En el beisbol solemos medir la grandezaa partir de los campeonatos. Es natural. Los títulos son visibles, se cuentan, se comparan y terminan convirtiéndose en referencia obligada cuando se habla de historia, tradición y éxito deportivo. Sin embargo, existe una prueba mucho más difícil que ganar una temporada. Una prueba que no se resuelve en una Serie Final ni en una Serie del Rey. Una prueba que puede tardar décadas en superarse. La verdadera prueba de una organizaciónconsiste en mantenerse viva, competitiva, vigente y relevante a través del tiempo.
Porque ganar un campeonato es complicado.
Sostener una organización durante medio siglo es todavía más difícil.
El beisbol mexicano está lleno de ejemplos que lo demuestran. A lo largo de la historia han existido equipos que aparecieron con fuerza, entusiasmaron a sus aficiones, vivieron momentos brillantes y posteriormente desaparecieron o perdieron protagonismo. También existen organizaciones que atravesaron crisis económicas, cambios generacionales, transformaciones del propio deporte y periodos prolongados sin campeonatos, pero lograron mantenerse de pie. Y cuando se analiza con detenimiento la historia de esas instituciones aparece un elemento común: detrás de ellas existieron personas y grupos que entendieron que administrar una organización deportiva exige mucho más que buscar resultados inmediatos.
Naturalmente, cuando se habla de continuidad institucional aparecen ejemplos inevitables. Naranjeros de Hermosillo representa uno de ellos. La familia Mazón no solamente administró un equipo exitoso. Contribuyó a consolidar una institución que forma parte de la identidad de Sonora y del beisbol mexicano. Lo mismo puede decirse de Tomateros de Culiacán y la familia Ley. Más allá de los campeonatos, construyeron una organización capaz de mantenerse como referencia obligada generación tras generación. Incluso después de las diferencias surgidas tras el fallecimiento de Don Juan Manuel Ley, la institución ha conservado fortaleza, prestigio y protagonismo. Venados de Mazatlán y la familia Toledo constituyen otro ejemplo de permanencia y arraigo.
En el beisbol de verano encontramos historias similares. Los Diablos Rojos del Méxicorepresentan una de las organizaciones más importantes de la historia deportiva nacional. La visión de Alfredo Harp Helú fortaleció una institución histórica y la proyectó hacia nuevas dimensiones mediante infraestructura, academias, desarrollo deportivo y vinculación social. Los Sultanes de Monterrey, sostenidos históricamente por la familia Maiz y fortalecidos posteriormente con la incorporación de la familia González, constituyen otro caso ejemplar de continuidad institucional. Los Acereros de Monclovarepresentan quizá uno de los ejemplos más interesantes de todo el beisbol mexicano. Una ciudad relativamente pequeña, alejada de los grandes centros poblacionales del país, ha logrado consolidar una organización fuerte, respetada y competitiva gracias a la continuidad empresarial y a una afición profundamente comprometida con su equipo. Lo mismo puede afirmarse de los Leones de Yucatán. Los Toros de Tijuana, encabezados por Alberto Uribe, han construido una organización moderna, agresiva y ambiciosa que se ha convertido en referencia obligada de la Liga Mexicana. Y la historia de los Tigres demuestra cómo instituciones creadas por personajes como Alejo Peralta lograron mantener identidad, tradición y presencia incluso después de cambios de sede, generaciones y administraciones, hoy bajo la conducción de Linda Valenzuela y Fernando Valenzuela Jr.
Lo verdaderamente interesante es que ninguna de esas organizaciones construyó su prestigio únicamente a partir de campeonatos. Los títulos ayudaron. Desde luego que ayudaron. Pero no fueron suficientes por sí solos. Lo que realmente consolidó a esas instituciones fue la capacidad de permanecer. La capacidad de sobrevivir a las derrotas. A las crisis económicas. A los cambios de directivos. A los cambios generacionales. A las transformaciones del mercado deportivo. A la competencia de otros espectáculos. A las modas pasajeras.
Porque cualquiera puede entusiasmarse cuando un equipo gana.
La verdadera prueba aparece cuando deja de ganar.
Es ahí donde se descubre si existe una organización sólida detrás del uniforme.
Por eso también existen ejemplos que invitan a la reflexión desde otra perspectiva. Navojoa posee historia, tradición y afición. Sin embargo, durante años ha enfrentado dificultades para transformar ese enorme capital emocional en una estructura institucional tan sólida como la de otras organizaciones históricas. Lo mismo ha ocurrido en distintos momentos con plazas como Tepic o Aguascalientes. Y el caso de Tabasco resulta particularmente interesante. La pasión por el beisbol existe y pocas regiones viven este deporte con tanta intensidad. Sin embargo, cuando una organización depende excesivamente de ciclos gubernamentales o de circunstancias políticas, la consolidación institucional se vuelve mucho más complicada. Los gobiernos cambian. Las prioridades cambian. Los proyectos cambian. Las instituciones deportivas requieren algo distinto: continuidad.
Porque las organizaciones fuertes no se decretan.
No se compran.
No aparecen de la noche a la mañana.
Se construyen durante décadas.
Con paciencia.
Con visión.
Con sacrificio.
Con disciplina.
Y con una enorme dosis de perseverancia.
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