsa. Sin embargo, otra cosa muy distinta es permitir que unas cuantas instituciones asuman el papel de árbitros absolutos de la verdad.
Hoy el debate internacional gira precisamente sobre ese punto. En Europa avanzan regulaciones cada vez más estrictas para supervisar el contenido que circula en internet. En Estados Unidos continúa la confrontación entre quienes consideran indispensable moderar las plataformas y quienes sostienen que esas medidas representan una amenaza directa para la libertad de expresión. Mientras tanto, países con gobiernos claramente autoritarios observan ese escenario con enorme interés, pues encuentran argumentos para justificar sus propios mecanismos de control.
La paradoja resulta evidente. Las democracias occidentales, que durante décadas criticaron la censura ejercida por regímenes autoritarios, ahora discuten herramientas que, dependiendo de quién las aplique, podrían producir efectos similares. No porque exista la misma intención política, sino porque el instrumento termina siendo extraordinariamente poderoso.
La pregunta de fondo es sencilla: ¿quién determina qué información merece permanecer visible y cuál debe desaparecer? La respuesta parece obvia cuando se trata de propaganda terrorista, pornografía infantil o llamados directos a la violencia. Ahí prácticamente existe consenso. El problema aparece cuando la discusión entra en terrenos políticos, científicos, ideológicos o sociales donde las respuestas rara vez son absolutas.
La pandemia dejó una lección que todavía incomoda a muchos. Varias opiniones que fueron eliminadas de redes sociales por considerarse falsas terminaron siendo posteriormente aceptadas por buena parte de la comunidad científica. Otras, en cambio, efectivamente eran desinformación. El punto no consiste en señalar quién tuvo razón, sino en reconocer que el conocimiento evoluciona y que convertir una postura oficial en verdad incuestionable puede terminar siendo un error.
Ese precedente abrió una discusión mucho más amplia sobre los límites del poder de las grandes plataformas tecnológicas. Empresas privadas administran hoy espacios donde se desarrolla buena parte de la conversación pública mundial. No son gobiernos, pero poseen una capacidad de influencia superior a la de muchos Estados. Sus decisiones pueden reducir el alcance de una publicación, suspender una cuenta o modificar algoritmos que determinan qué millones de personas leerán cada día.
Al mismo tiempo, esos gigantes tecnológicos reciben presiones constantes de distintos gobiernos para retirar determinados contenidos o limitar determinadas narrativas. En ocasiones esas solicitudes buscan impedir campañas de manipulación organizadas desde el extranjero. En otras, responden simplemente a intereses políticos internos. La línea divisoria suele ser demasiado delgada.
La inteligencia artificial añade una nueva dimensión al problema. Hoy resulta posible fabricar videos, audios y fotografías prácticamente indistinguibles de la realidad. Las llamadas “deepfakes” amenazan con alterar campañas electorales, destruir reputaciones o provocar conflictos diplomáticos. Frente a ese escenario, muchos sostienen que resulta indispensable aumentar los controles sobre el contenido digital.
El argumento tiene lógica. Pero nuevamente surge la misma interrogante: ¿quién supervisará a los supervisores?
Porque la concentración de poder nunca ha sido buena consejera. Cuando un gobierno controla el discurso público, la democracia se debilita. Cuando lo hace una empresa privada sin transparencia suficiente, también aparecen riesgos. Cuando ambas coinciden en definir qué versiones son aceptables, el espacio para el pensamiento crítico comienza a reducirse.
La libertad de expresión nunca ha significado ausencia de responsabilidades. Quien difama debe responder por ello. Quien incita a la violencia enfrenta consecuencias legales. Quien comete delitos utilizando medios digitales debe ser investigado y sancionado. Pero eso es muy diferente a establecer sistemas permanentes de vigilancia ideológica donde determinadas opiniones desaparecen simplemente porque incomodan.
No deja de llamar la atención que muchas voces que hace apenas algunos años defendían la máxima apertura del debate ahora respalden restricciones cada vez mayores, mientras otras que antes pedían controles estrictos hoy reclaman libertad absoluta. La posición cambia dependiendo de quién ocupa el poder y de quién resulta afectado por la censura.
Ese comportamiento revela una verdad incómoda: con demasiada frecuencia, la defensa de la libertad de expresión no responde a principios, sino a conveniencias políticas.
Las democracias maduras requieren ciudadanos capaces de distinguir información confiable de propaganda, hechos de opiniones, evidencia de simple especulación. Apostar exclusivamente por prohibiciones puede terminar debilitando precisamente esa capacidad crítica. Una sociedad acostumbrada a que otros decidan qué puede leer deja de desarrollar sus propios mecanismos de análisis.
Por supuesto, tampoco puede ignorarse la magnitud del desafío. Las campañas coordinadas de manipulación existen. Potencias extranjeras utilizan redes sociales para influir en procesos políticos de otros países. Organizaciones criminales aprovechan plataformas digitales para reclutar integrantes o difundir miedo. Nadie propone permanecer inmóviles frente a esas amenazas.
La solución, sin embargo, probablemente pase menos por ampliar la censura y más por fortalecer la transparencia. Que las plataformas expliquen cómo funcionan sus algoritmos. Que las decisiones de retirar contenido puedan ser impugnadas. Que los gobiernos publiquen las solicitudes que realizan a las empresas tecnológicas. Que existan mecanismos independientes de supervisión. Y, sobre todo, que la educación digital permita a las personas identificar información engañosa sin necesidad de que alguien más piense por ellas.
La libertad siempre implica riesgos. También los tiene la censura. La diferencia radica en que una sociedad libre conserva la posibilidad de corregirse mediante el debate abierto, mientras una sociedad donde pocas manos concentran el control de la información termina dependiendo de la buena voluntad de quienes ejercen ese poder.
En un momento en que la inteligencia artificial transforma la comunicación, las redes sociales redefinen la política y la información circula a una velocidad nunca antes vista, el verdadero desafío no consiste únicamente en combatir la mentira. Consiste en hacerlo sin sacrificar uno de los pilares esenciales de cualquier democracia: el derecho de las personas a expresar sus ideas, confrontar versiones oficiales y participar libremente en la conversación pública.
Porque cuando el silencio deja de ser una decisión personal y comienza a ser consecuencia del miedo o del control, la democracia empieza a perder mucho antes de que alguien advierta que ya es demasiado tarde.
Opinionsalcosga23@gmail.com
@salvadorcosio1
