Hay noticias que no hacen mucho ruido, pero vaya que se sienten. Una de ellas es cuando el camión de la basura pasa el día que le corresponde. En ese instante, el ciudadano vuelve a creer en los milagros, el vecino deja de maldecir al Ayuntamiento y hasta los perros parecen resignarse a que esta vez sí les quitaron el buffet de la esquina.
COMO VEREMOS LA CIUDAD
Puerto Vallarta acaba de incorporar más camiones recolectores. Buena noticia. Nadie en su sano juicio puede estar en contra de que una ciudad turística tenga mejores herramientas para mantenerse limpia. La pregunta, sin embargo, no es cuántos camiones llegan, sino si ahora sí veremos un Vallarta más limpio.
Porque, seamos sinceros, durante meses la basura fue protagonista de la conversación. Montones de bolsas en las esquinas, contenedores rebasados, malos olores y una ciudad que, por momentos, parecía competir para ver quién acumulaba más desperdicios. Y cuando eso ocurre, no hay campaña de promoción turística que alcance para esconder la realidad.
Pero la llegada de estos nuevos compactadores también despierta la memoria: ¿Dónde quedó aquel “Vallarta limpio” que tanto presumían los políticos de antaño?
DOS POLÍTICOS DEL PASADO
Muchos todavía recuerdan a Aurelio Rodríguez Garza recorriendo la ciudad con esa idea de que una ciudad limpia también era una carta de presentación para quienes la habitaban y para quienes la visitaban. O a Gustavo González Villaseñor, que más de una vez citaba a su gabinete a las cinco de la mañana para barrer calles, camellones y hasta la carretera rumbo a Mismaloya. Aquellas jornadas tenían algo de disciplina, algo de simbolismo y, por qué no decirlo, también mucho de ejemplo.
Hoy los tiempos son distintos. Ya no vemos a muchos funcionarios con escoba en mano. Ahora abundan más las fotografías inaugurando camiones que las imágenes supervisando que realmente cumplan las rutas.
NO SE TRATA DE ESO
Y cuidado. No se trata de romantizar el pasado ni de pensar que antes todo era perfecto. También entonces había problemas. La diferencia es que existía la percepción de que la limpieza era una prioridad cotidiana y no solamente un discurso para la temporada electoral.
Porque la basura, curiosamente, no distingue colores partidistas. Apesta igual con gobiernos de cualquier partido. Tampoco respeta ideologías. Si no se recoge, ahí permanece recordándole a todos que la propaganda nunca ha servido para tapar malos olores.
Claro que la ciudadanía también tiene su parte de responsabilidad. No faltan quienes dejan el sillón viejo en la esquina, sacan la basura cuando el camión ya pasó o convierten un lote baldío en tiradero clandestino. Después llegan las lluvias, se tapan los canales y todos buscan un culpable distinto al espejo.
TAREA DE TODOS
La limpieza de una ciudad siempre será un trabajo compartido: autoridades que cumplan y ciudadanos que colaboren.
DICHO DE MI ABUELA
Ojalá estos nuevos camiones sean el principio de una nueva etapa y no solamente una buena fotografía para el archivo oficial. Porque Puerto Vallarta merece volver a presumir sus playas, sus calles y sus colonias, no sus montañas de bolsas negras esperando turno.
Y como decía mi abuela, con esa sabiduría que nunca aprendió en ninguna universidad: “Para lo limpio ni jabón se ocupa.”
CON VOLUNTAD
Tal vez tenía razón. Porque antes de comprar más camiones, de anunciar nuevas estrategias o de organizar ceremonias de entrega de llaves, lo primero que hace falta es algo mucho más sencillo: voluntad para mantener limpia la casa… y vergüenza para no ensuciarla.
