El punto de quiebre no está solo en las cifras, sino en los hechos que conmocionan a la ciudadanía: la agresión contra una joven trabajadora en Ixtapa, apuñalada en su lugar de trabajo por un agresor que continúa en libertad
Lo que ocurre hoy en Puerto Vallarta ya no puede maquillarse con discursos turísticos ni cifras aisladas. La ciudad atraviesa una de las crisis de seguridad más graves de los últimos años, marcada por una escalada de violencia que incluye cinco feminicidios en menos de cinco meses, tres de ellos concentrados en apenas dos semanas.
A esto se suman hallazgos de cuerpos de hombres ejecutados en brechas y terrenos baldíos, configurando un escenario que evidencia una pérdida de control territorial y una incapacidad institucional para contener la violencia.
El punto de quiebre, sin embargo, no está solo en las cifras, sino en los hechos que conmocionan a la ciudadanía: la agresión contra una joven trabajadora en Ixtapa, apuñalada en su lugar de trabajo por un agresor que continúa en libertad.
Este caso no solo refleja fallas en la prevención, sino también en la reacción y procuración de justicia. La indignación social ha encontrado un destinatario claro en la figura del presidente municipal, Luis Ernesto Munguía González, cuya ausencia en el discurso público frente a estos hechos ha sido interpretada como indiferencia o incapacidad.
En un contexto donde la violencia de género exige respuestas firmes y coordinadas, el silencio institucional se convierte en una forma de complicidad.
Las consecuencias ya son visibles más allá del ámbito social. La percepción de inseguridad ha crecido de manera significativa, según datos del INEGI, desplazando a Puerto Vallarta de los primeros lugares entre las ciudades más seguras del país.
El impacto alcanza también al sector turístico, motor económico del municipio, donde empresarios reportan una disminución en la afluencia de visitantes ante la ola de violencia.
Mientras tanto, la ciudadanía se organiza, protesta y exige respuestas: marchas, bloqueos y manifestaciones se han vuelto parte del paisaje cotidiano. Frente a ello, la administración municipal parece rebasada.
Gobernar implica asumir responsabilidades en los momentos más críticos, y hoy, para muchos vallartenses, esa responsabilidad simplemente no está siendo ejercida por Munguía y sus amigos.
