Donald Trump regresó a la Casa Blanca prometiendo que sería el presidente que evitaría guerras. Durante su campaña presidencial insistió una y otra vez en que los gobiernos anteriores habían convertido a Estados Unidos en una potencia atrapada en conflictos interminables, derrochando miles de millones de dólares y sacrificando vidas en aventuras militares sin sentido. Con ese discurso logró conectar con millones de estadounidenses cansados de Irak, Afganistán y de la idea de que Washington actúe como policía del mundo.
Trump construyó buena parte de su narrativa política acusando a sus rivales de ser intervencionistas irresponsables. Decía que los demócratas y también muchos republicanos tradicionales estaban dispuestos a llevar al planeta al borde de una tercera guerra mundial. Se vendió como el hombre fuerte que, gracias a su carácter impredecible y negociador, podría mantener la paz mediante acuerdos y presión económica, no necesariamente mediante bombardeos.
Sin embargo, conforme avanza su administración, la distancia entre aquel discurso y la realidad empieza a hacerse cada vez más evidente.
La lista de países amenazados, presionados o directamente atacados bajo su mando comienza a crecer de manera preocupante. Y ahora, a esa relación se suma Omán, una nación que históricamente ha jugado un papel de mediador diplomático en Medio Oriente y que difícilmente figuraba en el imaginario internacional como un enemigo de Estados Unidos.
Las palabras pronunciadas por Trump este miércoles durante una reunión de gabinete en la Casa Blanca volvieron a encender alarmas en la comunidad internacional. “Omán se comportará igual que todos los demás, o tendremos que bombardearlos”, dijo el mandatario al referirse a la posibilidad de que ese país actúe junto con Irán para intentar controlar el estratégico estrecho de Ormuz.
No se trata de una frase menor ni de una ocurrencia cualquiera. El estrecho de Ormuz es uno de los puntos más delicados del planeta. Por ahí circula cerca de una quinta parte del petróleo que consume el mundo. Cualquier tensión militar en esa zona tiene efectos inmediatos en el precio de los combustibles, en los mercados internacionales y en la estabilidad económica global.
El problema es que Trump parece apostar nuevamente por la política de la intimidación absoluta. La amenaza como herramienta permanente de negociación. El lenguaje de fuerza como primera opción diplomática.
Es cierto que Irán representa un desafío geopolítico para Washington y para varias potencias occidentales. También es cierto que el control de las rutas marítimas en Medio Oriente constituye un asunto estratégico para Estados Unidos. Pero una cosa es defender intereses internacionales y otra muy distinta convertir cada desacuerdo en un escenario potencial de bombardeos.
Lo más inquietante es que este tipo de declaraciones dejan de ser excepcionales y comienzan a formar parte del sello político del presidente estadounidense. Trump ha demostrado que le resulta cómodo hablar de ataques militares con una naturalidad alarmante, casi como si estuviera negociando tarifas comerciales o disputas empresariales.
Ese tono puede entusiasmar a sectores nacionalistas que celebran cualquier demostración de fuerza, pero también incrementa los riesgos de errores de cálculo. La historia mundial está llena de conflictos que comenzaron con amenazas verbales y terminaron desatando tragedias imposibles de contener.
Además, existe otro elemento delicado: la credibilidad internacional de Estados Unidos. Cuando el presidente de la principal potencia militar del planeta habla de bombardear países casi de manera casual, el mensaje que se envía al resto del mundo es profundamente inquietante. Los aliados se vuelven cautelosos y los adversarios se preparan para responder.
Omán, por ejemplo, ha mantenido durante décadas una posición relativamente moderada en la región. Incluso ha servido como puente de diálogo entre Washington y Teherán en distintos momentos de tensión. Amenazarlo públicamente no sólo rompe equilibrios diplomáticos, sino que también puede empujar a países moderados hacia posiciones más radicales.
Trump parece convencido de que la política exterior debe manejarse como una extensión de sus negocios privados: presionar, intimidar, elevar el conflicto y obligar al otro a ceder. Pero las relaciones internacionales no funcionan igual que una negociación inmobiliaria en Manhattan.
En el tablero geopolítico hay intereses militares, tensiones religiosas, rivalidades históricas y millones de vidas humanas de por medio. Un comentario impulsivo desde el Despacho Oval puede convertirse en una crisis internacional en cuestión de horas.
Y aun cuando algunos defensores del presidente aseguren que se trata únicamente de retórica agresiva para disuadir adversarios, la realidad es que las amenazas constantes terminan normalizando la posibilidad de la guerra. Cuando un líder recurre permanentemente al lenguaje bélico, el margen para la diplomacia se reduce.
Resulta inevitable recordar que Trump criticó severamente a administraciones anteriores precisamente por este tipo de conductas. Acusó a George W. Bush de llevar a Estados Unidos a guerras innecesarias. Señaló a Barack Obama de intervenir demasiado en conflictos extranjeros. Prometió que él actuaría distinto.
Pero los hechos empiezan a dibujar otro panorama.
La contradicción entre el Trump candidato y el Trump presidente se hace cada vez más visible. Aquel hombre que decía combatir a los “halcones de guerra” ahora lanza amenazas militares desde la Casa Blanca con una frecuencia que empieza a preocupar incluso dentro de sectores conservadores.
Porque una cosa es ejercer liderazgo global y otra gobernar bajo la lógica permanente del ultimátum.
En tiempos de enorme fragilidad internacional, el mundo necesita prudencia, inteligencia diplomática y capacidad de negociación. Las tensiones en Medio Oriente ya son suficientemente peligrosas como para agregar discursos incendiarios provenientes de Washington.
Las guerras modernas no sólo destruyen ciudades; también colapsan economías, desplazan millones de personas y alimentan extremismos que terminan extendiéndose por generaciones enteras.
Trump llegó al poder prometiendo evitar precisamente ese tipo de escenarios. Prometió paz mediante fortaleza, no mediante invasiones interminables. Sin embargo, el tono de sus declaraciones empieza a parecerse demasiado al de aquellos líderes que él mismo criticó durante años.
Y ahí reside la gran paradoja política de su gobierno.
El presidente que ofreció terminar con la era del intervencionismo estadounidense parece cada vez más atrapado en la tentación de gobernar mediante amenazas militares. El problema es que jugar con fuego en Medio Oriente nunca ha sido una apuesta sencilla.
La historia demuestra que las guerras suelen comenzar con frases que muchos consideraron simples advertencias. Hasta que un día dejan de serlo.
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@salvadorcosio1
