Decía mi abuela, Petra Navarro, (que por lo regular no se equivocaba) que “la esperanza es lo último que se pierde… pero tampoco hay que dejar que nos agarre de sus tontos”. Y cada vez que escucho hablar del transporte público de Vallarta, no puedo evitar acordarme de ella.
Porque el transporte en este puerto parece esa visita que siempre avisa que ya viene, pero nunca toca la puerta.
LA PROPUESTA…
En sus recorridos por las colonias más apartadas, el presidente municipal, Luis Munguía, volvió a escuchar el reclamo que se ha convertido en el himno de miles de vallartenses: “Presidente, ayúdenos con los camiones”. Y la respuesta fue la de un político, pero sensata: “el Ayuntamiento no tiene la facultad de resolver el problema porque el transporte depende del Gobierno del Estado, pero seguirá gestionando, insistiendo y llevando la voz de la gente a donde realmente se toman las decisiones”.
AÑOS Y AÑOS
Y eso hay que reconocerlo. Porque sería muy fácil prometer lo que no le corresponde. Lo complicado es tocar puertas una y otra vez hasta que alguien las abra.
El problema tampoco nació ayer. Lleva tantos años brincando de administración en administración que ya casi deberían darle credencial de elector.
LA MISMA CANTALETA
Cada gobernador llega diciendo que ahora sí habrá camiones nuevos, que ahora sí tendrán aire acondicionado, que ahora sí crecerán las rutas y que ahora sí los usuarios viajarán como la ciudad turística que presume Puerto Vallarta.
Y los ciudadanos, como buenos mexicanos, vuelven a creer.
El gobernador Pablo Lemus también ha reiterado que el sistema debe modernizarse. Nadie duda de la intención. Lo que empieza a escasear es la paciencia de quienes pasan media vida esperando un camión bajo el sol.
ALLÁ SÍ, PERO ACÁ NO
Porque mientras en la Zona Metropolitana de Guadalajara el transporte avanza hacia la modernidad, acá todavía hay usuarios que sienten que abordar un autobús es participar en una competencia de resistencia: primero para que pase, luego para alcanzar lugar y finalmente para sobrevivir al recorrido.
Los estudiantes llegan cansados antes de entrar a clases. Los trabajadores salen de casa cuando todavía bostezan los gallos. Los adultos mayores hacen verdaderas hazañas para subir a unidades saturadas.
Y lo más triste es que muchos ya lo ven como algo normal. Pero no lo es.
YA ES LA ERA MODERNA
Puerto Vallarta ya no es el pueblito de hace treinta o cuarenta años. Creció hacia los cerros, hacia la periferia y hacia todos lados. Lo único que parece haberse quedado estacionado es el transporte. Ya ni cuando eran “tropicales” lo que circulaban como medio de transporte, propiedad de la familia Medina, aún se ven algunos que prendan servicio al pueblo de Cuale o Los Lobos, para no irnos más lejos.
Decía también mi abuela Petra que “cuando el mismo perro te muerde todos los días, ya no le eches la culpa al perro… pregúntate por qué nadie le pone el bozal”.
NO SE TRATA DE ESO
Y quizá ahí esté la reflexión: no se trata de buscar culpables nuevos para problemas viejos. Se trata de que quienes tienen la responsabilidad de resolverlos, finalmente lo hagan. Porque las promesas no trasladan a nadie al trabajo, ni a la escuela, ni al hospital.
Los discursos dan esperanza… pero los camiones son los que llevan a la gente. Y esos, desde hace muchos años, siguen llegando tarde.
