Hay preguntas que llegan sin hacer ruido, pero terminan haciendo más escándalo que un gol al minuto noventa. La de moda es cortita, apenas tres palabras: ¿Y si sí?
Así nomás. Sin signos de admiración ni promesas de campaña.
SOMOS ESPECIALISTAS
Porque, aceptémoslo, los mexicanos somos especialistas en esperar que algo salga mal. Nos enseñaron a cargar el paraguas aunque el cielo esté despejado. Somos expertos en aquello de “seguro nos empatan”, “ya la van a regar”, “ahorita viene el penal en contra” o el inmortal “jugamos como nunca y perdemos como siempre”.
Pero resulta que esta Selección Nacional decidió no leer el guion.
NUESTRA SELECCIÓN VIBRA
Ahí está. Clasificada, viva, jugando un fútbol que, sin ser una sinfonía brasileña, al menos ya no provoca ganas de apagar la televisión en el minuto veinte. De pronto aparece Inglaterra en el horizonte y, en lugar de resignarnos, comienza a escucharse esa pregunta que anda recorriendo el país como balón bien tocado: ¿Y si sí?
CON EL FAVOR DE DIOS
-¿Y si sí podemos eliminar a una potencia?
-¿Y si sí dejamos de vivir del “ya merito”?
-¿Y si sí este Mundial termina siendo diferente?
Y cuidado. No estamos diciendo que México ya sea campeón del mundo. Tampoco hay que echar las campanas al vuelo. Bastantes veces nos hemos subido al carro de la ilusión para terminar empujándolo cuesta arriba.
MILLONES VOLVIMOS A CREER
Pero el simple hecho de que millones de mexicanos vuelvan a creer ya representa una pequeña victoria.
Lo curioso es que esa pregunta también sirve fuera de la cancha.
PERO, SIEMPRE HAY UN PERO
Porque vivimos un México donde todos los días amanecemos con noticias de asaltos, desapariciones, homicidios, extorsiones, carreteras inseguras, hospitales saturados y familias enteras haciendo milagros para llegar a fin de mes. Un país donde la corrupción cambia de uniforme, de partido y hasta de discurso, pero rara vez de costumbres.
NUESTRA REALIDAD
Y entonces también nos preguntamos: ¿y si sí algún día los delincuentes dejan de sentirse dueños de las calles?
-¿Y si sí las autoridades entienden que gobernar no consiste en repartir culpas sino en dar resultados?
-¿Y si sí la justicia deja de caminar con muletas mientras la impunidad viaja en avión privado?
-¿Y si sí la educación vuelve a ser prioridad?
-¿Y si sí nuestros jóvenes encuentran más oportunidades que pretextos?
-¿Y si sí Puerto Vallarta logra mantenerse como ese destino seguro y amable que tanto presumimos, sin repetir los errores que ya hundieron a otros paraísos turísticos entre la violencia, las extorsiones y el abandono?
LA ESPERANZA DE UN PAÍS
Porque, al final, el problema de México nunca ha sido soñar. El problema ha sido conformarnos.
Nos acostumbramos al “ahí se va”, al “no pasa nada”, al “es lo que hay”. Y así llevamos décadas jugando el partido más importante de todos con mentalidad defensiva.
Quizá por eso el fútbol nos apasiona tanto.
Porque durante noventa minutos creemos que cualquier cosa puede pasar.
Que el chico le gana al grande. Que el favorito se equivoca. Que el árbitro no siempre pita en contra. Que una pelota puede cambiar la historia.
Y, aunque después regresemos a la realidad, durante ese rato descubrimos algo que hace mucha falta en este país: esperanza.
LEVANTAR LA COPA DEL MUNDO
Ojalá la Selección siga avanzando. Pero ojalá también aprendamos que el verdadero Mundial se juega todos los días, cuando exigimos gobiernos honestos, ciudades seguras, mejores escuelas, hospitales dignos y autoridades que trabajen con la misma entrega que le pedimos a nuestros futbolistas.
Porque levantar la Copa del Mundo sería maravilloso.
Pero levantar a México… ese sí sería el campeonato que llevamos demasiados años esperando.
LOS MILAGROS EXISTEN
Pero mientras tanto, algunos vamos Zócalo, al Ángel de la Independencia o a la Macroplaza o a la Glorieta de la Minerva, millones de mexicanos estaremos frente al televisor con el corazón acelerado, las uñas mordidas y la misma pregunta dando vueltas en la cabeza: ¿Y si sí?
Quién sabe.
Después de todo, los milagros empiezan exactamente igual que los goles: creyendo que todavía hay tiempo en el reloj.
